¿Cómo demonios usamos la IA? Lo que no te cuentan las grandes empresas
OpenAI y Anthropic solían ser los oráculos del uso de la inteligencia artificial. ¿Quién no ha leído esos informes anuales tan pulidos, con gráficos bonitos y palabras mesuradas? Pues bien, la verdad es que lo que nos cuentan es solo la punta del iceberg. Y no, no es que nos estén mintiendo con mala intención: es que simplemente eligen qué datos mostrar, y lo hacen para calmar a inversores y al público. No hay un tercero independiente verificando ni validando la realidad detrás de esos números.
Ahí entra el AI Observatory, una iniciativa de investigación que intenta meter algo de sentido común y realidad en todo esto. ¿Qué han encontrado? Primer detalle importante: el uso personal e íntimo de la IA está mucho más extendido y es más variado que los clásicos relatos oficiales que glorifican la «ayuda al trabajo» o la productividad. Mientras OpenAI presume de ChatGPT como asistente para tareas y generación de texto profesional, el observatorio detecta que la gente lo usa para de todo, desde ayudar con los deberes de la escuela hasta roleplays y hasta en aplicaciones más sociales.
Pero la cosa no para ahí: cada modelo de IA tiene su nicho. Anthropic se lleva la palma en programación. Gemini, que aún no es muy conocido en occidente, domina el terreno de la interacción social y los juegos de rol. Y ChatGPT, incombustible, sigue siendo el comodín para las dudas escolares o profesionales.
Este trabajo pone sobre la mesa algo que pocos han reconocido: las empresas de IA tienen agendas en lo que revelan y esconden. Un sesgo selectivo en sus reportes que nos impide conocer el verdadero alcance, y a veces los potenciales riesgos, del fenómeno.
¿Será todo esto tan inocente como parece o hay más oscuridad en el uso doméstico y cotidiano que no deberíamos pasar por alto? Porque parece que la «IA para la gente» se está convirtiendo en un combo de diversión, investigación, apoyo académico y, también, ciertas zonas grises éticas que no deben quedarse solo dentro de un laboratorio.
Flock Safety: una red de cámaras que no cuadra ni con lo que promete ni con lo que defienden
Flock Safety se jacta de su red de 120,000 lectores automáticos de matrículas esparcidos por EE. UU. y de cómo ayudan a la policía a resolver delitos. Cambios recientes en su plataforma pretenden impedir que los agentes usen el sistema con fines ilegales, incluido el acecho. Hasta aquí bien. Pero el debate está lejos de acabarse.
Los defensores de la empresa se agarran a sus datos y casos donde el sistema ayudó, por ejemplo, a capturar un secuestrador. Incluso algunos llegan a minimizar la vigilancia masiva con la frase de «no cuida a nadie ni mira mis fotos», como si eso aliviara el problema. Pero el enfoque está mal planteado.
El problema de fondo es que el diseño del sistema de Flock no es neutro. La información que recoge (dónde, cuándo y qué datos), quién puede acceder a ella, durante cuánto tiempo se almacena, y la amplitud con la que se comparte, todo eso determina el tipo de sociedad que queremos o que la tecnología nos impone: aquella con más seguridad y menos libertades civiles.
Imaginen un sistema enfocado no en atrapar criminales con eficiencia, sino en maximizar la vigilancia indiscriminada o el control ciudadano. El peligro no está solo en el uso malo individual, sino en la estructura diseñada para posibilitar ese uso.
¿Qué solución hay? Algunos proponen redes mucho más limitadas en alcance, controles mucho más estrictos y transparencia total. Porque la policía no debería tener una licencia para espiar masivamente. Pero Flock, como empresa, parece apostar por el camino contrario: expansión e integración en la seguridad pública a costa de nuestra privacidad.
Al final, defender este sistema sin más es esquivar la cuestión real: ¿queremos vivir bajo una vigilancia constante solo porque nos prometieron menos crímenes? Esa es la pregunta que muchos parecen no querer afrontar.
Meta y el juicio del siglo: la batalla por la privacidad de los niños
Hoy empieza un juicio que podría reescribir las reglas para Meta (antes Facebook) y, de paso, para toda la industria social. Más de la mitad de los estados de EE. UU. están metidos en una demanda por —fíjate qué sorpresa— prácticas engañosas y de diseño adictivo en redes sociales, especialmente pensando en los usuarios más vulnerables: los niños.
Los acusadores afirman que Meta decidió a propósito crear plataformas que enganchan y capturan la atención con el único fin de monetizarla sin importar los efectos negativos sobre la salud mental infantil. Van por máximos: piden el fin de los “likes”, del scroll infinito (esa pesadilla sin fin que hace que pases horas deslizando contenido), y nada menos que una multa de 1.4 billones de dólares.
¿Puede haber un golpe de verdad? Sí, y no hay que subestimarlo. Que la mitad de los estados se pongan de acuerdo para algo así muestra que el enfado público contra las plataformas ya no es anecdótico ni marginal.
Si Meta pierde, no solo será un varapalo económico, sino un aviso clarísimo para toda la industria. El diseño de las redes sociales podría tener que cambiar drásticamente, priorizando la salud y el bienestar sobre el crecimiento artificial y la monetización brutal.
Y eso que los niños solo son una parte. Si Meta se lleva una multa o una orden severa, ¿qué pasará con los adultos y su exposición a redes que, admitámoslo, no siempre son inocuas ni beneficiosas?
Nvidia y OpenAI: la construcción de un monstruo energético en Ohio
Atentos a la cifra: Nvidia dedica hasta $105,000 millones para un centro de datos de OpenAI en Ohio. Sí, 105 mil millones. Y el centro podría costar la friolera de 500 mil millones llegando a estar operativo en 2028.
Veinte años de contrato, ocho gigavatios de potencia, y un diseño que, ojo, no es solo potro de fuerza bruta para entrenar modelos sino que también podría integrarse con “plantas virtuales” para gestionar mejor la energía. Lo cuenta el MIT Technology Review: las plantas virtuales —redes de generación eléctrica descentralizadas y digitales— podrían suministrar energía de forma eficiente para estos centros. Pero, claro, sigue quedando la pregunta incómoda: ¿es sostenible una escalada así?
No es solo gastar un dineral, es una bomba en términos de consumo eléctrico.
Mientras la transición a energías renovables exige más y más electricidad limpia, estos mega centros demandan energía continua y ultra estable. Eso choca con la naturaleza intermitente de las fuentes verdes como sol y viento. ¿Estamos construyendo la IA del mañana sobre cimientos eléctricos cada vez más técnicos pero también más problemáticos y costosos?
Los retos que tiene la industria energética para mantenerse a flote sin colapsar frente a esta demanda descontrolada son gigantescos. No hablamos ya solo de capacidad, sino de estabilidad, coste, y huella medioambiental.
Esta historia llena de cifras obscenas y planes faraónicos no termina bien si no hay innovación al nivel del desafío.
Tesla y sus robotaxis, la utopía autónoma a la vuelta de la esquina
¿Robotaxis Tesla en Austin? Pues parece que este mes puede ser la fecha inminente para que Tesla lance su servicio de Cybercab para empleados, y en cuestión de días empiece a rodar por las calles públicas.
¿Suena a ciencia ficción? Tesla quiere dar el salto real y no perder más tiempo con pilotos cerrados o pruebas infinitas. Y esto no es solo hablar de coches eléctricos o autónomos convencionales: es un salto industrial para integrar vehículos robotizados que no requieran conductor humano ni supervisión constante.
Si funciona, Tesla puede monopolizar un mercado que promete revolucionar todo el transporte. Pero, claro, el hype no basta. El hecho de que el servicio comience con trabajadores implica que la empresa quiere controlar un entorno “seguro” antes de volverse masivo.
La atención también está puesta en el Tesla Semi, que podría ser una revolución para los camiones eléctricos. Lo que Tesla está deshaciendo es un tablero completo de movilidad impulsada por IA, con un trasfondo de automatización e inteligencia que podría moldear ciudades y economías.
Pero si algo hemos aprendido es que el accidente, el retraso tecnológico o la regulación no avisarán. ¿Tesla podrá mantener el ritmo frenético que promete sin problemas gordos? Veremos.
La impresión 3D definitiva y la guerra tecnológica en torno a China
Mientras Estados Unidos y Europa se pelean por quemar presupuestos en carreras de IA y datos, China no se queda quieta. Además de sus paquetes gigantescos de datos con valores “mainstream chinos”, su industria tecnológica avanza a pasos que dejan en pañales algunos experimentos occidentales.
Un ejemplo: se ha presentado la primera impresora 3D que maneja absolutamente todos los materiales. Sí, cualquier material. Olvida lo que creías saber sobre impresoras 3D limitadas al plástico o al metal: este aparato abre un capítulo nuevo en fabricación digital.
Pero, ojo, esta súper impresora llega justo antes de la salida a bolsa de Unitree, que presume de su robot humanoide “Superman”, capaz de correr más rápido que cualquier humano (12.66 metros por segundo). La escena de robótica china está arrasando.
Por supuesto, el gobierno estadounidense ha cerrado filas con restricciones severas al acceso tecnológico proveniente de China, aumentando la presión sobre startups y empresas del sector. Guerra fría digital y tecnológica que tiene por delante un mapa confuso, cambios repentinos, y apuestas elevadas de innovación o fracaso económico.
No es solo competencia de mercado, es un choque político, cultural y estratégico que influirá en cada aspecto de nuestras vidas digitales.
¿La electricidad puede sobrevivir al hype tecnológico?
Imagina una tormenta de invierno cobre Nebraska. El 10% de los clientes de Lincoln Electric System pierde electricidad. Esa imagen es sencilla pero emblemática para una industria que está al borde de un colapso.
El CEO Emeka Anyanwu monitorea la situación, pero sabe muy bien que esto es solo un aperitivo. El verdadero rompecabezas es el llamado “trilema”: equilibrar la fiabilidad del suministro, un coste razonable y objetivos sostenibles.
La demanda eléctrica se dispara por la IA y la digitalización en masa, justo cuando se intenta migrar desde combustibles fósiles a renovables menos fiables o constantes. El futuro del grid eléctrico exige superar problemas técnicos y económicos nunca antes enfrentados a esta escala.
Lincoln Electric se ha convertido en un microcosmos de estos problemas. Cada apagón, cada pico de carga, cada inversión en tecnología verde o almacenamiento, es parte de una carrera contra reloj para mantener la red viva y funcional.
¿Será posible? ¿Tendremos que sacrificar alguna de las patas del trilema para que la emoción por la inteligencia artificial o la sostenibilidad no termine sepultándonos bajo apagones o tarifas imposibles?
Quién sabe, pero la historia no será amable con los que no encuentren soluciones.
¿Nos entendemos con la IA o seguimos ciegos ante el espectáculo?
Para acabar, dejo la frase de la escritora Carmen Hermosillo, que ya en 1994 nos avisaba de algo: “Es un agujero negro; absorbe energía y personalidad y luego lo presenta como espectáculo.” Exacto.
Lo digital, y ahora la IA, no son sólo herramientas ni servicios neutrales. Son máquinas de capturar nuestra atención, nuestros datos, hasta nuestra identidad para escupirlo todo como entretenimiento o producto.
Seguir creyendo que la IA es sólo un aliado, o un mero recurso, sin comprender toda la operativa detrás (sus límites, sus manipulación, sus agendas ocultas) es vivir en una burbuja de naif.
El futuro lo escribimos nosotros. ¿O prefieres que lo escriban estos agujeros negros tecnológicos sin miramientos?
Artículos Relacionados
How kids feel about AI, in their own words
Más información sobre The Download: the next
Descubre what flock’s defenders are missing
