Niños y AI: ¿poco hype o realidad cruda?

Olvídate del cliché de chavales obsesionados con iPhones o TikTok, dispuestos a aceptar cualquier novedad tecnológica sin pestañear. Cuando entrevistaron a niños y adolescentes de 10 a 18 años sobre la inteligencia artificial, la cosa no fue tan eufórica. Ni mucho menos.

Remy, el coder neoyorquino de 16 años, deja claro algo clave: **la AI actual es un rollo interesante pero todavía tosco**. Sí, hace cosas impresionantes, como detectar cáncer de mama con menos falsos positivos, pero ni por asomo está lista para sustituir la lógica humana en proyectos serios. De hecho, Remy prefiere escribir su propio código, porque la AI genera “código churro” y desordenado que termina siendo más lío que ayuda. En la escuela, según él, el miedo a que los chavales usen AI para hacer trampas ha hecho que las clases de inglés sean de solo escritura en clase. Lo que limita la escritura creativa y la profundidad, todo por culpa de la paranoia hacia el cheat con bots.

¿Quién iba a decir que la “moderna revolución AI” es vista por los propios jóvenes más como una molestia o un recurso limitado que como un cambio radical? Así que por más campanas de “la AI va a cambiarlo todo”, ellos miran con pragmatismo, con un ojo crítico, y no se tragan todo el rollo hype.

El lado “meh” y el lado “bruh”: actitudes encontradas sobre la AI

Winter, una chica de 17 años, es un poco de tu talonario si crees que los jóvenes todos quieren AI para facilitarse la vida: “**Me da miedo que la AI mate la creatividad y el pensamiento crítico**”. No está sola. Hazel, de 17 años y naturalista, va directo a la yugular: «Mi palabra para AI: ‘Angry’. Que yo me olvide de vivir en la naturaleza por culpa de granjas de datos y servidores que usan mil litros de agua diarios para mantener los sistemas, ni en sueños”. La perspectiva verde de Hazel es brutal, y aunque se siente muy aislada ante el “todos con AI”, ella apuesta por desconectarse a lo rancio para proteger el planeta.

Y a Evelyn, de 13, le debo un respeto gigante: diagnostica diabetes tipo 1 y ya usa AI para gestionar dosis de insulina y carbohidratos. Para ella, AI es “herramienta, no reemplazo”. Pero reniega categóricamente de la idea de que un bot le haga de doctora. Demasiado caos para confiar.

No todos están convencidos ni son usuarios ávidos. A muchos chicos más jóvenes, la AI ni les va ni les viene. La ven como un simple “calculador multitarea”. Esa es Sylvia, 10 años, que apenas la usa para corregir textos en clase y para nada para cambiar cómo escribe o dibuja. Para ella, el arte debe salir de la mano y no estar filtrado por algoritmos.

Así que… ni la adoración ni el rechazo total. Más bien un “meh”, con matices claros que marcan donde pondrán las líneas rojas, si acaso las ponen.

¿Dónde y cómo usan AI? Spoiler: sorpresa, más que para hacer trampas

Una encuesta del Pew Research Center del 2026 arroja datos reveladores: 57% de los adolescentes en EE.UU. han usado chatbots para buscar info, 54% para tareas escolares, y 47% para entretenerse. Solo un 12% los utiliza para apoyo emocional o consejos. Las cifras hablan claro: **la mayoría usa AI para funciones inocuas, no para andar haciendo trampa o joderla**.

¿Y para qué más? Wesley, de 14 años y aspirante a escritor, aprovecha AI para corregir sus textos o debuggear juegos que programa. No quiere que la AI meta mano en la creatividad, sólo la usa para pulir la técnica. Me recuerda el tipo que se afila las uñas antes de entrar a una batalla, pero no deja que nadie peleé por él.

Remy y sus colegas en Nueva York están experimentando con modelos de “reinforcement learning” en videojuegos, y la conclusión es clara: AI está lejos de ser robusta para mezclar mecánicas o generar experiencias cohesionadas. Mucho músculo, poca cabeza.

En California, Danielle, que trabaja en un proyecto llamado Next Voters, utiliza AI para hacer la política más accesible, transformando documentos densos en sumarios sencillos y confiables. Si eso no es usar AI para algo realmente útil y socialmente relevante, apaga y vámonos. Lo que molesta son los usos banales o que fomentan dependencia.

Así que no están ni todo el día con ChatGPT escribiendo sus ensayos (bueno, algunos sí lo hacen, pero nadie lo grita en alto), sino que ven en la AI un asistente, un extra, no el protagonista.

¿Y si la AI se convierte en el copiloto intelectual? Jugar con fuego o control remoto

“El peligro es razón para enseñar, no para evitar”, dice la lógica madura de estas generaciones. Igual que no enseñamos a los chicos a jamás subirse a un coche, sino a mirar bien por el espejo, así debería ser con la AI. Enseñar el músculo crítico, no prohibir la tecnología.

Ping Zhu tiene un punto: la gente joven puede enseñar mucho a los adultos sobre qué limitar y qué aceptar de la AI. “No queremos que piense por nosotros, sino que nos ayude a jugar las cartas bien”, dice sobre ese proyecto para hacer más democrática la participación política. Y tiene razón. AI tiene que verse más como esa herramienta que mejora, no como conspiración tecnológica que te roba el alma.

Pero el error fatal es pensar que se puede dejar la responsabilidad en manos de la máquina, o peor: que la máquina puede hacerlo todo mejor. El “autopilot” intelectual sigue siendo un no rotundo entre los chavales más lúcidos que andan testeando la AI.

O al menos, ese es el deseo. La realidad es un poco más gris: existen, claro, quienes usan chatbots para escribir trabajos o hacer trampa, y el riesgo de desinformación o error sigue ahí. La vigilancia y educación no pueden parar.

Construir, no solo consumir: la generación que quiere fabricar el futuro AI

Krishiv, un canadiense de 17 años, es un buen ejemplo de quién quiere controlar el juego y no solo ser una ficha más. Desde chaval, le flipa construir mundos en Minecraft o juegos en Scratch, y ahora se dedica a mezclar AI y aprendizaje para sacarse el máximo sin matarse estudiando.

Este chaval sabe que la AI se va a comer todo menos su capacidad de juicio propio y la autonomía personal. Su consejo para otros: “**Impulso, criterio y autogestión serán las habilidades más importantes en el futuro cercano, si quieres que la AI te ayude y no te aplaste**”.

No es tan raro: frente al miedo social de que “los robots nos quiten el curro”, ellos saben que lo que importa es seguir siendo dueños de la nave, saber cuándo empujar o frenar, cómo usar la AI para potenciar lo que hacen, sin renunciar a su espíritu creativo y crítico.

Me juego un dedo a que esos chavales que ya programan sus propias herramientas AI serán quienes definan qué soporte tecnológico vale la pena y cuál es puro relleno de hype barato.

¿AI creativa? El miedo a perder lo humano

“Solo quiero que mi creatividad sea mía”. Wesley define mejor que muchos adultos el dilema artístico frente a la AI. Usar herramientas para corregir técnica o apoyo puntual, vale. Que la AI meta mano en la idea, la voz o la originalidad, ni de coña.

Mucha gente joven siente que la AI podría ser una camisa de fuerza para la expresión real. Que hace falta preservar no solo la técnica sino “esa chispa del pensar distinto”, el error, lo imprevisible, lo humano.

Justyna, la artista de 10 años, habla desde la inocencia pero con sabiduría: ella quiere seguir dibujando y componiendo sus canciones sin ayuda automática. Y le saca punta a esos engaños de artistas “100% AI”, con canciones que suenan bien pero el alma brilla por su ausencia.

Con esa sensibilidad intacta se entiende por qué tantos jóvenes creen que la AI no tiene que ser el motor creativo, sino el copiloto que no destroza el paisaje.

¿Pero quién gana con todo esto? ¿Adultos, tech, o los propios chicos?

De lo que sorprende hablar (y no debería) es de lo mucho que podrían enseñar las nuevas generaciones a nosotros, adultos atrapados en el marketing desbordado y la ansiedad apocalíptica. Estos chavales que realmente usan AI para lo que les aporta: resolver dudas, mejorar técnica, seguir aprendiendo, ser más eficientes, teorizan mucho mejor que políticos viejunos sobre cuál es el verdadero problema.

No temen que la AI se coma su curro (al menos no con la ansiedad del resto del mundo). Temen que destruya la sociedad, que corrompa el pensamiento, que quite ganas de esforzarse. Por eso apuestan por usarla con cabeza, con límites.

Y en esa elección deliberada está la clave: no todo está perdido ni todo está ganado. Estamos todavía en la era del AI cruda y prometedora, un ‘primer coche’ más que un avión a reacción.

Así que, mientras algunos chicos le sacan punta a la AI para crear bots que resumen leyes o para pulir su código, otros eligen el unplugged para proteger lo que queda de autenticidad en sus vidas.

¿Podremos los adultos aprender algo de esta generación que camina en medio de la revolución tecnológica sin perder el juicio? Porque aquí la clave no es solo qué puede hacer la AI, sino quién la pilota. ¿Quién lleva realmente las riendas?

Por Helguera

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