Roman Chiporukha y la locura de vender viajes al espacio: ¿quién necesita astronauta?
¿Te imaginas a un tipo que durante más de 20 años ha sido el sherpa del lujo más extremo y ahora se dedica a vender viajes al espacio a precios que harían llorar a un CEO de Silicon Valley? Pues ahí está Roman Chiporukha, cofundador de Roman & Erica, empresa famosa por montar desde superyates a vacaciones en islas privadas —tanto que los clientes firman cláusulas de confidencialidad más restrictivas que las de la CIA—, y ahora convertido en el tipo que podría ser perfectamente el futuro «agente de viajes espacial».
El fulano este no es astronauta ni ingeniero aeroespacial. Su mérito: hacer de catalizador para la ultraélite que quiere tocar el infinito y más allá. En 2018, cuando Axiom Space le ofreció un lugar para tres “exploradores ciudadanos” dispuestos a soltar la friolera de 50 millones de dólares por un billete (literal) a la Estación Espacial Internacional (ISS), Roman no sólo cogió esos boletos, sino que se lanzó a crear SpaceVIP en 2021. ¿El plan? Pasar de construir pisos de lujo a diseñar experiencias que mezclan cultura, ciencia y un nivel de exclusividad que ni Jeff Bezos en sus mejores días.
Así que no, no estamos hablando del típico agente de viajes con carrito de maletas; aquí la oferta son estancias en gravedad cero, vuelos suborbitales y paseos estratosféricos con paradas en restaurantes inexistentes en la Tierra y vistas que ni Instagram puede captar.
¿Pero esto funciona de verdad? El intermediario entre sueños y cohetes
Internet tiene millones de personas soñando con un paseo espacial, pero pocos saben cómo montar la logística. Ahí está el foco de SpaceVIP: ofrecer un portal digital que no solo te muestre opciones sin mareos tecnofóbicos, sino que te garantice que alguien—a lo Tom Cruise en “Misión Imposible”—se encarga de los upgrades, las peticiones raras, y que no acabes en la cola de un lanzadera atrasada.
¿Una experiencia en la ISS? Claro. ¿Un paseo en el cohete de SpaceX? También. ¿Un vuelo parabolico para flotar como un pollo sin cabeza durante 30 segundos? Por supuesto. Incluso un vuelo en globo estratosférico a 15 millas sobre el suelo, por si te gusta la idea de flotar ahí arriba con menos mareos y a un precio “relativamente asequible” para quien puede permitirse derrochar cientos de miles de dólares sin pestañear.
Claro, el mechero se enciende solo si tienes unos cuantos ceros delante, y Roman no atiende a cualquiera porque esto no es un “¿quiero un viaje barato a Cancún?” sino un auténtico viaje interestelar. Su trabajo es balancear las ganas locas de los millonarios con los fríos límites de la tecnología aeroespacial. Una mezcla poco común y que solo alguien bien pescado en la clientela luxury puede manejar.
¿Es solo turismo o hay algo más? Esta es la visión detrás de SpaceVIP
No me digas que es solo otro negocio de vender humo con una pizca de polvo espacial. Roman tiene claro que el viaje no es solo para sacar pecho en el próximo evento de la jet set; hay una apuesta por generar una comunidad que sienta el espacio como algo al alcance y con un propósito, no solo un capricho de ricos.
Con la fundación Space Prize Foundation —que él mismo cofundó— está tirando bola para que más gente joven, especialmente mujeres y grupos subrepresentados en las disciplinas STEM, tengan oportunidades reales de rozar la gravedad cero. Y no, no porque sean los típicos jaladores de cuerda corporativa, sino en serio: premios para vuelos en gravedad cero, inmersión en entrenamientos astronauta, o competencias científicas que abren la puerta a carreras en la industria espacial.
Hacer que esto no sea solo un club VIP para millonarios, sino un ecosistema que empuje a la sociedad a evolucionar en su relación con el espacio. La idea no es vender viajes espaciales baratos (eso, por ahora, es ciencia ficción), sino forjar caminos para que más gente pueda entrar y entender que el espacio no es un destino alienígena reservado para locos adinerados o agencias gubernamentales.
¿Cómo se diseña un viaje espacial custom? La milonga de mezclar deseos con leyes de Newton
¡Imagínate la pesadilla logística! No vale decir: “quiero flotar en la ISS y dormir allí dos días”. No. Hay mil parámetros técnicos y físicos que hay que hilar finito: desde el presupuesto (que puede ir de decenas a cientos de millones de dólares) hasta el nivel de entrenamiento físico, pasando por la pura compatibilidad con las regulaciones aeroespaciales internacionales.
Roman funciona más como un broker de experiencias espaciales que como un vendedor normal. Recibe decenas de consultas mensuales, pero solo unos pocos pasan el filtro porque diseñar estos viajes lleva un proceso minucioso, con reuniones, mucho papeleo y ajustes de ingeniería. Y ni hablemos de crear itinerarios como vuelos parabólicos para un turista que quiere sentir pesos imposible, o la delicadeza de reservar un hueco en una cápsula de SpaceX o Blue Origin —esas empresas que no paran de tirar la puerta abajo del mercado espacial privado.
Al final, esto es tan vintage como los viajes a la luna, pero con un freno brutal de realidad y costos. No hay lugar para excursiones improvisadas ni para turistas que no sepan a lo que se exponen. Roman sabe lo que quiere el cliente “premium espacio” y cómo conseguirlo sin que todo se convierta en un caos intergaláctico.
¿Y la tecnología? ¿No es todo esto una locura aún?
¿Alguien realmente piensa que mandar a cualquier mortal al espacio es sencillo o “coser y cantar”? Ni de coña. La tecnología aeroespacial todavía está muy verde para uso masivo y sigue siendo un agujero negro para la mayoría de los bolsillos. El hardware, los sistemas de soporte vital, las normativas, la seguridad… un lío de tal calibre que pone en jaque al más pintado.
Pero la innovación no se detiene. Empresas como SpaceX, Blue Origin y Virgin Galactic están tirando la casa por la ventana con pruebas constantes, vuelos de prueba, y nuevas cápsulas que prometen (más o menos) estabilidad y seguridad. Lo que hace SpaceVIP es funcionar como puente que usa esta tecnología avanzada sin que el cliente tenga que entender cada tornillo o certificado FAA.
¿Significa esto que estamos a un paso de que cualquiera pueda subirse a un cohete? Todavía no. El estadio actual es para la clase ultra-rica y entusiastas extremos del techno-lujo. Pero la tendencia pinta que el futuro es más parecido a Booking.com que a un club exclusivo para astronautas de la NASA.
Lo que no te han contado sobre vender viajes espaciales: No todo es glamour y cero gravedad
Nada de esto está libre de riesgos. Y el dinero no lo compra todo. Desde retrasos hasta problemas técnicos pasando por la presión psicológica que supone estar encerrado a cientos de kilómetros de la Tierra, el glamour espacial se puede chafar con cualquier imprevisto. Roman lo sabe y por eso la preparación y la seguridad pesan más que el hype.
Además, el sector (ya de por sí fragmentado y plagado de start ups y corporaciones gigantes) es un campo minado para cualquiera que quiera no solo creerse empresario espacial sino hacer que esto funcione sin que acabes vendiendo humo o promesas vacías.
Por eso la figura del “agente de viajes espacial” no es un puesto cualquiera: tiene que casar ganas de aventura, lujo extremo y ciencias aeroespaciales en un cóctel que deje al cliente satisfecho sin que el cohete explote (o peor aún, sin que el presupuesto se dispare más allá de lo que ya está).
No es solo vender un título molón. Es un curro de mucha cabeza, contactos y paciencia. Y, claro, pasta, porque para montar todo este tinglado necesitas más que buen gusto para las vacaciones.
¿Y tú? ¿Listo para reservar un vuelo a la estratosfera o la ISS con tu agente espacial?
¿La próxima generación de agencias de viajes irá más allá de Tenerife o Dubái? Está claro que sí. Aunque la puerta del espacio todavía solo se abre a un exclusivo grupo, están sentando las bases para que un día no muy lejano, ir a la Luna o a una estación orbital deje de ser solo cosa de ricos excéntricos.
Roman Chiporukha y su SpaceVIP son quizá el prototipo de ese futuro híbrido entre lujo, turismo y tecnología espacial: una mezcla que apunta a revolucionar la forma en que entendemos el ocio y el viaje.
Pero no te engañes: estamos todavía en los albores de algo que puede explotar o quedar relegado al ámbito del “pasatiempo para magnates”. La clave será, como siempre, la tecnología, los costes, y la voluntad de una sociedad que todavía debe decidir si quiere tener al espacio como un parque temático para pocos o como la siguiente frontera accesible para muchos.
¿Prefieres soñar con la estratosfera o esperar sentado a que bajen los precios a algo que tu cartera entienda?
