¿Pero de qué van con eso de “evitar usos ilegales”?

El 13 de agosto de 2026, Flock —la empresa que maneja 120 mil lectores automáticos de matrículas repartidos por todo EE. UU.— anunció una actualización en su plataforma. La promesa: impedir que la policía use el sistema para cosas ilegales o, al menos, para cosas que no tengan nada que ver con delitos, como stalkear a alguien. Suena razonable hasta que descargas la realidad fría: hace poco, un reportaje del Washington Post reveló 50 casos donde la policía usó estos sistemas para acosar, principalmente a mujeres. Una chica en Wisconsin tuvo que aguantar que su ex pareja, policía, rastreara su coche 179 veces. La otra víctima, ni más ni menos que por el jefe de policía de su ciudad, sin gente a quien denunciar. Un festival de poder mal empleado.

Y Flock se ha sacado de la manga algunas medidas “corregidoras” que, a simple vista, prometen rigor: ahora se exige que metas un número de caso criminal cuando buscas una matrícula, y hay un software que detecta búsquedas raras. ¿El problema? Que nadie está verificando esos números de caso. Los policías podrían inventarse el número como si fuera código Morse en clave secreta. Y lo harán. Porque ya lo hacen con otras “protecciones” de la app.

La respuesta oficial no toca las críticas de fondo: no se cuestiona que Flock está convirtiendo un sistema para ayudar a atrapar criminales en una red masiva de vigilancia con potencia de Gran Hermano. Por eso, ciudades cancelan contratos y estados abogan por leyes que prohíban este cacharro. Pero algunos salen a defender a Flock con argumentos sencillos que suenan a “si ayuda con criminales, ¿qué problema hay?” Esto es el típico razonamiento simplón que mete miedo.

El dichoso “beneficio a la seguridad” que nadie puede comprobar

¿Sirven o no estos aparatitos para resolver crímenes? Esa es la primera gran pregunta que queda sin respuesta clara. La compañía presume que su red nacional captura delincuentes, pero no existen datos públicos contundentes de que el sistema haya significado un salto cuantificable en la prevención o resolución de delitos.

Lo que sí sabemos es que su funcionamiento depende de elecciones de diseño muy concretas: qué datos recoger, quién puede buscarlos, cuánto tiempo permanecen almacenados y cuántas agencias pueden acceder a esa info.

Todo eso define el contrato tácito entre vigilancia y derechos civiles. Básicamente, Flock decidió sacar un producto que colecciona montones de datos y los pone al alcance de policías de diferentes localidades sin grandes murallas. Y eso cambia las reglas del juego.

La paranoia no es exagerada: según Flock, el 90% de búsquedas se hacen en la semana siguiente a un incidente. ¿Por qué entonces dejan los datos guardados meses, incluso años? Porque el negocio va de acumular información para sacar valor a largo plazo, no solo de usar datos inmediatos para casos puntuales. En este contraste está el fallo brutal del sistema que defienden sus fanáticos.

¿Este sistema era la “mejor opción” para la lucha contra el crimen o simplemente la más lucrativa?

Que los policías metan números de caso a mano —y no validados automáticamente— para justificar sus búsquedas es una chapuza ingenuamente tramposa. Piénsalo bien: imagina si, en vez de poner esa excusa trucha, la plataforma pidiera cotejar esos números en el sistema interno de la policía. Eso requeriría integraciones técnicas más complejas y chatearía con la comodidad y escalabilidad a la que aspira Flock. Pero sería una barrera sólida para abusos. No la eligieron.

O cuando promocionan la herramienta para localizar niños secuestrados o desaparecidos: tiene sentido que para esos emergentes específicos se abriera el acceso a una red más amplia, cruzando datos de varias ciudades con total rapidez. Pero en cambio el sistema no distingue quién puede buscar qué con ese criterio ni filtra accesos específicos. Es una pescadería sin mostrador: cualquier agente con acceso puede bucear por toda la red, para emergencias reales o para perseguir fantasmas personales.

Es la definición de un producto que prioriza “acceso total” y la recolección masiva —perfecto para monetizar— en vez de restringir el alcance, diseñar protecciones robustas o poner límites claros en la cadena de uso.

¿Y la retención de datos? Aquí está la madre del cordero

En la teoría, Flock recomienda mantener la data retenida solo por siete días, pero lo que las agencias realmente hacen es otro cantar: los datos se guardan “mientras quieran.” No hay un estándar legal que limite la conservación. Ahí tienes la puerta abierta para el abuso total: imagina que un expareja despechada o un policía corrupto tenga acceso a un historial gigante de movimientos. Para qué hablar del efecto escalofriante cuando un jefe de policía puede mirar quién pasa por dónde y cuándo sin rendir cuentas.

Si fuera un sistema que solo almacenase y permitiera búsquedas ligadas a incidentes confirmados o emergencias, valdría la pena debatir sus beneficios y riesgos. Pero lo que tenemos es un monstruo que crece sin supervisión ni transparencia suficiente.

La red nacional funciona por diseño para compartir datos entre múltiples ciudades y condados, exacerbando el problema. En vez de limitar fronteras, crea un mapa inmenso de lo que todos hacemos con nuestros coches —y sin más filtro.

¿Se puede rediseñar el sistema sin cargarse el modelo de negocio?

Pues no, ahí está la pura verdad cruda. Flock no está vendiendo un cacharro para policías para “resolver casos” como un bonico. Su monedero gordo depende de hacer big data con la info recogida, analizarla, y vender acceso a esa goldmine a múltiples fuerzas policiales.

Todo esto le valió a la compañía una valoración de 8 mil millones de dólares. Así que no esperes que la empresa quiera convertir su negocio en un filtro rígido y estrecho. Eso sería matar a la gallina de los huevos de oro.

ACTUALMENTE, varias ciudades ya dijeron adiós con el pie a Flock. Algunos mandaron el marrón a otras empresas similares, otros apuntalan normas para vigilar (o directamente prohibir) estos lectores de matrículas. Noticias frescas que sugieren que quizá, por fin, los ciudadanos pueden tener algo más que voz pasiva y esperar que el sistema decida por ellos.

¿Pero esto funciona de verdad para resolver crímenes o es solo un show tecnológico?

No hay ni un puto consenso científico o policial que avale a Flock como una panacea contra la delincuencia. Sus defensores sacan casos anecdóticos (que por cierto, se pueden resolver con buenas patrullas y no cámaras), y ignoran el gran elefante: mucha vigilancia no es sinónimo de mejor justicia, sino de más descontrol y riesgos para libertades civiles.

¿Cómo no alertarse cuando una red tan amplia convierte a una comunidad en un campo de monitoreo constante? Eso ya es espionaje al ciudadano disfrazado de “herramienta inteligente.” Y ojo, que no es paranoia tecnológica: es algo que ha pasado mil veces en la historia.

Si quieres menos crimen, invierte en educación, en mejor policía, en servicios sociales, no en montar helicópteros digitales que después acaban acosando a mujeres o criminalizando movimientos legítimos.

Lo que no te han contado: la carta oculta de Flock y su impacto social real

Al final, esta pelea no va solo de tecnología ni de resultados policiales. Va de alguien decidiendo en nuestro nombre cuánto sacrificamos de nuestra privacidad, sin pedir permiso ni regulación clara. Flock eligió que su plataforma sea una red brutalmente amplia, con pocos candados reales. Eso significa que empieza a parecerse a esas políticas de “aceptar condiciones” en internet que nadie lee, pero que te atan de pies y manos.

A nivel social, no es algo menor: una base de datos con ubicaciones y movimientos cotidianos se convierte en una bomba de tiempo para abusos, discriminación, espionaje político o persecución arbitraria, sobre todo cuando la policía no es exactamente un ejemplo de transparencia.

Y mientras en el sector tech algunos celebran adelantos y startups valuadas en miles de millones, la pregunta sigue siendo la misma: ¿vale la pena? ¿O solo le estamos pasándole la bola a un sistema con más agujeros que queso Gruyère?

Algunos expertos en derechos civiles como Chad Marlow, de la ACLU, no creen ni por asomo esos códigos morales que Flock vende en sus campañas. Para ellos, la vigilancia debe simplemente tener límites legales claros, sin parches o aggiornamentos tímidos que no aplican de veras. “El contrato más aceptable sería uno que nunca se firme,” ironizan.

Después de todo, el choque entre innovación tecnológica y derechos humanos nunca va a estar libre de polémicas ni contradicciones. Solo nos queda ver qué pasará cuando ciudades y estados terminen de pintarse la raya legal, y si la fórmula de Flock se mantendrá como el estándar o se irá diluyendo ante la presión social real.

¿Y tú qué opinas? ¿Vale que una empresa recolecte montañas de datos con la excusa de hacer la ciudad más segura, o estamos apostando demasiadas fichas a un sistema que nunca fue diseñado para protegernos realmente?

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Por Helguera

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