El general Christopher LaNeve organiza la nueva guía operativa del Ejército de EE. UU. en cuatro elementos interdependientes: convergencia, ataque, combate cercano y sostenimiento. El marco tiene una aplicación evidente en el Pacífico occidental, donde China puede disputar el acceso estadounidense con misiles, vigilancia marítima, guerra electrónica y sistemas no tripulados. Allí, las fuerzas terrestres podrían influir en las operaciones en el mar.
La batalla marítima también se prepara en tierra
La propuesta de LaNeve no convierte al Ejército en una marina improvisada. Plantea usar fuerzas terrestres desplegadas en posiciones avanzadas para complicar los movimientos del adversario y abrir margen de maniobra a la Armada, los Marines y la fuerza aérea. En una región de islas, estrechos y largas distancias, controlar algunos puntos de tierra puede alterar el equilibrio en el agua.
La primera cadena de islas concentra buena parte de ese desafío. Pekín ha construido una arquitectura de antiacceso que combina satélites, aeronaves no tripuladas, radares costeros, sensores electrónicos, buques y misiles balísticos. No hace falta hundir una flota para frenarla: basta con detectar sus movimientos, mantenerla bajo amenaza y forzarla a operar desde más lejos, con más cautela y a mayor coste.
El Ejército puede contribuir desplegando sensores, fuegos de largo alcance, defensas aéreas y unidades móviles en posiciones dispersas. También puede preparar infraestructura, almacenar suministros y entrenar junto a países de la región antes de que estalle una crisis. El acceso a puertos, aeródromos y redes de comunicaciones depende de acuerdos políticos y militares que deben existir de antemano.
El objetivo es impedir que el adversario opere con comodidad. Si las unidades terrestres sobreviven, comparten información y mantienen bajo amenaza las rutas clave, la Armada gana opciones para maniobrar. Si quedan aisladas, localizadas y sin munición, se convierten en otro problema logístico que proteger.
La experiencia ucraniana en el mar Negro muestra que fuerzas terrestres pueden poner en aprietos a una marina superior cuando combinan sensores, armas y persistencia. Pero el Pacífico no es el mar Negro ampliado: las distancias, la cantidad de islas y la escala del poder militar chino exigen una respuesta adaptada, no una copia mecánica.
Convergencia: muchos sensores, una sola complicación
En la guía, convergencia significa coordinar capacidades de distintos dominios para crear una ventaja operativa y aprovecharla antes de que desaparezca. En la práctica, implica que sensores, redes de mando, fuegos de largo alcance, ciberoperaciones y guerra electromagnética trabajen juntos, en vez de funcionar como proyectos separados.
En el Pacífico, la prioridad sería romper o degradar la cadena que permite al adversario encontrar, seguir y atacar a las fuerzas estadounidenses. Las tropas del Ejército en posiciones avanzadas podrían aportar vigilancia distribuida, engaño y comunicaciones redundantes, además de atacar nodos que sostienen la detección y el mando enemigos. El objetivo es obligar al rival a dudar de sus datos, dispersar sus recursos y gastar tiempo reconstruyendo una imagen fiable del campo de batalla.
Eso requiere una red conjunta que sobreviva a interferencias y ataques. Si un sistema de comunicaciones cae, las unidades deberían tener alternativas; si un sensor queda expuesto, otros tendrían que cubrir su función. También hacen falta procedimientos para que las fuerzas aliadas compartan información y coordinen objetivos. Tener equipos modernos no garantiza interoperabilidad: una red incompatible o una autorización que tarda demasiado pueden pesar más que un arma de última generación.
La dimensión diplomática importa tanto como la técnica. El acceso a posiciones relevantes, los ejercicios multinacionales y los acuerdos para usar instalaciones deben desarrollarse en tiempos de paz. Una presencia adelantada creíble puede disuadir, pero solo si está integrada con los socios regionales y no consiste en una colección de despliegues inconexos. La coordinación debe ser legítima, sostenida y útil para los países que la acogen.
La convergencia puede conectar operaciones dispersas y plantear dilemas simultáneos al adversario. Para ello, las fuerzas deben compartir datos a tiempo y disponer de redes resistentes; de lo contrario, la coordinación puede quedar limitada por comunicaciones frágiles y procedimientos lentos.
Fuegos terrestres: una amenaza que se mueve con sus lanzadores
El segundo elemento, el ataque, consiste en emplear efectos letales y no letales a larga distancia para degradar sistemas enemigos. Los fuegos de precisión del Ejército podrían amenazar movimientos navales, posiciones de apoyo e infraestructura de mando desde emplazamientos terrestres. Una batería no controlaría por sí sola una franja de océano, pero sí podría elevar el riesgo para los buques y obligarlos a cambiar rutas, tiempos o perfiles de operación.
La utilidad de esos sistemas depende de su capacidad para sobrevivir después de disparar. Los lanzadores necesitan dispersarse, ocultarse y cambiar de posición. Las instalaciones requieren refugios endurecidos y señuelos que compliquen la identificación de objetivos. Una fuerza que presenta al enemigo una ubicación fija y conocida queda expuesta a ataques contra coordenadas previsibles.
Los drones amplían las opciones. Plataformas de reconocimiento, municiones merodeadoras y sistemas de ataque de un solo uso pueden mantener la vigilancia, ayudar a localizar amenazas y complementar misiles más caros. También pueden consumirse con rapidez, ser interferidos o derribados. No sustituyen automáticamente a los sistemas de mayor alcance ni resuelven el problema de identificar objetivos en un entorno con señuelos, emisiones falsas y guerra electrónica.
Su valor está en crear persistencia y añadir capas a la cadena de ataque. Drones aéreos, de superficie e incluso submarinos podrían extender la detección y complicar la planificación adversaria. Integrados con fuegos terrestres y capacidades navales, ofrecen más oportunidades para interrumpir operaciones; por separado, una gran cantidad de aparatos puede resultar costosa y difícil de coordinar.
El equilibrio dependerá del alcance, la precisión, el coste y la supervivencia. Si las unidades pueden disparar, ocultarse y reponerse, los fuegos terrestres ayudarán a los mandos navales a maniobrar en zonas peligrosas. Si no, los misiles se agotarán mientras el rival aprende dónde buscar.
Combate cercano: las islas no se ocupan con una diapositiva
Los fuegos de precisión pueden destruir objetivos y abrir oportunidades, pero no toman ni mantienen terreno. Esa es la lógica del combate cercano en la guía de LaNeve y, en el Pacífico, tiene consecuencias directas: puertos, aeródromos, islas y pasos marítimos importan porque conectan posiciones terrestres con operaciones en el mar. Si un adversario ocupa una instalación clave y logra consolidarla, bombardearla no siempre bastará para recuperar la iniciativa.
La defensa de posiciones avanzadas debería combinar infraestructura protegida con unidades capaces de desplazarse y contraatacar. Puestos de mando endurecidos, depósitos de munición protegidos, observatorios ocultos y posiciones preparadas pueden mejorar la resistencia ante ataques a distancia o desembarcos. Las unidades móviles permitirían reforzar sectores amenazados y responder si el adversario consigue establecer una cabeza de playa.
El terreno puede ofrecer protección, aunque no inmunidad. Los espacios subterráneos, refugios y posiciones alternativas ayudan a reducir la exposición, pero exigen planificación, mantenimiento y suministros. También es necesario prever cómo combatir cuando las comunicaciones fallan o el apoyo externo tarda en llegar. En un archipiélago bajo amenaza, una guarnición que dependa de que todo funcione como en un ejercicio tendrá dificultades desde el primer día.
Los sistemas no tripulados y la guerra electrónica pueden apoyar la defensa: vigilar accesos, detectar infiltraciones, interferir comunicaciones y atacar fuerzas durante su aproximación. Pero no eliminan la necesidad de soldados que defiendan posiciones, refuercen un sector o ejecuten una contraofensiva. El terreno todavía debe quedar en manos de alguien.
Una posición avanzada debe ser difícil de localizar y neutralizar, y conservar capacidad de combate después del primer golpe. La defensa preparada y la movilidad táctica pueden frustrar un desembarco o impedir que el enemigo consolide sus ganancias. Sin ambas, una isla fortificada corre el riesgo de quedar aislada.
Sostenimiento: la campaña se decide cuando se acaba lo que sobra
El sostenimiento —la capacidad de proyectar, proteger y mantener fuerzas durante el tiempo necesario— es quizá el elemento menos glamuroso de los cuatro y también uno de los que más rápido pueden echar abajo los planes. El Pacífico impone distancias enormes, líneas de comunicación vulnerables y una demanda constante de combustible, munición, repuestos y atención médica. Una flota puede tener potencia de fuego de sobra y aun así culminar antes de lograr sus objetivos si no consigue mantener su ritmo operativo.
La respuesta propuesta incluye distribuir recursos en distintos emplazamientos defendibles, en vez de concentrar combustible, municiones y mantenimiento en unos pocos centros previsibles. Instalaciones endurecidas, reservas preposicionadas y rutas marítimas redundantes ayudarían a sostener a las fuerzas. Unidades de ingeniería podrían habilitar instalaciones alternativas y mejorar la protección; unidades de transporte mantendrían el movimiento entre posiciones dispersas.
Los sistemas autónomos de reparto —aéreos, terrestres y marítimos— podrían reducir la exposición de buques y aeronaves tripuladas en algunas tareas de reabastecimiento. No son una solución por sí solos: también necesitan control, mantenimiento, comunicaciones y rutas utilizables. Si permiten entregar cargas pequeñas con menos riesgo, pueden liberar plataformas tripuladas para cometidos más exigentes.
Las defensas aéreas forman parte del problema logístico. Baterías del Ejército desplegadas en posiciones protegidas podrían defender puertos, aeródromos, centros logísticos y fuerzas de Marines frente a misiles y ataques no tripulados. Eso reduciría parte de la carga defensiva que recae sobre buques con cargadores limitados. Los interceptores también se agotan, y pueden consumirse con rapidez si los inventarios se han calculado para conflictos mucho más breves.
Prepararse para una campaña larga exige contar con las existencias y la capacidad industrial, además de las plataformas. La producción, el preposicionamiento y los acuerdos con aliados deben estar listos antes de que una crisis cierre accesos o interrumpa suministros. Suponer que todo se resolverá en una campaña breve supone un riesgo considerable.
La prueba será convertir la doctrina en fuerza disponible
La propuesta de LaNeve ofrece un marco útil porque conecta la maniobra terrestre con resultados de campaña: converger capacidades, proyectar fuegos, disputar terreno y sostener la operación. En el Pacífico, esa combinación podría apoyar el control marítimo al dificultar que China use con libertad sus redes de vigilancia y ataque. El Ejército no reemplaza a la Armada ni a los Marines; su aportación debe integrarse en una fuerza conjunta.
La contribución terrestre será valiosa si habilita el despliegue naval, ayuda a proteger fuerzas anfibias y ofrece posiciones desde las que sostener operaciones. Para lograrlo, las unidades necesitan sensores interoperables, permisos de acceso, fuegos móviles, protección aérea y líneas logísticas capaces de resistir ataques. Son requisitos conectados: una batería sin munición, un puerto sin defensa o una red aliada que no comparte datos sirven de poco cuando la situación se deteriora.
También importa la escala. Las municiones, los drones y los interceptores pueden agotarse más deprisa de lo que la industria los repone. Los planes deben contemplar pérdidas, reposición y dispersión, no solo el primer intercambio de ataques. La disuasión depende de que el adversario crea que la coalición podrá seguir operando después de ese intercambio inicial, no solo de que cuente con equipos impresionantes.
Controlar puntos terrestres decisivos puede influir en la libertad de acción en el mar. La guía asigna al Ejército una función de apoyo más amplia, como parte de una fuerza conjunta que se prepara para combatir a distancia, bajo presión y durante un periodo prolongado.
La cuestión es si las capacidades del Ejército estarán dispersas, conectadas y abastecidas cuando llegue el momento.
