El 30 de octubre de 2026, un estudio publicado en JAMA Psychiatry puso cifras a una tendencia preocupante: entre 1990 y 2023, la incidencia de anorexia nerviosa y bulimia nerviosa aumentó un 71%. Ruhai Bai y sus colegas estiman que en 2023 unos 18,1 millones de personas vivían con alguno de esos trastornos. Cheri Levinson, psicóloga clínica de la Universidad de Louisville, observa otra preocupación en la consulta: pacientes que usan mal los fármacos GLP-1 para adelgazar.
Los medicamentos que reducen el apetito se han convertido en un éxito biomédico y comercial. Su capacidad para alterar la relación de una persona con la comida merece atención, sobre todo cuando los trastornos alimentarios aumentan y la supervisión no siempre acompaña la demanda.
Una subida que no cabe en una sola explicación
El equipo de Bai reunió estudios y encuestas de poblaciones de 204 países y territorios para estimar la incidencia anual de anorexia y bulimia entre 1990 y 2023. Donde faltaban datos, empleó modelos estadísticos para completar las estimaciones. También calculó los años de vida ajustados por discapacidad, o DALY: una medida de los años de vida saludable perdidos por enfermedad, discapacidad o muerte prematura.
En 2023, esos dos trastornos representaron alrededor de 3,83 millones de años de vida saludable perdidos. El equipo proyecta que el número de personas afectadas podría llegar a 21,8 millones en 2050. Son estimaciones, no un recuento persona por persona, y dependen de la calidad de los datos disponibles. Bai señala que el crecimiento de la población, por sí solo, no explica el aumento.
Las cifras incluyen anorexia y bulimia, pero no el conjunto de los trastornos alimentarios: el trastorno por atracón y otros diagnósticos quedan fuera del análisis. Levinson, que no participó en el estudio, calcula que el impacto total podría ser tres veces mayor que el reportado. Es una estimación clínica, no un resultado de la investigación de Bai, y refleja que las cifras globales disponibles no describen el problema completo.
El estudio no investigó qué factores impulsaron la tendencia ni explica por qué enferma cada persona. Entre los cambios ocurridos desde los años noventa que podrían ser relevantes están la exposición constante a las redes sociales, la presión estética y la llegada de medicamentos que pueden facilitar la restricción de la ingesta.
El algoritmo no necesita dar consejos para hacer daño
Las redes sociales no inventaron la obsesión por la delgadez. En los años noventa ya existían ideales corporales extremos; la estética heroin chic es un ejemplo. Lo distinto es la exposición constante y personalizada. Una persona puede abrir una aplicación por cualquier motivo y terminar viendo imágenes retocadas, dietas, rutinas de ejercicio o contenido que presenta la delgadez como prueba de disciplina y éxito.
Cynthia Bulik, psicóloga clínica de la Universidad de Carolina del Norte que lleva décadas estudiando estos trastornos, señala que las comparaciones, los retos virales, las tendencias de dieta y los influencers pueden actuar como desencadenantes en personas vulnerables. Una publicación no causa automáticamente un trastorno: también importan la predisposición genética, el estrés y otras circunstancias. Pero el flujo de imágenes puede influir cuando alguien ya está atrapado en conductas alimentarias dañinas.
Un estudio de investigadores de la Universidad de Melbourne, citado en la información de origen, encontró que las cuentas de TikTok de usuarios con trastornos alimentarios recibían un 4343% más de vídeos clasificados como tóxicos sobre esos trastornos que las cuentas de usuarios sin ellos. También recibían más material sobre dietas y ejercicio; algunos veían más de mil vídeos problemáticos al mes. El resultado describe los contenidos recomendados, pero no demuestra que el algoritmo haya causado cada diagnóstico.
El sistema aprende de lo que retiene la atención, no necesariamente de lo que ayuda a recuperarse. Si alguien mira contenido sobre pérdida de peso, la plataforma puede recomendarle más, incluso cuando ese consumo forma parte de una espiral dañina. Bulik compara las redes con arenas movedizas para quienes tienen un trastorno o corren riesgo de desarrollarlo: cuanto más se interactúa, más difícil puede ser salir del circuito. La moderación, por sí sola, no corrige un modelo diseñado para mantener a la gente mirando.
Los GLP-1: tratamiento real, atajo peligroso
Los GLP-1, medicamentos que actúan sobre mecanismos relacionados con el apetito y la saciedad, han cambiado el tratamiento de la obesidad y otras condiciones médicas. Su popularidad también ha trascendido el contexto clínico: una encuesta de Gallup realizada este año indicó que el 15% de los estadounidenses había usado uno de estos fármacos para perder peso. Al mismo tiempo, aparecen nuevas formulaciones y versiones disponibles mediante farmacias de compuestos o vendedores dudosos en internet. El acceso crece, pero no siempre la supervisión.
Para alguien con un trastorno alimentario, el efecto de reducir el apetito puede ser especialmente delicado. La restricción de la ingesta puede contribuir a desencadenar un trastorno en personas predispuestas, explica Levinson. Un medicamento que facilita comer menos podría reforzar esa conducta o acelerar la pérdida de peso. Esto no significa que los GLP-1 provoquen trastornos en todas las personas que los toman ni que deban negarse a quienes los necesitan por motivos médicos. La historia clínica y la relación de cada persona con la comida importan antes de recetar.
En un estudio pequeño publicado este año, Levinson y sus colegas encontraron que el 30% de las personas con trastornos alimentarios participantes había usado GLP-1. Alrededor del 10% parecía haberlos utilizado de forma indebida. La muestra era reducida, por lo que esos porcentajes no se pueden extrapolar sin más a toda la población. Levinson cree que el uso indebido podría estar subestimado: hablar de prácticas que pueden avergonzar o poner en riesgo un tratamiento no siempre es fácil.
La promesa de perder peso no hace que un fármaco sea seguro para cualquiera. El mercado digital, además, complica la distinción entre un tratamiento prescrito y una sustancia conseguida sin seguimiento. Algunas personas compran versiones de estos medicamentos por canales poco fiables; según Levinson, su equipo también ha visto a menores —incluso de 11 años— buscar productos de este tipo en TikTok.
La consulta está viendo casos más graves y más jóvenes
La pandemia también parece haber contribuido al deterioro. Un estudio realizado en 2021 encontró que las hospitalizaciones por trastornos alimentarios en Estados Unidos se duplicaron entre 2018 y 2020, durante un periodo marcado por confinamientos y aislamiento social. El dato no explica toda la subida global observada hasta 2023, pero es compatible con la posibilidad de que el estrés, la pérdida de rutinas y la desconexión de apoyos empeoren una situación previa.
Desde 2023 no hay, según la información disponible, datos sólidos que permitan describir con precisión cómo ha evolucionado la tendencia. La experiencia clínica no sustituye a un estudio poblacional, pero aporta otra perspectiva. Levinson afirma que ve más pacientes, síntomas más severos y edades de inicio más tempranas. Ha atendido a niños de ocho y nueve años. También dice que no le sorprendería que las cifras volvieran a duplicarse; es su preocupación, no una proyección demostrada por la investigación de Bai.
El inicio temprano importa porque el trastorno puede avanzar antes de que la familia o el personal sanitario reconozcan lo que ocurre. Si a un menor se le prescribe un GLP-1 por una razón médica, el seguimiento debería atender no solo al peso o a la renovación de la receta, sino también a cambios en la alimentación, el estado emocional y las señales de restricción o preocupación intensa por el cuerpo. Así, el número en la báscula no desplaza el resto del cuadro clínico.
Esto no es un argumento contra el tratamiento de la obesidad ni contra los medicamentos que pueden ayudar a algunas personas. Es una razón para considerar la relación con la comida y el nivel de riesgo de cada paciente, especialmente cuando los síntomas pueden ocultarse tras una conducta que el entorno celebra como fuerza de voluntad.
Más acceso pide mejores controles, no solo más recetas
Bulik y Levinson piden que los profesionales sanitarios evalúen posibles trastornos alimentarios antes de prescribir GLP-1. Bulik contribuyó a unas guías clínicas y de investigación publicadas este mes que también recomiendan educar mejor a los pacientes y hacer un seguimiento más sólido durante el tratamiento. En la práctica, esto exige tiempo, preguntas difíciles y controles que no se limiten a medir la pérdida de peso.
El desarrollo de medicamentos más cómodos y eficaces puede ampliar sus beneficios, pero la facilidad de uso no equivale a una atención más cuidadosa. Las versiones compuestas y la venta por fuentes dudosas plantean preguntas sobre quién verifica el producto, revisa las contraindicaciones y detecta si alguien lo usa para intensificar la restricción alimentaria.
Las plataformas tienen una responsabilidad distinta, aunque relacionada. Añadir un aviso bajo un vídeo o retirar publicaciones explícitas no basta si el recomendador sigue promocionando contenido sobre dietas, ejercicio extremo o cuerpos imposibles de reproducir. La investigación de Melbourne sugiere que el sistema puede entregar grandes cantidades de material problemático a usuarios vulnerables. La respuesta podría incluir auditorías independientes y cambios en las recomendaciones, además de herramientas para denunciar contenido.
Ni los GLP-1 ni las redes sociales explican por sí solos el aumento de anorexia y bulimia. La evidencia disponible muestra una tendencia global creciente, una exposición digital capaz de intensificar ciertas conductas y un uso de fármacos que preocupa a quienes tratan estos trastornos. La National Eating Disorders Association ofrece información y recursos de apoyo para quienes creen que ellos mismos o alguien cercano puede necesitar ayuda.
