¿Pero qué pasa con los niños y la tecnología? Spoiler: no es tan bonito como creíamos

2026 y todo el planeta parece estar metido en una frenética campaña para limitar a los críos el acceso a la tecnología. No es broma. Desde prohibiciones tajantes para que menores ni se asomen a redes sociales, hasta colegios en EE.UU. que están desterrando iPads y Chromebooks para volver a lo de toda la vida: libros en papel y destreza analógica. Y ojo, que esta paranoia tecnológica no la están solo propagando padres alarmistas o gobiernos aventureros; algunas de las mentes más metidas en la gran tech se guardan un as en la manga: sus propios hijos casi no tocan pantallas. Mark Zuckerberg, por ejemplo, ni se digna en subir la cara de sus retoños a Instagram o Facebook, para que veas hasta dónde llega el respeto por el «digital» en según qué casas.

Pero el problema es que esto es como tratar de negar la gravedad: imposible huir. La tecnología no es un capricho, está incrustada hasta en la sopa. ¿Cómo enseñar a niños a vivir y no morir en la jungla tecnológica que hemos fabricado? Eso explora la nueva edición “Kids issue” de la MIT Technology Review. Ahí van preguntas que te hacen saltar el despacho de padres al de políticos: ¿cómo perciben los chavales esta inteligencia artificial que crece como hierba mala? ¿Pueden los apps de control parental evitar que los más pequeños hagan gamberradas o reciban un ciberataque? ¿Y qué pasa cuando el juguete robótico, el amigo de acero, empieza a fallar o desaparece? Sin olvidar obras de ficción que meten más miedo que capítulo de Juego de Tronos, escritas por Jenny Williams, una experta en ética de AI que sabe poner el dedo en la llaga.

Y claro, lo más interesante: ¿los niños pueden realmente aprender más rápido que la IA o será la otra cara de la misma moneda? Porque ya ni en la película más ficcionada podríamos imaginar que la niñez se transforme tanto tan rápido (y para qué negarlo, a menudo de formas que dan miedo).

Bill Gates y su miedo a que la IA nos destroce el futuro a golpes

Bill Gates ha dejado de ser solo el tío que inventó Windows y ahora parece más un profeta apocalíptico del siglo XXI. En Kirkland, Washington, en agosto de 2026, hacía un solazo que invitaba a tirarse una siesta, pero Gates no estaba para charlillas relajadas. Todo lo contrario: el hombre estaba inquieto como si viera fantasmas. Y no fantasmas cualquiera, sino los que vienen con la etiqueta “IA fuera de control”.

“El nivel de capacidades bio, ciber, psicosociales, destroza-empleos que ha alcanzado la inteligencia artificial… ya hemos cruzado el umbral”, soltó, dejando a cualquiera temblando. Y ojo, no es cuestión de miedo paranoico: Gates denuncia que las medidas de control (esas famosas “regulaciones”, “protecciones” y “supervisión” que repetimos como un mantra) no van ni al trote. Que el mundo parece estar en plan pasota, sin querer darle al tema la importancia que requiere.

El miedo de Gates va de lo real a lo palpable: desde ataques terroristas impulsados por IA hasta el colapso económico, pasando por el hecho más aterrador de todos: perder las riendas del sistema que hemos creado. Que ya, que la IA es una herramienta alucinante, que cambia la vida y puede ser un monstruo de productividad… pero sin controles, resistirse a un “Terminator” en potencia es casi cuestión de suerte (o pesadilla garantizada).

Y sí, que los de dentro de la industria tecnológica sigan con cara de póker puede ser legal, pero el “fuera” debería estar en alerta máxima. Gates no solo sonó la alarma, va mucho más allá: está pidiendo una conversación global —y urgente—, ante lo que él ve como “una tormenta tecnológica perfecta” que nadie quiere admitir.

EPA y la ceguera voluntaria frente a la contaminación de los centros de datos

Mientras ciertos big shots tech se vuelven paranoicos con la IA, hay gobiernos (sí, en Estados Unidos dirigida por la administración Trump) que adoptan otra forma curiosa de “no mirar”. El EPA —la Agencia de Protección Ambiental americana— quiere sacar de la lista de obligaciones a los centros de datos para informar sobre la contaminación del aire. Así, sin anestesia. Cualquier atisbo de transparencia u opinión pública desaparece.

¿Por qué? Facilito: porque la crítica y la supervisión a esos mastodontes digitales están molestando. Quejas por el impacto ambiental —por la energía voraz que se traga la IA masiva, el almacenamiento de datos, las granjas de servidores— empiezan a torcer el brazo a los reguladores. Pero la respuesta no es hacer lo correcto, sino esconder la basura bajo la alfombra.

Y si creías que el mundo de los datos estaba desconectado de esa realidad, no. En Texas, el fiscal ha decidido sumarse a esta cruzada contra el escrutinio público. Ese tipo de actitud solo sirve para que el problema crezca sin freno.

¿La energía de la IA? Brutal. MIT Technology Review metió las calculadoras y los números no mienten. La factura energética de entrenar y mantener estos monstruos digitales no es un papel mojado. Por eso, aplaudo a quienes sacan estos asuntos a la luz, porque mientras el humo negro de esta industria tech siga sin medirse, tendremos un problema ambiental mayor que cualquier locura ecológica de hace unos años.

SpaceX y el campamento gigante de lanzamientos que podría cambiarlo todo

Del humo oscuro pasamos al fuego de cohete que quiere montar SpaceX en Louisiana, llamado el “Starbase, Louisiana”. ¿Qué pinta? Pues que este sitio será el segundo complejo privado de lanzamientos para Elon Musk y su pandilla. Costará la friolera de 100 mil millones de dólares y la construcción está programada para arrancar el año que viene. No es broma: quieren hacer miles de lanzamientos anuales desde allí.

Mientras esto ocurre, los lanzamientos desde Florida se ponen en pausa hasta recibir al nuevo Starship, una nave que la compañía promete que será revolucionaria (y nadie duda que será un monstruo de ingeniería). La real pregunta: ¿estamos ante la colonización y explotación espacial a gran escala, o sólo otro capricho tech con impacto ambiental y económico kilómetro cero?

Aquí no busques solo cohetes monstruosos: este proyecto es un símbolo del poderío tecnológico privado que crece con presencia planetaria. Mientras otras industrias cojean, SpaceX inventa su futuro con el bolsillo lleno y ambiciones sin límite. El potencial de esta base puede cambiar el ritmo de la exploración espacial (o hundirnos con el ruido y la basura cósmica).

Lo que China y Meta nos muestran de cómo la IA está enlazando todas las guerras digitales

¿Creías que la batalla de la IA era solo cosa de EE.UU. y Europa? Ja. Z.AI, un modelo AI en China, está arrasando en uso online, algo que pocos esperaban. Esa “máquina” llamada Ox Alpha no sólo se ha hecho un hueco gigante, sino que está llevando a China a negociar con hiperescaladores americanos, esos que manejan la infraestructura en la nube más potente del planeta.

Mientras tanto Meta (antes Facebook) tiene en pie un juicio criminal por acusaciones de adicción juvenil. Tranquilo: si pierden, la cuenta podría alcanzar nada menos que 1.4 billones de dólares en multas, un palo de los que puede destrozar un imperio. Ah, y no es por azar: esto viene de 29 estados metidos en la guerra contra lo que ellos llaman “la epidemia” de redes sociales tóxicas para los adolescentes.

En este baile, Huawei quiere montar data centers en Egipto. Los gringos se asustan (ya no solo por espionaje, sino por influencia global) y aprietan con ofertas competidoras (porque claro, esto es un juego de poder con fichas muy valiosas). Y para rematar, Trump mete una nueva tasa abusiva —más de 103 mil dólares— para la visa H-1B, la favorita de los investigadores y empleados tech internacionales, ralentizando aún más la movilidad intelectual y técnica. Si esto sigue así, ni la mejor IA podrá arreglar la fuga de talento que se está gestando.

¿De verdad podemos confiar en esos amiguitos chatbots? China, Israel y la frontera del “amor” artificial

La cosa se estaba calentando cuando China, asustada por un nuevo fenómeno, ha creado reglas para limitar el apego emocional con mejores “amigos” chatbots. Porque sí, la inteligencia artificial ha llegado hasta el punto de poder reemplazar la interacción humana para algunos —y eso inquieta a gobiernos enteros.

Algunos usuarios se están “enamorando” de sus IA de compañía y eso abre una caja de Pandora ética y psicológica enorme. Y ni hablemos de Israel, que está usando IA para manejar “think tanks sintéticos” capaces de influir en resultados de búsqueda y respuestas de chatbots. Una manipulación que supera cualquier teoría de la conspiración clásica y que pone patas arriba el concepto mismo de acceso libre a la información.

La cuestión es clara: ¿Hasta qué punto la IA puede convertirse en un filtro de realidad y además, suplir la comunicación social básica? La línea entre soporte útil y manipulación abusiva es más delgada que nunca.

¿Nadie va a detener al desastre biológico con esos bichos espejo?

Y para cerrar este festín tecnológico-caótico, ¿has oído hablar de las bacterias espejo? En 2019 algunos frikis científicos propusieron crear microorganismos cuyos componentes fueran imágenes en espejo de los naturales; un experimento para entender mejor la biología y desarrollar fármacos nuevos. Pues bien, más de uno de estos investigadores ha dado marcha atrás y ahora ve que esta idea puede desencadenar una catástrofe total para la vida en la Tierra.

Sí, suena a película de ciencia ficción barata, pero la preocupación es real. Porque estos bichos sintéticos podrían interactuar con los naturales de formas impredecibles y terribles, abriendo puertas a pandemias o fallos ecológicos sin control. La paradoja: la ciencia que quiere salvarnos puede ser la que acabe con todo, si no se mantiene en jaque con cautela.

En resumen, el tech avanza a pasos de gigante pero no por eso deja de ser un territorio minado. Desde la protección de los niños frente a la influencia ingentes de la IA, pasando por preocupaciones éticas que ni Bill Gates estaba preparado para callar, hasta las joyas de la corona industrial como SpaceX y la guerra geopolítica digital, todo apunta a que “controlar” este monstruo no será un paseo. Más bien, un nonstop thriller sin pausas felices.

¿Estamos listos o solo aprentamos el botón de “reiniciar” esperando que nadie note el desastre?

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Por Helguera

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