¿Hydrogeno natural? Eso existía antes de que te lo contaran

Empieza a abrírse un nuevo capítulo en la historia del hidrógeno, ese viejo conocido que muchos creen solo se consigue quemando gas natural o tirando de electrólisis a base de sol y viento. James Dineen, freelance con buen ojo, nos descubre que en plena 2024 hay un “rush” parecido al oro pero con hidrógeno que brota del subsuelo — de verdad, sin filtro ni fabricar nada químico. Lugares como el Midcontinent Rift, una grieta en la corteza que va de Kansas a Michigan, se están poniendo de moda. ¿Por qué? Porque hace un billón de años, al estirar esa corteza, salió roca rica en hierro que al reaccionar con agua puede soltar hidrógeno casi puro, hasta un 96% según HyTerra, una empresa que ya ha probado esto en Nebraska y Kansas. Y ojo, Koloma tampoco está quieta; lleva más de 400 millones de dólares bombeando ideas y sondas por la zona.

Esto no es teoría de wannabes verdes sino una apuesta con data. Las perforaciones en Ontario, por ejemplo, han demostrado que cada pozo puede liberar hasta ocho kilos de hidrógeno anuales. Multiplica eso por los más de 14,000 pozos existentes y tienes una mina (literal) de hidrógeno lista para explotar. El problema sigue siendo entender bien la cantidad real que se puede extraer y cómo evitar que el gas, ligero como una pluma, se escape por cualquier grieta aunque sea pequeña. Pero el que no arriesga, ni gana.

¿Por qué los métodos tradicionales del hidrógeno limpio ni despegan?

Vamos a lo crudo: la producción actual de hidrógeno se basa en la reforma de gas natural (fósil), que además contamina. El plan para cambiar esto ha estado en dos pistas: o utilizar electrólisis con energía renovable (solar, eólica) o seguir con el gas pero intentar capturar el CO2 emitido. Si te suena a ciencia ficción o muy caro, acertaste.

El problema es este: ambas rutas *son caras y tienen sus enredos*. La electrólisis todavía no puede competir en precio con el gas, sobre todo cuando el mercado del hidrógeno es sensible a cada décima en el costo. Y captar carbono o convertirlo en otra cosa (lo que se llama captura y almacenamiento) está en pañales tecnológicos y, francamente, es un sistema que parece parche más que solución definitiva.

Entonces, mucha gente en la industria y el cambio climático empezó a mirar hacia el suelo, literal, para ver si la naturaleza ya había hecho el trabajo duro de producir hidrógeno sin necesidad de turbinas ni polígonos solares gigantes. Y ahí es donde el concepto de hidrógeno geológico entra fuerte.

Promesas y dudas: ¿puede el hidrógeno geológico ser la solución definitiva?

Que varias compañías —desde Australia hasta Texas— estén invirtiendo millones en ubicar y extraer hidrógeno natural no es casualidad. La propuesta es sencilla en apariencia: encontrar depósitos naturales debajo de la corteza terrestre, aprovechar las reacciones químicas entre agua y minerales ricos en hierro o magnesio que generen hidrógeno.

El problema (porque en todo hay uno) es que el hidrógeno es un gas que se escapa a la mínima. Su peso molecular es el más bajo, por lo que si no tienes un sello geológico perfecto (como una roca impermeable que lo contenga), se va a perder. El reto científico es demostrar, medir y sobre todo, capturar ese flujo natural sin que se escape.

Además, no basta con solo encontrar hidrógeno. ¿Hay reservas suficientes? ¿Se puede extraer económicamente sin perder más gas de lo que se saca? ¿Las tecnologías disponibles para la perforación y captura son sostenibles y escalables? El trabajo que hacen grupos en Ontario con pozos existe para poner cifras sobre la mesa y responder a estas preguntas, y aunque aún queda camino, **hay indicios que no pueden ignorarse**.

Estimulando el subsuelo: Cómo la ‘geología asistida’ quiere acelerar esto

No todo es jalar de lo que está hecho. También hay quien piensa: ¿por qué no ayudar a la naturaleza a fabricar más hidrógeno? Entra el concepto de hidrógeno geológico estimulado. Empresas como Vema Hydrogen en Texas están probando perforar pozos, inyectar agua y catalizadores —sí, una especie de fertilizante para la reacción química que produce el gas— para acelerar el proceso.

Su piloto en Quebec suena ambicioso: quieren arrancar producción completa para 2028. Pero no es un plan improvisado, todo tiene su ciencia detrás. Eden GeoPower, por ejemplo, utiliza electricidad para fracturar la roca (una variante de fracking, pero para abrir caminos donde el agua penetre más fácil y la reacción suceda mejor). Técnicas parecidas se usan para geotermia; esto da un twist interesante: ¿y si un día sacamos hidrógeno y a la vez aprovechamos calor de la tierra para electricidad?

Eso sí, toca ser realistas. El método está en fase experimental y ni de lejos está asegurado que sea escalable o rentable. Las preguntas técnicas: ¿qué pasa con los residuos? ¿Puede la inyección desestabilizar la corteza? ¿Cuánto cuesta? Una cosa es una prueba de laboratorio, otra muy distinta meter esto en producción masiva y que no se convierta en otra burbuja tecnológica sin salida.

El demonio logístico: transportar y almacenar hidrógeno sigue siendo un dolor de cabeza

No importa qué tan barato o limpio sea extraer el hidrógeno, la historia se tuerce cuando toca moverlo y guardarlo. Este gas es una pesadilla para los ingenieros: lo quieres meter en tanques, pero es tan pequeño y ligero que se escapa casi por ósmosis, y si lo quieres líquido, necesitas temperaturas que ponen a la criogenia en otro nivel (por debajo de -253ºC).

Los costos y riesgos de almacenamiento y transporte son tan grandes que han frenado en seco proyectos que pintaban prometedores. Además, el desarrollo de infraestructuras —gasoductos, compresores, estaciones de recarga para vehículos de hidrógeno— aún es limitado y con dudas sobre su viabilidad económica. No olvidemos que en un mercado donde el hidrógeno tiene que ser competitivo con combustibles ya bien asentados, cada paso extra cuenta (y pesa) en el precio final.

¿Qué se puede hacer? Si la extracción directa en el punto de consumo (refinerías, fábricas, plantas de fertilizantes) funciona, se evita el transporte largo y costoso. Pero sigue siendo un sueño. Por ahora la tónica parece ser: investigar, invertir y esperar que la innovación solucione esta traba.

¿Esto es el futuro o solo un experimento caro y caro?

Es tentador ilusionarse con el hidrógeno que sale de las entrañas de la tierra como la panacea para la transición energética limpia. Pero la realidad se resiste a esa poesía. Existen empresas apostando fuerte —con dinero y tecnología— que se están tomando esto muy en serio, y están encontrando resultados que no son solo humo (ni fuego artificial).

¿El quid? Que quedan demasiadas incógnitas: desde cuánto gas se puede generar y extraer sin que se pierda; pasando por la viabilidad técnica de la estimulación geológica; hasta el aceptable reto de almacenar y mover el hidrógeno sin que sea una pesadilla energética. Todo esto con un ojo en que se pueda hacer económicamente y sin impactos ambientales ocultos.

Si logran superar estos muros, tendremos un nuevo capítulo tecnológico que podría cambiar la forma de conseguir hidrógeno, alejándonos de la dependencia fósil sin sobrecargar renovables con costes imposibles. Pero ni de coña va a ser un camino recto ni rápido.

Ya lo veremos. Por ahora toca seguir vigilando lo que hacen HyTerra, Koloma, Vema Hydrogen y Eden GeoPower. Porque si consiguen esto, no solo ganarían la carrera, podrían hacer que todo un sector se replantee cómo y de dónde sacamos el combustible del futuro, enterrado justo bajo nuestros pies. ¿Quién lo hubiese dicho?

¿Será hidrógeno geológico la jugada maestra o otro hype tecnológico que se queda en nada? Ahí lo dejo.

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Por Helguera

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