Nandan Nilekani y el experimento digital que nadie esperaba
Nandan Nilekani, el cerebro detrás de Aadhaar —el sistema de identidad digital biométrica más grande del mundo— no se da por vencido a sus 70 años. Desde 2009, cuando arrancó este mastodonte tecnológico que promete cambiar India para siempre, ha creado algo que va mucho más allá de un simple número: una infraestructura digital pública que interconecta pagos, bancos, servicios gubernamentales e incluso salud. ¿Te imaginas tener 1.4 mil millones de personas en una base de datos que usa huellas dactilares y escáneres de retina para validar identidades? Bienvenido al futuro imposiblemente ambicioso en el que vive esta nación gigantesca.
Por si fuera poco, Nilekani no se conforma con India. Ahora quiere llevar esta revolución digital a nivel global. ¿Cómo? Con un plan tan loco como ambicioso llamado “finternet”, un híbrido entre Aadhaar y blockchain que transformaría cualquier activo, desde acciones hasta joyas, en tokens digitales, ampliando el acceso financiero a quien hasta ahora no ha tenido ni idea de qué es una cuenta bancaria online.
Aunque suene a ciencia ficción o a un “gran hermano” en versión digital, Nilekani y su equipo ya tienen 30 socios en cuatro continentes y planean lanzar esta idea en 2027. No es el típico retirado disfrutando el café; tiene más ganas y proyectos que un startup en Silicon Valley. ¿Pero hasta dónde puede llegar este arquitecto del digital público? ¿Podrá realmente “aadhaarizar” el mundo o se quedará en un sueño quijotesco? Aquí te cuento cómo se construyó este imperio y por qué todavía hay más capítulo por escribir.
Aadhaar: la base de todo y por qué es una bestia difícil de domar
Aadhaar, que en hindi significa “fundación”, es un proyecto descomunal. Ni Netflix, ni Amazon tienen algo tan vasto ni complejo. Más de mil millones de personas tienen ya un número de 12 dígitos ligado a sus datos biométricos. Suena impresionante y casi mágico: una huella digital o un código SMS basta para acceder a desde servicios sociales hasta abrir cuentas bancarias, contratar líneas telefónicas o firmar documentos oficiales.
India afirma que el sistema ahorró más de 3.48 billones de rupias (unos 39,2 mil millones de dólares) al evitar fraudes y corrupciones institucionalizadas, algo que en un país con tantas grietas puede ser literalmente una revolución. Pero claro, no todo es perfecto: imagínate un sistema con 1.4 mil millones de personas metidas en una base de datos federada y sus inevitables problemas de privacidad, seguridad y exclusión digital.
Algunos expertos han revelado que existen brechas de seguridad espeluznantes —hackers vendiendo datos de más de 800 millones de personas en la dark web en 2023 no es una teoría conspirativa— y que pese a usar autenticación biométrica, la gente sigue bailándose por los costados administrativos con la famosa “tarjeta Aadhaar”, que no caduca y puede ser falsificada.
Ese ‘pequeño’ loophole hace sospechar que un sistema ideal sigue lejos, y que en la práctica muchas personas quedan fuera (literalmente) o sufren exclusión cuando la tecnología falla. El gobierno no publica números claros, lo que alimenta la desconfianza entre activistas que exigen transparencia urgentemente. Pero ojo, el proyecto terminó valiendo la pena pese a la polémica. En un país con burocracia paralizante como India, que millones de trámites y servicios se muevan en la nube no es poca cosa.
Digital Public Infrastructure: el ecosistema más ambicioso que no conocías
Más allá de Aadhaar, Nilekani fundó toda una serie de herramientas que se presentan como una “infraestructura pública digital” (DPI), un término feo para lo que en realidad es una red abierta de tecnologías escalables, gratuitas y compatibles unas con otras. Piensa en pagos móviles sin comisiones, interacción entre cualquier app con bancos diferentes y plataformas que permiten que pequeños comerciantes en pueblos remotos vendan sin depender de Amazon o Flipkart.
La joya de la corona aquí es la Unified Payments Interface (UPI), que desplazó a Visa, no por ser cool, sino porque fusiona todo el sistema financiero en tiempo real para 657 millones de usuarios. Eso significa que un vendedor informal puede recibir pagos electrónicos instantáneos sin comisiones ni intermediarios pesados, algo casi inaudito en mercados emergentes.
¿Y qué decir de la salud? India ha empezado a digitalizar sus historiales médicos y consolidarlos en plataformas nacionales (aunque para los estándares occidentales aún hay mucho camino por recorrer). También han inventado ONDC, una red que permite buscar productos y vendedores en múltiples apps al mismo tiempo, poniendo un palo en la rueda a los monopolios digitales y devolviendo algo de poder a los comercios pequeños.
Obviamente el camino tiene baches, la penetración rural es baja y la digitalización no logra llegar a todos, pero darle a millones de personas acceso instantáneo a servicios financieros, datos oficiales y pagos digitales es algo que pocas naciones pueden siquiera soñar.
India Energy Stack: estabilizando la red eléctrica con un toque Aadhaar
Ahora mismo Nilekani está metido en una movida que parece sacada del futuro: digitalizar el sistema energético del país. La red eléctrica india es un caos, frágil y sobrecargada, con apagones frecuentes. Su solución es dar a componentes del sistema— desde centrales de energía hasta paneles solares en los techos y vehículos eléctricos— una identidad digital única y democratizar la data.
Con el llamado India Energy Stack (IES) quiere que toda esta información de características, producción, almacenamiento y consumo esté accesible en tiempo real para los operadores de la red. Así se podría optimizar el balance energético y, además, darle poder a la “gente común” para que se conecte y hasta venda energía libremente, algo casi revolucionario para un mercado tan fragmentado.
Este tipo de cosas no se ven todos los días y sí, parece un plan con un riesgo tecnológico brutal, pero si funciona podría inspirar a otros países con desafíos similares. El hecho de que Nilekani se haya embarcado en esto, a sus años, dice que el hombre no para; ve la digitalización no como un fin, sino como un motor para resolver problemas estructurales profundos.
¿Quo vadis, finternet? Una apuesta global que dadas sus bases puede explotar
“Finternet” suena a palabra sacada de un libro de ciencia ficción barata, pero podría ser el próximo paso lógico que Nilekani propone: un sistema financiero global basado en tecnología blockchain y la lógica biométrica de Aadhaar para tokenizar desde valores financieros hasta activos reales.
La idea es simple en el papel y ambiciosa en la práctica: crear un ecosistema interoperable donde no solo bancos sino organizaciones, empresas y usuarios puedan registrar, vender o usar tokens digitales basados en bienes físicos o financieros, ampliando el acceso a los servicios financieros para quienes están excluidos.
Un gran “pero” para que esto funcione es no repetir los errores de concentración y opacidad que han plagado otros sistemas digitales y blockchain. Pero Nilekani insiste en que estos sistemas deben ser abiertos, con APIs y estándares abiertos para evitar los “walled gardens” que estrangulan la innovación y la inclusión.
Con socios en cuatro continentes y fecha para el año próximo, la pregunta es si el “finternet” será una broma tecnológica para optimistas ingenuos o la plataforma que permita a millones de personas romper el círculo vicioso de exclusión financiera.
El precio de la digitalización masiva: privacidad, seguridad y exclusión
Imponer un sistema digital biométrico a 1.4 mil millones de personas no está exento de riesgos colosales. Más allá de hackeos y fugas de datos documentadas, la cuestión es qué tanto poder se concentra en manos del gobierno y grandes empresas y cómo se regula ese poder.
Activistas como Kiran Jonnalagadda y el director de la Internet Freedom Foundation, Apar Gupta, advierten que aún no hay mecanismos adecuados para atacar los problemas de exclusión digital que ocurren cuando fallan los sistemas biométricos, ni reconocimiento oficial de esos fallos más allá de “anécdotas”.
Además, la practicidad de la “tarjeta Aadhaar” como prueba suplementaria, sin una validación digital completa, deja la puerta abierta a fraudes y múltiples identidades. Eso no solo erosiona la confianza en la plataforma sino que también puede afectar a las poblaciones más vulnerables, empujándolas hacia la marginación digital.
Nilekani y sus aliados bajan la importancia del problema, pero el silencio oficial no juega a favor: sin datos abiertos ni transparencia, la desconfianza crece y la retórica oficial suena a burocracia intentando tapar grietas.
¿Un modelo para el mundo o un experimento exclusivo de India?
India no es el primero ni será el único país intentando construir infraestructuras digitales públicas, pero sí es el más ambicioso y, hasta hoy, uno de los más exitosos en términos de escala y alcance funcional.
Los gobiernos y organizaciones internacionales están mirando a Bengaluru para aprender y replicar. El Banco Mundial, las Naciones Unidas e incluso la Fundación Gates han invertido en programas para promover estas infraestructuras digitales en otros países en desarrollo.
Pero replicar la fórmula exacta no es fácil. Requiere un ecosistema político, social y tecnológico particular, además de la voluntad política para enfrentar la corrupción, la burocracia ineficiente y la desigualdad social. Lo que ha funcionado en India podría no calzar en otros territorios sin ajustes profundos.
La pregunta no es solo si se puede “aadhaarizar” el mundo, sino qué consecuencias políticas y sociales traerá una concentración global de datos biométricos y financieros en plataformas digitales abiertas pero complejas.
¿Tan loco o tan brillante? La paradoja de seguir apostando al futuro
El propio Nilekani confiesa que este proyecto no es para cualquiera: “quizá soy un junkie”, reconoce. Pero esa obsesión es la que ha mantenido vivo uno de los avances tecnológicos más radicales de las últimas décadas.
India es un gigante herido, con contrastes brutales: juventud explosiva pero altos niveles de desempleo; crecimiento económico pero poblaciones marginadas. El reloj corre, el “dividendo demográfico” puede ser oportunidad o bomba de tiempo.
Nilekani apuesta todo a que la tecnología y la infraestructura digital pública puedan ser el pegamento que sostenga la transformación social, económica y política. El futuro no es un destino, es una construcción continua. Y aunque personalmente quizá no vea todo el camino recorrido, su visión pone sobre la mesa una pregunta incómoda: ¿Estamos listos para este salto digital o corremos el riesgo de crear nuevas formas de exclusión y vigilancia?
A la eternidad la veremos, pero India ya está haciendo historia con un experimento que nadie esperaba y que, guste o no, cambiará cómo concebimos el poder del Estado y la tecnología.
¿Quién dijo que los 70 son para retirarse? Aquí, son apenas el principio del próximo capítulo.
