¿Pero este cable realmente mueve algo en Nueva York?
Comencemos por lo básico, sin rodeos: la Champlain Hudson Power Express, que se pronuncia “chippy” para no complicarnos la vida, es una bestia de la ingeniería que se extiende 339 millas desde Quebec hasta Queens. No es cualquier cable eléctrico; estamos hablando del transmisor subterráneo más largo de Norteamérica. Su misión es ambiciosa — podría cubrir hasta un 20% del consumo eléctrico de Nueva York — y lo haría aprovechando la abundante y limpia energía hidroeléctrica de Quebec. ¿Suena a solución perfecta para Nueva York y su gris red energética llena de fósiles? Pues, no tan rápido.
Este hito comenzó a fraguarse hace 15 años, con los trámites legales iniciados en 2010. Fue la alianza entre Transmission Developers, una filial del gigante Blackstone, y Hydro-Québec, quien maneja la generación y transmisión en la provincia canadiense, la que hizo posible la obra. Se tardaron una barbaridad, pero la construcción empezó en 2022 y terminó a comienzos de 2024, con un coste privado de $6 mil millones. Sí, seis mil millones de dólares invertidos para instalar dos cables de alta tensión, cada uno de unos cinco pulgadas de diámetro, enterrados bajo tierra y río, incluyendo la parte más delicada: tramo sumergido en el fondo del río Hudson. ¿Cómo? Barcos especiales disparando chorros de agua para abrir zanjas en el sedimento donde colocar el cable.
¿El resultado? Una autopista eléctrica de alta tensión con capacidad para transportar una gruesa porción de energía renovable desde Quebec, pero… lo que prometía ser la pieza que revolucionaría el apagado y contaminante sistema energético neoyorquino apenas lleva unos meses operando, y ya presenta problemas.
Un estreno accidentado: apagones y cables rotos
No es el estreno soñado. Desde que el CHPE empezó a operar, en julio, la línea se ha caído dos veces. La primera falla ocurrió el 1 de julio, causada por un “trip” en un convertidor cerca de la frontera canadiense. Ese golpe inicial ya no daba buen presagio, y la segunda, que comenzó el 4 de julio y seguía afectando la línea al menos hasta el 22, fue aún peor: un cable dañado en el lado estadounidense paralizó todo.
Expertos no se sorprenden tanto. Nueva infraestructura energética suele vivir estas infancias tormentosas. Normand Mousseau, físico en la Université de Montréal, comparó estos problemas iniciales con otros proyectos similares, donde el equipo solo demuestra sus debilidades cuando está en plena operación, no antes.
A nivel operativo, Hydro-Québec sacó ya la parte dañada y la reemplazó; están en fase de pruebas post-reparación, con la esperanza de reactivarlo muy pronto. Pero claro, estos retrasos danña la confianza. Especialmente cuando se desembolsan miles de millones y se espera que una obra así se convierta en un pilar estable de la red.
No es un capricho menor: otro proyecto parecido — el New England Clean Energy Connect, que va de Quebec a Maine cubriendo 145 millas — ha sufrido los mismos problemas desde su apertura en enero. Con tanto problema, más que “conectar y energizar” parece una danza del caos para las redes del noreste estadounidense.
¿Y dónde estaba Nueva York mientras la línea fallaba?
Sorpresa: la red de Nueva York no se desmoronó a pesar de todo. El motivo es simple y demuestra que la planificación de redes eléctricas modernas no es un juego de azar. En palabras directas de Kevin Lanahan, portavoz del operador de la red, New York Independent System Operator (NYISO): “Nuestros estudios de planeación no consideraban el CHPE disponible este verano”.
¿Por qué? Porque ningún ingeniero medianamente cuerdo pondría toda la esperanza en un solo proyecto, especialmente uno nuevo. La clave en la gestión de redes eléctricas es no depender de una sola carta, o en este caso, un solo cable. El sistema tiene que ser robusto y tener redundancias. La ola de calor que azotó Nueva York este verano se manejó sin apuros gracias a esta prudencia.
Pero ojo: el propósito final es otro. Se busca que, una vez superados estos primeros escollos y el equipo se dignifique, líneas como CHPE puedan ser parte del engranaje fiable que alivie la carga local y haga la red más flexible. A futuro, una red interconectada no solo será un lujo sino una necesidad para sortear ampliaciones costosas y nada ecológicas.
¿De verdad Quebec tiene el poder para abastecer o es humo?
Es tentador imaginar que el poder hidroeléctrico de Quebec será como ese maná inagotable y limpio que llegará para salvar a Nueva York. Pero la realidad es más cruda. El 99% de la electricidad de Quebec sí viene de fuentes renovables y mayormente hidroeléctricas. Al principio, esa idea dibuja un escenario “tan verde que ciega”. Pero qué pasa cuando la naturaleza no coopera.
Los últimos tres años han sido especialmente secos para la región. La sequía no es una palabra menor para una provincia que depende tanto del agua para mover sus turbinas. Si las cuencas quedan vacías, la generación disminuye, y por ende la cantidad de energía que exportan también.
Esto introduce un nuevo nivel de incertidumbre a la supuesta “fórmula mágica” de enviar energía verde a gran escala: no solo la infraestructura hay que mantenerla funcionando — como esos cables que se rompen y esas reparaciones eternas — sino que la fuente misma puede no estar siempre disponible.
Esto hace que la espectacular línea CHPE dependa de algo tan voluble como la meteorología y condiciones climáticas puntuales, y no de una fuente constante e inagotable. Una ironía brutal para tanto dinero invertido y tantos años de planeación.
¿Vale la pena la megainversión de 6 mil millones por un cable que no arranca?
Estamos ante un panorama complicado. La tentación de asumir que estos proyectos son un paso obligado hacia la era renovable es grande. Y sí, conectar redes y permitir que fluyan megavatios limpios desde donde sobran no es sólo inteligente, sino necesario.
Pero de ahí a creer que un proyecto de esa magnitud puede lanzarse al ruedo sin desastres técnicos es demasiado ingenuo. $6 mil millones invertidos (pagados por capital privado, ojo) para tener cortocircuitos desde el día uno son un recordatorio brutal de que ni la tecnología más avanzada ni la ingeniería más fina pueden garantizar estabilidad inmediata.
Además, con esos costos millonarios, cualquier retraso o problema técnico se multiplica en pérdidas económicas y en desgaste de imagen. La presión para que “chippy” funcione sin interrupciones es enorme, porque más allá de la ingeniería está el hecho que tiene que convencer a inversionistas, gobiernos y al público que valió la pena.
Pero… no es un problema único. Redes eléctricas en Europa y Estados Unidos han tenido su cuota de debut traumático. El asunto es si CHPE puede sobreponerse rápido y convertirse en uno de esos casos de éxito o si se quedará en otra promesa incumplida.
¿Conectividad a largo plazo o un parche caro para el sistema?
Todo esto lleva a una pregunta crítica: ¿la interconexión masiva como la de CHPE es la clave para una red eléctrica renovable eficiente o sólo un parche para un sistema que nunca se quiso evolucionar bien?
La promesa de conectar Quebec y Nueva York es reducir la necesidad de construir nuevas plantas fósiles y hacer el sistema más flexible — eso está claro. Y la teoría detrás del incremento en interconexiones aparece respaldada por estudios que apuntan a reducción de emisiones y menores costos para los usuarios.
Pero la práctica se tropieza con límites bien reales: fallas técnicas, dependencia climática, costos desorbitantes, y la complejidad política de un proyecto que involucra a varias jurisdicciones. Por ahora, la red neoyorquina sigue funcionando justificadamente sin confiar ciegamente en “chippy”.
Lo que sí es seguro: estas líneas no son mágicas. Son herramientas. Pueden apoyar una transición energética, sí. Pero ni garantizan que el sistema opere sin baches ni nos eximen de invertir en otras áreas — modernización local, almacenamiento o eficiencia — que durante años se dejaron de lado.
Vaya sorpresa: la limpieza energética sigue siendo más complicada de lo que nos venden
Hay que quitarse la idea de que la tecnología renovable se reduce a enchufar un cable y listo. El entusiasmo se enfrenta a la cruda realidad que ni las megainfraestructuras ni las buenas intenciones son suficientes cuando la ejecución se enreda con fallas y la naturaleza no coopera.
La red neoyorquina tiene en “chippy” un futuro prometedor pero complicado. Puede ser un cambio de juego o un dolor de cabeza continuo. Las líneas están ahí, enterradas, esperando que las aguas se calmen — literal y figuradamente — para transportar la energía limpia que hace falta.
¿Podrá Nueva York pasar del hype al HODL tecnológico o seguiremos aguantando cortes y promesas incumplidas? Solo el tiempo (y el cable) lo dirán. Mientras tanto, no es mala idea seguir mirando con lupa, no con estrellas en los ojos, a cada nuevo cable que pretendan colgar como solución milagrosa.
¿Estamos demasiado obsesionados con la infraestructura y poco con las fallas humanas, climáticas y económicas que la acompañan?
Quizá la verdadera revolución tecnológica no esté enterrada bajo el Hudson, sino en cómo aprendemos a manejar lo que ya tenemos y a no depender de líneas que parecen más caprichos millonarios que certezas.
¿Ustedes qué opinan? ¿Un cable underground, caro e imperfecto, puede cambiar para bien la manera en que Nueva York consume electricidad, o es sólo un proyecto de cartón piedra con vueltas por delante?
