El sargento mayor Jesse J. Clark, asesor alistado sénior del 2.º Regimiento de Caballería, propone incorporar competencias básicas con drones y sistemas no tripulados a tres pruebas del Ejército de Estados Unidos: la Expert Infantryman Badge, la Expert Soldier Badge y la Expert Field Medical Badge, agrupadas bajo las siglas E3B. No se trata de crear una nueva especialidad para cada soldado, sino de actualizar la formación común ante los cambios en el campo de batalla.
Clark sostiene que saber operar y reconocer sistemas no tripulados, así como protegerse de ellos, debe formar parte del repertorio básico de combate. No hace falta que cada infante sea un piloto experto ni que cada sanitario aprenda robótica avanzada. Pero enviar personal a una operación sin nociones sobre observación aérea, firmas electrónicas o amenazas de drones supone un riesgo que el entrenamiento debería ayudar a reducir.
El dron ya está en la pelea, aunque no lo lleve tu unidad
La propuesta de Clark parte de que una unidad no necesita disponer de drones propios para verse afectada por ellos. En el campo de batalla moderno, un soldado puede quedar expuesto a observación aérea, detección electrónica y sistemas enemigos, aunque su misión no esté relacionada con la tecnología. Moverse, comunicarse o elegir una posición sin considerar esas amenazas añade riesgos que el entrenamiento debería enseñar a reconocer.
Los sistemas aéreos no tripulados pequeños —los SUAS, por sus siglas en inglés— también pueden ampliar la observación, ayudar a comprender el terreno y apoyar la maniobra sin que cada soldado tenga que exponerse para obtener información. Las herramientas contra drones, conocidas como C-UAS, permiten detectar o afrontar ciertas amenazas. Los vehículos terrestres no tripulados pueden apoyar tareas de reconocimiento, abastecimiento o evacuación de heridos.
El Ejército ha dado algunos pasos en esa dirección. La iniciativa Transformation in Contact coloca tecnología emergente directamente en las formaciones para que los soldados desarrollen técnicas de empleo en condiciones operativas. También se ha acelerado la entrega de sistemas aéreos no tripulados pequeños a unidades desplegables, con la intención de mejorar el reconocimiento y la capacidad de combate. Sin embargo, distribuir equipos no equivale a formar personal capaz de utilizarlos ni garantiza que el material se integre en las tácticas de una compañía.
La cuestión, entonces, no es si los drones sirven, sino cómo entrenar a suficientes soldados para desenvolverse en un entorno donde pueden ser observadores, usuarios o blancos de esos sistemas. Esperar a que la experiencia se extienda por las unidades pospone la preparación hasta que la imponga la necesidad operativa.
La propuesta aprovecha una maquinaria que ya existe
Clark no propone crear desde cero una escuela, una certificación y una cadena de instructores. El Ejército ya cuenta con un mecanismo que reúne entrenamiento, evaluadores y tiempo para comprobar destrezas individuales: las tres pruebas E3B. Su idea es aprovechar esa infraestructura e introducir fundamentos de sistemas no tripulados durante la preparación previa a la evaluación.
Las pruebas ya evalúan aptitudes necesarias para sobrevivir y operar en combate. Si las habilidades con drones y frente a drones forman parte de ese entorno, incluirlas sería una actualización del estándar. Clark compara el cambio con capacidades que antes podían parecer especializadas —como las comunicaciones digitales, el GPS o los dispositivos de visión nocturna— y que hoy se consideran conocimientos básicos para el soldado.
La E3B no tendría que certificar a cada participante como operador avanzado. El objetivo sería una alfabetización táctica común: entender qué puede aportar un sistema amigo, reconocer plataformas enemigas, aplicar medidas sencillas de protección y manejar con seguridad los equipos básicos asignados a nivel de soldado. Esto no equivale a enseñar mantenimiento complejo, programación o empleo especializado.
Clark destaca que por cada soldado que obtiene una insignia hay muchos más que participan en la preparación, practican las tareas y reciben instrucción. Si el entrenamiento incorpora nociones de sistemas no tripulados, su alcance no se limita a quienes superan la prueba: los participantes pueden llevar la experiencia práctica a sus escuadras y pelotones. Una estructura establecida permitiría extender fundamentos por las unidades sin crear una organización de formación paralela, costosa y difícil de escalar.
¿Qué tendría que aprender un soldado?
Una prueba útil tendría que definir tareas concretas, sin convertir cada estación en una demostración de equipos. Para los sistemas aéreos pequeños, Clark plantea incluir manejo seguro, preparación del sistema, observación, comunicación de lo observado e integración táctica. No bastaría con encender un aparato y mirar una pantalla: el soldado tendría que saber qué información necesita la unidad, cómo obtenerla de forma segura y cómo transmitirla para que contribuya a una decisión.
En el caso de las medidas contra drones, la formación debería cubrir el reconocimiento de amenazas, la notificación, las acciones de protección y la familiaridad con las contramedidas autorizadas para el personal. No se trataría de improvisar respuestas ni de asumir que cualquier soldado puede neutralizar una plataforma con cualquier método. Un estándar responsable enseñaría a actuar dentro de los procedimientos y las capacidades disponibles.
Para los vehículos terrestres no tripulados, el nivel inicial podría ser más básico: conocer el sistema, operarlo con seguridad e integrarlo en tareas sencillas. A medida que estos vehículos aparezcan en labores de reconocimiento, logística o apoyo a bajas, los soldados tendrán que colaborar con ellos aunque no pertenezcan a una unidad especializada.
La formación debería centrarse en principios y decisiones, no en memorizar el panel de control de un modelo concreto. El hardware cambia deprisa, y diseñar el estándar alrededor de una sola plataforma podría dejarlo anticuado antes de que llegue a toda la fuerza. Los fundamentos tendrían que servir para los equipos orgánicos de cada unidad, que pueden diferir entre formaciones y evolucionar con el tiempo.
Eso exige evaluar conductas transferibles: preparación, seguridad, comprensión de la misión, comunicación y empleo táctico. Así, los soldados podrían aplicar los conocimientos aunque el equipo disponible no sea el mismo que se utilizó durante la prueba.
La sanidad militar no puede quedar al margen
La inclusión de la Expert Field Medical Badge en esta discusión tiene sentido operativo. El personal sanitario trabaja en el mismo entorno disputado que el resto de la unidad: puede quedar expuesto a vigilancia aérea durante la atención de heridos y la evacuación, y necesita considerar esas amenazas al desplazarse o establecer un punto de atención. Tratar los drones como un asunto exclusivo de infantería dejaría fuera a quienes operan bajo presión en situaciones de alta exposición.
La relación también funciona en sentido inverso. Los sistemas no tripulados podrían apoyar el reconocimiento de rutas, el transporte de suministros y el movimiento robótico de bajas. Esto no significa que un vehículo autónomo vaya a reemplazar de inmediato a los equipos sanitarios, sino que el personal médico debe comprender las posibilidades y limitaciones de herramientas que podrían acompañar sus tareas.
Incorporar esos contenidos a la prueba médica también indicaría que esta competencia pertenece al entorno de operaciones y no a una rama concreta. Si se enseña solo en cursos de drones o en unidades técnicas, muchos soldados podrían considerarla ajena a su trabajo. Incluirla en los entrenamientos de infantería, de soldados y de personal médico la convertiría en una expectativa compartida.
Eso no exige que todas las especialidades hagan lo mismo. Las tareas pueden ajustarse a cada función: reconocer una amenaza, comunicarla, protegerse, utilizar una herramienta asignada o considerar un sistema no tripulado durante una evacuación. La base común estaría en la comprensión, no en equiparar la misión de un sanitario con la de un operador especializado. Clark plantea una preparación compartida, no borrar las diferencias profesionales.
El coste real es organizarse, no inventar otro curso
El Ejército suele responder a una nueva necesidad con un curso, un equipo móvil de instrucción o una certificación adicional. Para formar a cientos de miles de soldados en fundamentos de sistemas no tripulados, esa fórmula afrontaría límites de escala, disponibilidad de instructores, instalaciones y tiempo. Cada nueva estructura compite con otras prioridades y requiere sostenerse durante años.
La propuesta es integrar las destrezas en eventos que ya reúnen a las unidades y cuentan con evaluadores. Clark sugiere empezar en instalaciones con experiencia previa en sistemas no tripulados, desarrollar una estación piloto, preparar a quienes evaluarán, ejecutar el entrenamiento y recoger lecciones. Después, habría que ajustar y ampliar el programa. El proceso se asemeja al aplicado en Transformation in Contact: probar en formaciones reales, detectar problemas y modificar antes de extenderlo.
La rapidez no debería confundirse con improvisación. Una estación mal diseñada podría convertirse en una exhibición del equipo disponible o en una prueba que solo puedan superar las unidades con más recursos. Para evitarlo, el estándar inicial tendría que ser seguro, relevante y realizable con medios razonables. Pero esperar a que exista una versión perfecta tampoco resolvería el problema: la tecnología y sus usos seguirían cambiando durante el proceso de revisión.
La implantación también tendría que distinguir entre acceso a equipos y destreza. Algunas unidades pueden tener más experiencia o material que otras; si la evaluación depende de una plataforma específica, las diferencias logísticas podrían traducirse en diferencias de resultados. Un enfoque basado en principios permitiría evaluar conocimientos transferibles y adaptarlos al material autorizado para cada formación. No resolvería los problemas de disponibilidad, pero evitaría asumir que todas las unidades parten del mismo punto.
La insignia tiene que mirar al campo de batalla de hoy
Actualizar las pruebas E3B no implica rebajar sus exigencias ni desplazar las competencias tradicionales. La navegación terrestre, el dominio de armas, los conocimientos médicos y la condición física siguen siendo centrales. La cuestión es qué significa dominar esas destrezas cuando un adversario puede observar desde el aire, detectar emisiones o utilizar plataformas no tripuladas para buscar oportunidades. Un soldado puede navegar correctamente y, aun así, exponerse por no considerar quién lo observa.
El argumento de Clark es que una insignia que certifica competencia debe reflejar el campo de batalla en el que el soldado podría combatir, no una versión congelada de hace veinte años. La adaptación no consiste en perseguir cada dispositivo nuevo ni en llenar el programa con una lista de aparatos, sino en reconocer qué capacidades alteran tareas conocidas y enseñar a responder a esos cambios.
Clark no presenta la E3B como una política ya adoptada por todo el Ejército, sino como una infraestructura disponible para acelerar el entrenamiento. La propuesta depende de decisiones posteriores sobre estándares, evaluadores, recursos y ejecución. Por ahora, plantea un mecanismo concreto para abordar la preparación, en lugar de limitarse a pedir más formación sin definir cómo organizarla.
Los adversarios desarrollan sistemas no tripulados y autónomos, mientras el hardware disponible sigue evolucionando. El Ejército ya cuenta con pruebas, instructores y periodos de preparación donde podría introducir una base común. La propuesta de Clark es utilizar esa estructura para que los soldados practiquen con los sistemas, comprendan sus capacidades y sepan cómo actuar ante las amenazas asociadas.
