¿Mover el útero para salvar la capacidad de tener hijos? Suena locura, pero va en serio
El 6 de febrero de 2026, un equipo en Suiza anunció algo que suena a ciencia ficción médica: un bebé saludable, bautizado Lucien, nació después de que su madre pasara por una cirugía experimental que básicamente le sacó el útero, los ovarios y las trompas de Falopio del saco pélvico, para “guardarlos” en otra parte del cuerpo. ¿Cuál fue la razón? Su madre enfrentaba tratamiento duro contra un tumor de recto. Radioterapia y quimio son la santísima trinidad de la destrucción de células cancerosas, sí, pero de paso arrasan con órganos reproductivos. Y es ahí donde este giro quirúrgico por parte de un gineco-oncólogo suizo, Daniela Huber, y un cirujano brasileño, Reitan Ribeiro (ahora en Canadá), pone a prueba la resistencia de la medicina y de la fisiología femenina. Al menos ocho bebés han nacido tras este procedimiento, algo que no es poca cosa para quienes creían que el tratamiento contra el cáncer y la fertilidad eran incompatibles casi por completo.
¿Pero cómo funciona este “mudanza” express de órganos reproductivos?
Sacaron literalmente el útero, ovarios y trompas desde la pelvis y los cosieron unos centímetros más arriba, justo debajo de las costillas, donde la radioterapia no iba a meter mano. El secreto está en mantener esos órganos vivos y funcionales a pesar de que están fuera de su sitio natural. Suena sencillo al decirlo, pero no. La pelusa técnica es importante: la pelvis es un espacio cerrado con vasos sanguíneos y nervios delicadísimos, el útero tiene que mantener una conexión sanguínea óptima, y la cirugía incluye un guante invisible de precisión micrométrica para evitar daños irreparables. De hechos, fue una disección delicada y cuidadosa.
El procedimiento, que tarda entre dos y tres horas, termina con los órganos “puntillados” firmemente a la pared abdominal. En poco más de una semana, con pequeñas incisiones, se retiran los puntos que inicialmente sostienen ese “nuevo hogar temporal”, y el tejido cicatricial –ese bicho duro y molesto que se forma tras cualquier cirugía– se encarga de mantener la nueva posición. El paciente tiene dos semanas para recuperarse antes de enfrentar la quimio y radiación. El resultado: reducción del tumor, supervivencia y, pronto, vuelta a la normalidad pélvica. Cuando se corta el tumor, los órganos vuelven a su sitio, listos para gestar vida.
Bordando el límite entre ciencia, ética y desesperación
En Suiza, la paciente de 28 años que dio a luz a Lucien decidió congelar sus óvulos antes del tratamiento. Por desgracia, en su país la gestación subrogada está prohibida (imposible usar los óvulos fuera del entorno uterino). ¿Otras opciones? Prácticamente inexistentes. Por eso la cirugía que ofrece la posibilidad de embarazos gestados en el propio cuerpo es un hito. Daniela Huber tomó la posta del procedimiento creado por Ribeiro, que data de 2017 con su primera paciente, 26 años con cáncer rectal.
Claro, esta técnica sacude no solo la anatomía, sino también normas sociales y médicas. Es un sutil (pero inequívoco) “no aceptamos que la fertilidad se pierda con el cáncer como algo inevitable”. Eso es disruptivo. Incluso en la comunidad profesional hubo dudas y miedo: “El cirujano general ni durmió tres días tras escuchar la idea”, comenta Huber con una mezcla de ironía y asombro real. Cuando alguien piensa “riesgo”, todos tiemblan, pero la posibilidad de dar esperanza a personas jóvenes ha empujado la experimentación. ¿Vale la pena? Por supuesto. ¿Es seguro? Todavía se está viendo.
El viaje desde Brasil hasta el mundo: cómo Ribeiro cambió el juego
Reitan Ribeiro se ha convertido en un nombre clave en esta historia. Desde Curitiba, Brasil, comenzó todo con una mujer de 26 años que estaba literalmente atrapada en el “no hay opción para tu fertilidad” que dictaban médicos con pocas alternativas. Ribeiro tomó el toro por los cuernos, ideó la cirugía que hoy, casi una década después, permite que países como Estados Unidos, India, Israel, Perú y Rusia hayan replicado el procedimiento.
Hasta la fecha, Ribeiro suma 16 cirugías realizadas personalmente, y calcula unas 40 en total alrededor del globo con otros equipos. No todos los partos terminan festejo (el útero de una paciente no resistió después de la maniobra), pero los éxitos se acumulan y permiten soñar con un protocolo estandarizado, esa palabra mágica que da seguridad y hace que la técnica pueda ser accesible, reproducible y, sobre todo, segura para más personas. Ahora la meta es evitar que las mentes clínicas se duerman en la narrativa de “no hay alternativa”. Ribeiro lo deja claro: no hay que aceptar la pérdida de fertilidad como un destino inmodificable.
Por qué el daño uterino tras radioterapia te jode toda la vida reproductiva
Años arruinados en un rincón del cuerpo. La radioterapia no solo mata células cancerosas, sino que se cobra como peaje a los ovarios y al revestimiento uterino. Ese daño explica por qué ni siquiera la congelación de óvulos garantiza la posibilidad de tener embarazo “de verdad”. Si la mucosa uterina (endometrio) está dañada, un embrión no se pega. Además, los músculos lisos del útero quedan rígidos, imposibilitando la ampliación necesaria para contener un feto en crecimiento. ¿Resultado? Fecundación, sí. Embarazo viable, ni de coña.
Es la frontera franca que convierte una pareja con células reproductivas intactas en un claro caso de infertilidad mecánica. Por eso mover el útero literalmente hacia fuera del campo de radiación es un punto de inflexión. Porque desde el principio permite que todo vuelva a la normalidad tras una fase de tratamientos que generan temor y, a menudo, desaliento. El mensaje aquí: el daño no tiene que ser definitivo.
¿Podemos fiarnos de esta cirugía? Spoiler: aún es experimentación
Ninguna cirugía está libre de riesgos. Esta es particularmente delicada y con mucho potencial para complicaciones, desde daños a los órganos movidos hasta el riesgo de diseminar células cancerosas más avanzadas. Huber lo reconoce humildemente: estamos en fase de recopilación de datos, análisis de resultados y construcción de protocolos sólidos.
Un caso con fallo uterino después de la cirugía recuerda que todavía hay gigantes pendientes. Aun así, los beneficios marcan la diferencia para quienes, sin esta opción, jamás podrían soñar con gestar. El proceso es lento, pero la medicina ya ha hecho lo más difícil: desafiar el “no hay nada que hacer”.
Crear una cirugía que permite a personas sobrevivientes de cáncer ser también madres es un salto en la realidad, no solo un invento tecnológico. Que la técnica se haya replicado en distintas geografías muestra que no es un capricho aislado, sino un futuro latente con miles de vidas potencialmente cambiadas.
¿Y ahora qué? ¿El futuro de la fertilidad post-cáncer está asegurado?
“Espero que más mujeres jóvenes puedan beneficiarse”, dice Huber. Esa frase, simple pero cargada de significado, es la fachada de un objetivo mayor: normalizar esta cirugía como una herramienta rutinaria para proteger algo tan crucial como la capacidad de tener hijos tras un cáncer pélvico.
Esto obliga un replanteo serio del paradigma médico sobre cómo se valora la calidad de vida post cáncer. No basta sobrevivir. Hay que sobrevivir con la mayor normalidad posible.
Y la pregunta final es obvia: ¿cuántas historias como la de Lucien y su madre quedarán en el olvido porque no se conoció esta cirugía o no se tuvo acceso a ella? Por ahora, está emergiendo del ámbito experimental, esperando validación clínica y mayor adopción.
Pero ojo, la verdadera revolución no está solo en esta técnica quirúrgica. El verdadero cambio será cuando la medicina entienda que el cuerpo de quien sufre cáncer merece no solo tratamiento, sino también reconstrucción esperanzadora.
Y tú, ¿te lo imaginabas posible?
