¿Un embarazo después del cáncer? Sí, y de una forma que te hace pensar “¿por qué no se hizo antes?”
En Suiza, un equipo médico acaba de poner al mundo al bebé europeo número uno, Lucien, nacido tras un procedimiento quirúrgico casi sacado de una película de ciencia ficción. ¿La gracia? Este niño vino al mundo gracias a que, antes del tratamiento del cáncer de recto o colon de su madre, los cirujanos no solo maniobraron para destruir tumores, sino que literalmente sacaron el útero, ovarios y trompas de Falopio de la reacción tóxica de radiación y quimioterapia.
Sí, lo leíste bien: sacaron esos órganos delicados y los guardaron lejos del fuego cruzado (el tratamiento) y, una vez todo pasó, los volvieron a colocar en su lugar para que la madre pudiera concebir naturalmente. Hasta el momento, Lucien es el quinto niño nacido tras esta maniobra quirúrgica, la primera en Europa que reportan los especialistas suizos, que ya cuentan con al menos tres casos más recientes.
En serio, cuando la madre estaba en medio del infierno de combatir un cáncer, los médicos pensaron que podían burlar a la naturaleza y al daño colateral radical. Radiation y chemo son mano dura con el organismo, y reorganizar los órganos reproductores parece sacado de un laboratorio de lo imposible, aunque parece estar funcionando.
Esto no es un concepto medio-bicho raro, es medicina en modo ninja, cortando por lo sano. Evidentemente, hay más detrás: no basta con sacar el útero, hay toda una ingeniería quirúrgica para lograr que vuelva a integrarse sin secuelas funcionales, manteniendo la irrigación sanguínea y la conexión nerviosa que hace posible la vida. Porque, si no es así, bueno, no hay bebé.
Todavía es temprano para proclamarlo solución definitiva, pero entre sus ventajas destacan la posibilidad de preservar la fertilidad y la normalidad hormonal —sí, porque ovarios y útero desaparecidos o dañados matan más que a un noviazgo, matan la esperanza reproductiva post-cáncer. Lo que nos abre la puerta para preguntarnos por qué la comunidad médica no estaba explorando esta vía con más fuerza antes, dado que la infertilidad directa post-radiación siempre ha sido un talón de Aquiles terrible para pacientes jóvenes que supervivieron a cánceres severos pero se quedaron en el limbo para tener hijos.
Si esto se consolida, estemos atentos. Porque facilitar la reproducción tras cáncer de manera efectiva no es una pijada, es una revolución de impacto social, psicológico y ético. Niño, guerra legal, ciencia y esperanza todo en uno.
La industria textil de Bangladesh y el milagro de ser “frugal” en tiempos de desastre ecológico
Vamos con otra historia que no suena a milagro, pero de milagros va un poco la cosa si pensamos en lo que significa para el planeta y la población de Bangladesh.
El 2013 tiene una mancha indeleble en la memoria mundial y más para Bangladesh: 1,134 personas muertos y casi 2,500 heridas en el derrumbe de la fábrica Rana Plaza. Esa tragedia dejó claro que la moda barata tiene un precio que no estamos pagando como consumidores.
Pero el buriganga —un río que atraviesa Dhaka y que literalmente estaba teñido del horror químico y los residuos tóxicos de la industria textil— comienza a respirar. El sector no solo reconoce su ‘pecado’ histórico, sino que se pone las pilas en innovación verde y frugalidad.
Bajo la bandera de fábricas que optimizan recursos, usan tecnologías que reducen desperdicios, ahorran agua como si fuera oro y, a la vez, son más resilientes ante los choques climáticos y la incertidumbre geopolítica global, Bangladesh se convierte en una especie de “modelo” emergente, a su manera.
Estas tecnologías “frugales” no son aparatos de última generación que costarían una fortuna. No, son técnicas pragmáticas, eficientes, muchas veces adaptaciones locales —o inventos del “hágalo usted mismo”— que permiten aliviar lo que estaba literalmente envenenando ríos vitales para la vida en Dhaka. Desde el uso de tintes más naturales hasta la implementación de plantas de tratamiento que no dependen de energía eléctrica constante (dado que la electricidad misma puede ser precaria).
Esparcidos a lo largo y ancho del Buriganga, cientos de talleres están dejando de ser sinónimo de explotación y contaminación para ser laboratorios vivos de innovación social y ecológica. La pregunta que queda en el aire es si esta transformación resiste temporalidades políticas, mercados salvajes y sobre todo, el apetito voraz (y a veces ignorante) del fast fashion global.
No todos los actores son claros, ni las cadenas de suministro limpias. Pero que este giro exista, aunque sea en dosis pequeñas, indica que el paradigma industrial en países de bajo costo puede coexistir con modelos ecológicos. Y, francamente, es justo lo que necesitábamos oír para no perder toda fe.
Los problemas del grid eléctrico frente al siglo XXI: ¿Un drama venido a más?
Pero hablemos ahora de un lío de dimensiones mayores, que aunque no tenga la vibra humana emotiva del útero rescatado, afecta a millones y ya nos está mostrando los dientes: la red eléctrica en Estados Unidos y el mundo.
Nebraska, de paso un ejemplo, tiene su entidad eléctrica pública, Lincoln Electric System, acostumbrada a batallar contra blizzards (tormentas de nieve). Bien. Pero lo que viene a futuro —y lo que afecta a todos los sistemas similares en el mundo— es un problema que supera por décadas a una tormenta fría: tormentas más extremas, ciberataques al grid (sí, alguien hackeando la luz), interrupciones físicas, costos inflacionarios por las materias primas y un cambalache regulatorio que parece un laberinto de Kafka.
El salto tecnológico al que se enfrentan estos servicios no es poca cosa. Pasar de centrales eléctricas que queman carbono (carbón, gas, petróleo) a un modelo dominado por energías renovables (solar, eólica) implica cambios estructurales de un nivel que pocos imaginan. La energía solar y eólica, aunque limpias, traen un problema: son intermitentes. Y, claro, la gente quiere luz constante, no solo cuando hay sol o viento.
Este sistema híbrido requiere baterías gigantes, redes inteligentes, y una administración del flujo eléctrico que rayaría en ser banco de datos y centro de mando tecnológico. Sin contar temas legales donde “quién paga qué” puede generar guerras políticas de dimensiones épicas.
Además, la inflación afecta costos de materiales y dicha transición es una maratón que se corre con pesos pesados. ¿El resultado? Un futuro seguramente más verde, probablemente más sostenible… pero con un caos eléctrico casi garantizado a corto plazo, que puede traducirse en apagones o sobreprecios.
¿Estamos preparados? No, y mucho menos cuando la gente trata la red eléctrica como si fuera un botón mágico que siempre responde de inmediato. La electrificación acelerada (vehículos eléctricos, casas inteligentes) solo añade presión sobre una infraestructura que tiene más piezas en riesgo que un rompecabezas de 10,000 piezas sin la caja para guiarse.
¿Y qué tal si el futuro de las relaciones laborales es una IA aprobando tu aumento de sueldo?
Por si no fuera suficiente que las máquinas te vacíen la bandeja de entrada, ahora tienen ojitos puestos en tus finanzas personales: IA evaluando y autorizando incrementos salariales.
Esto suena a pesadilla distópica, pero ya hay firmas que exploran algoritmos para medir performance y decidir quincena con base en datos, cifras y modelos predictivos. Una suerte de “jefe electrocomputarizado” que no recibe coqueteos ni días malos porque, bueno, no tiene ni cerebro ni empatía.
¿Es esto humano? No. ¿Es efectivo? Puede ser brutalmente eficaz para eliminar sueños de negociaciones espontáneas, tardes de café con el jefe o apelar a la suerte del carisma.
Pero ojo, esta opción puede amplificar perfiles de desigualdad digital y generar brechas donde el factor humano -la adaptabilidad, el juicio en contextos complejos- quede descontado. Y el desastre sería que la burocracia de la escala salarial termine siendo un software con sesgos, tal cual hemos visto en otros ámbitos de IA en RRHH.
Original siniestra o simplemente fría, la idea abre la puerta a un debate espinoso: ¿preferimos eficiencia con riesgo de injusticia algorítmica o caos humano con tintes emocionales? Dile tú.
El lado oscuro de la tecnología que da miedo y que todos ignoramos
Entre tanta noticia técnica y avances, hay sectores que parecen obsesionados con el morbo y la vigilancia absoluta.
En China, el problema de cámaras espía en hoteles no es la típica queja de privacidad. Que haya transmisiones en vivo de huéspedes sin su consentimiento (sí, mientras «se tumban» en la estancia) a miles de espectadores conectados es terrorismo digital pura. Nadie sabe cuántos están expuestos y qué mecanismos reales existen para detenerlo.
Esto no es solo paranoia. Es un recordatorio brutal de lo vulnerables que somos con tecnologías que, en manos equivocadas, pueden transformar cualquier espacio privado en show público sin permiso ni advertencia.
¿Estamos haciendo lo suficiente para protegernos? Ni de coña. Todavía estamos a medio camino de entender que la “casa inteligente” puede significar también ser “prisionero de tus gadgets”.
Y no es solo China: hay por todos lados un auge de espionaje privado con fines “de entretenimiento” o lucro. Cuando la privacidad se vende como un artículo caro, la tecnología se convierte en nuestra peor pesadilla.
La FDA abre la puerta a la neuroestimulación para tratar la depresión: ¿nueva era o espejismo?
La depresión, esa bestia invisible que golpea a millones, acaba de recibir luz verde para un tratamiento que no implica ni pastillas ni intervenciones invasivas.
Un dispositivo aprobado por la FDA permite la estimulación cerebral no invasiva, abriendo una senda para tratamientos más personalizados y sin las toxicidades y efectos secundarios que suele provocar la farmacología tradicional.
Más que gadgets futuristas sin sentido, este avance simboliza un cambio robusto hacia tratamientos que toman en cuenta la neurobiología única de cada paciente, modelan respuestas y potencian recuperaciones más limpias.
Pero ojo, no todo lo que brilla es oro en la neurotecnología: falta mucho por entender sobre los efectos a largo plazo, los perfiles adecuados y las desigualdades en el acceso.
Que la FDA haya dado luz verde es una señal clara de que no vamos a depender para siempre de píldoras y psicoterapia habitual para tratar estas enfermedades debilitantes, aunque el cruce ciencia versus ética y accesibilidad apenas comienza.
¿Pero esto funciona de verdad? Reflexiones finales sin moralinas
La medicina está avanzando a pasos agigantados, a veces para dar vida literal (sí, embarazos post cáncer), y otras para reinventar industrias que parecían condenadas (el textil bangladesí verde), o desafiar el futuro del empleo con algoritmos que deciden tu bolsillo.
Algunos avances te sorprenden y emocionan, otros generan más preguntas que respuestas o miedo a lo que puede salir mal.
En el fondo, la tecnología no es buena ni mala. Es un arma con la que podemos sanar, mejorar o fastidiar a la sociedad. Depende de cómo y quién la use.
¿Estamos listos para lo que viene? A veces parece que apenas estamos dejando de tropezar con la misma piedra.
¿Tú qué piensas?
