El 27 de octubre, Benjamin Netanyahu perdió siete escaños respecto a la mayoría necesaria para gobernar: su bloque obtuvo 54 de los 120 puestos de la Knéset. La oposición judía reunió 48 y los partidos árabes, 18. Las urnas dejaron un Parlamento sin mayoría clara y una pregunta bastante menos abstracta que los discursos de campaña: ¿quién está dispuesto a sentarse con quién?
Una derrota que no sacó a Netanyahu del tablero
El Likud sigue siendo el partido más grande, con 27 escaños, pero eso no alcanza para convertir a Netanyahu en primer ministro con una coalición estable. Su bloque suma 54, lejos de los 61 necesarios para una mayoría parlamentaria. La comparación con la legislatura anterior resulta aún más incómoda para el dirigente: su coalición saliente controlaba 68 escaños. Perdió terreno con fuerza, aunque no quedó fuera de juego.
Ahí está la rareza de este resultado. Netanyahu puede presentar la primera posición de su partido como una victoria relativa, pero gobernar exige socios, y los socios potenciales del bloque tienen límites políticos muy marcados. Rechazan cooperar con los partidos árabes, justo los 18 escaños que podrían alterar el cálculo. Mientras esa línea roja se mantenga, esos votos no son una reserva disponible: son una mayoría hipotética que nadie dentro del bloque parece dispuesto a tocar.
El Likud ganó la carrera por el primer puesto y perdió la aritmética que hace posible gobernar. Una diferencia importante. En sistemas parlamentarios, el partido más votado no recibe automáticamente el poder; debe reunir apoyos suficientes, o al menos demostrar que puede sostener un gobierno. La cifra de 27 le da a Netanyahu peso en las negociaciones, pero no una salida fácil.
También conviene no confundir el retroceso de su coalición con una mayoría opositora lista para reemplazarla. La oposición judía tiene 48 escaños y está fragmentada por sus propias incompatibilidades. Netanyahu afronta un serio revés, sí. Pero sus adversarios no han mostrado todavía que puedan convertir ese rechazo en una fórmula de gobierno. El bloqueo, por ahora, favorece a quien ya ocupa el cargo: puede seguir como primer ministro interino mientras los demás intentan resolver un rompecabezas que ellos tampoco diseñaron para encajar.
Los 18 escaños que todos necesitan y varios rechazan
Los partidos árabes aparecen como posibles árbitros porque, sobre el papel, sus 18 escaños pueden inclinar la balanza. La oposición de Gadi Eisenkot suma 48; con respaldo árabe podría alcanzar 66, por encima de la mayoría parlamentaria. La suma es sencilla. La política, menos. Varios dirigentes opositores han descartado cooperar con esos partidos, una negativa que deja sin utilidad práctica la mayoría que muestran los números.
La contradicción no es menor. Si los partidos árabes pueden respaldar a un gobierno desde fuera o participar en una fórmula más directa, la oposición tendría una vía para desplazar a Netanyahu. Pero aceptar esa posibilidad tiene un coste político para quienes han construido sus alianzas y mensajes sobre la exclusión de esa cooperación. El resultado es una especie de mayoría en papel: existe en la calculadora, no necesariamente en una sala de negociación.
Y aquí la palabra “kingmaker” puede inducir a error. Los partidos árabes no controlan por sí solos el desenlace: su influencia depende de que algún bloque esté dispuesto a negociar con ellos y de que sus demandas puedan integrarse en un acuerdo. Que sean decisivos no significa que puedan imponer cualquier condición ni que el resto esté obligado a escucharlos. La aritmética les da capacidad de negociación; el aislamiento político puede reducirla.
La puerta que permitiría formar una mayoría es, al mismo tiempo, la que varios aspirantes al poder se niegan a abrir. No se trata de una discrepancia menor que pueda maquillarse con un comunicado conjunto. Si los líderes opositores no cambian su postura, la opción de 66 escaños seguirá siendo una posibilidad teórica. Y si la mantienen, cada jornada de negociación hará más visible que el bloqueo no depende solo de Netanyahu, sino de las líneas rojas que también ha trazado la oposición.
Para los partidos árabes, el dilema es distinto: apoyar una fórmula puede darles influencia concreta, pero también exponerlos a que sus votos sean aceptados solo mientras resulten útiles. En un Parlamento tan dividido, esa tensión no se resuelve con una suma. Se negocia, con todos los riesgos de quedar dentro de un acuerdo frágil o fuera de él.
La oposición tiene mayoría posible, no una coalición
Eisenkot podría recibir el primer mandato para formar gobierno después de que los resultados queden certificados, previsto para el 4 de noviembre. Pero que el presidente Isaac Herzog lo encargue no significa que haya conseguido los apoyos necesarios. La oposición cuenta con 48 escaños y podría aspirar a 66 con respaldo árabe, aunque los principales líderes han rechazado esa cooperación. El mandato, en otras palabras, puede empezar con una ventaja protocolaria y un problema político sin resolver.
La dificultad no se limita al desacuerdo sobre los partidos árabes. Naftali Bennett, Avigdor Liberman y Yair Golan tampoco aceptan servir bajo Netanyahu. Esa negativa reduce las opciones de un gobierno encabezado por el actual primer ministro, pero no construye automáticamente una alternativa común. Rechazar un liderazgo es más sencillo que acordar quién lo sustituirá, qué programa compartirá la coalición y qué concesiones aceptará cada socio para mantenerla en pie.
Liberman añade otra complicación: se ha negado a negociar con Eisenkot o con Bennett. Así que incluso el bloque que busca cerrar el paso a Netanyahu tiene tensiones internas capaces de bloquear conversaciones antes de que empiecen en serio. La oposición no funciona como un partido único con una disciplina común; es un conjunto de fuerzas que coinciden en algunas objeciones, pero no necesariamente en la fórmula para gobernar.
Un veto puede servir para impedir una coalición; no sirve, por sí solo, para crear otra. Este es el punto débil de la estrategia opositora. Si cada dirigente preserva intactas sus condiciones, el bloque puede terminar demostrando que Netanyahu no tiene mayoría sin demostrar que Eisenkot sí puede reunirla. Una situación cómoda para quien ya ocupa el despacho de primer ministro, aunque su coalición haya perdido 14 escaños frente a la anterior.
Herzog deberá evaluar qué candidato tiene más posibilidades de reunir apoyos, no simplemente quién encabeza el bloque más numeroso en la oposición. Si Eisenkot fracasa, Netanyahu podría recibir una oportunidad posterior. Ese segundo turno no sería una formalidad: abriría otra ronda de presión sobre los partidos y pondría a prueba si sus rechazos son absolutos o si, llegado el momento, pueden ser negociados.
Las salidas existen, pero todas cobran un precio
Una alternativa sería un gobierno minoritario que dependiera del apoyo de los partidos árabes. No haría falta que todos ellos entraran formalmente en la coalición para que sus votos fueran decisivos en determinadas votaciones, aunque esa dependencia tendría que sostenerse en acuerdos concretos. Si los dirigentes opositores ya rechazan la cooperación, el obstáculo está a la vista. Y si aceptan algún tipo de respaldo, tendrían que explicar a sus propias bases por qué esa fórmula sí es admisible cuando antes parecía descartada.
Otra posibilidad pasa por una realineación con partidos haredíes. Sobre el papel, mover a esos grupos entre bloques podría cambiar el balance de escaños. Pero las disputas persistentes sobre las exenciones del servicio militar obligatorio hacen que esa opción venga con su propio paquete de condiciones. No basta con sumar escaños y anunciar un acuerdo: las diferencias sobre conscripción podrían convertir la negociación en una pelea inmediata por el contenido mismo del pacto.
También se ha planteado una coalición de unidad, incluso con una rotación en el puesto de primer ministro. Eisenkot ya rechazó anteriormente una fórmula de ese tipo. Eso no impide que la propuesta reaparezca cuando el resto de las rutas se estreche, pero sí muestra por qué no conviene tratarla como una salida ya disponible. Para que funcione, alguien tendría que ceder en una posición que defendió públicamente, y la otra parte tendría que confiar en que el compromiso se cumplirá.
Cada solución exige abandonar una de las líneas rojas que llevó al país hasta este atasco. Cooperar con partidos árabes, negociar con dirigentes vetados, aceptar concesiones sobre la conscripción o compartir el poder mediante una rotación: ninguna opción es gratis. Esa es la diferencia entre tener varias salidas teóricas y disponer de una alternativa políticamente viable.
Las negociaciones pueden producir acuerdos parciales, pero una mayoría frágil no es necesariamente mejor que un periodo prolongado de interinidad. Los partidos tendrían que decidir si aceptan una coalición incómoda y potencialmente inestable o si prefieren conservar sus posiciones y volver a las urnas. Con el recuerdo de una caída de 68 a 54 escaños para el bloque de Netanyahu, ningún actor puede dar por hecho que una nueva elección le será favorable. Aun así, el cálculo electoral puede resultar menos costoso que firmar un pacto que contradiga promesas centrales.
La participación récord no arregló el bloqueo
La participación alcanzó el 77,7 por ciento, la cifra más alta en dos décadas. En cada control horario superó la participación registrada en cualquier elección celebrada desde 2006. No es un detalle decorativo: muestra una movilización intensa y da a los partidos un mandato electoral fuerte para defender sus posiciones. Pero una participación elevada no transforma por arte de magia un Parlamento fragmentado en una mayoría funcional.
La paradoja es casi cruel. Mucha gente acudió a votar y el resultado dejó menos margen para formar gobierno. El dato desmonta una explicación fácil según la cual la parálisis se debe a la apatía ciudadana. Los votantes participaron; los partidos obtuvieron escaños; ahora son sus dirigentes quienes deben decidir si negocian con actores que hasta ayer declaraban inaceptables. El país no dejó de expresarse. Lo que falta es una fórmula parlamentaria capaz de traducir ese voto en un gabinete.
La elección también rebaja la posibilidad de presentar el resultado como una victoria incontestable de un solo bloque. Netanyahu conserva el partido más grande, pero su coalición queda muy lejos de los 68 escaños que controlaba. Eisenkot dispone de una vía potencial hacia 66, pero depende de un apoyo que importantes figuras opositoras descartan. Los partidos árabes tienen 18 escaños decisivos, aunque no necesariamente una invitación a negociar. Cada sector puede señalar un dato favorable; ninguno puede ignorar los obstáculos.
El escenario más probable a corto plazo es la parálisis, no un acuerdo relámpago. Netanyahu puede seguir como primer ministro interino mientras Herzog inicia consultas una vez certificados los resultados el 4 de noviembre. Eisenkot podría recibir primero el mandato, fracasar y dejar paso a otro intento. Si las posiciones no cambian, una nueva elección a comienzos de 2027 aparece como el escenario principal.
La salida depende de que al menos uno de los grandes bloques afloje una de sus condiciones: el rechazo a cooperar con los partidos árabes, el desacuerdo sobre las exenciones militares o la negativa a colaborar con Netanyahu. De momento, todos parecen preferir conservar sus vetos antes que pagar el coste de un compromiso. La pregunta ya no es quién ganó la noche electoral. Es quién será el primero en admitir que, con estas cifras, nadie puede gobernar sin ceder.
