El domingo, Estados Unidos retiró de urgencia doce bombarderos B-1 Lancer de RAF Fairford, en el suroeste de Inglaterra, después de que Donald Trump mencionara una amenaza iraní. La hipótesis recogida por The New York Times fue la de un posible ataque localizado con drones, parecido a la operación ucraniana «Spider Web», que el año pasado golpeó aviones estratégicos rusos en tierra.
La salida no deja a Washington sin capacidad para atacar Irán, pero sí le quita una plataforma adelantada que acortaba distancias y facilitaba sostener las operaciones. También plantea una pregunta para el Pentágono: cuánto vale un bombardero de largo alcance si no puede protegerse la base donde está estacionado.
Doce aviones fuera, más distancia para recorrer
Fairford ha servido como punto de partida para bombarderos estadounidenses desde el inicio de la operación Epic Fury, en febrero. Desde allí, la ruta hasta Irán ronda las 3.000 millas. La distancia es menor que desde bases en Estados Unidos, lo que reduce las horas de vuelo y el desgaste de las aeronaves. También facilita regresar, rearmar, revisar los aviones y volver a salir, algo relevante para sostener una campaña aérea.
El impacto inmediato de la retirada podría ser limitado. Stacie Pettyjohn, del Center for a New American Security, señaló que Estados Unidos no está realizando muchas misiones contra Irán en este momento. Pero la situación puede cambiar: Donald Trump estaría considerando reactivar ataques de mayor escala, y cualquier plan para ese escenario deberá contemplar una ruta más larga u otra base de operaciones.
Los B-1 pueden seguir llegando al teatro de operaciones desde bases en el territorio continental estadounidense. La cuestión es cuántas salidas pueden generar y durante cuánto tiempo antes de que la distancia empiece a pasar factura. Timothy Walton, del Hudson Institute, apuntó que el traslado permite realizar trabajos de mantenimiento más extensos en las aeronaves, pero reduce la capacidad potencial de sostener ataques. Douglas Barrie, del International Institute for Strategic Studies, añadió que aumentan el tiempo de tránsito y la demanda de aviones cisterna.
La retirada no cancela una capacidad, pero limita su flexibilidad y exige más planificación y recursos para llevar los aviones hasta sus objetivos. Joshua VerGow, del Atlantic Council, advirtió que perder la comodidad de Fairford puede afectar tanto al ritmo de las salidas como a la eficiencia con que se emplean los bombarderos. En una escalada, esa diferencia podría pesar más que ahora.
El mapa de bases se ha encogido
Sobre el papel, Estados Unidos conserva una red amplia de bases, aliados, logística e intercambio de inteligencia. VerGow considera que ese ecosistema permite reubicar fuerzas sin dejarlas fuera de juego. Sin embargo, las opciones concretas para los B-1 son menos amplias de lo que parecían hace un año. Tener una base disponible no equivale a contar con permiso para lanzar ataques desde ella: la política local también condiciona las operaciones.
Walton señaló que Fairford cuenta con infraestructura específica para recibir bombarderos estadounidenses. En cambio, gobiernos de la Europa continental no han autorizado operaciones desde instalaciones más próximas a la región, como Incirlik, en Turquía, o Morón, en España. La posición de esos países frente a los ataques contra Irán ha generado tensiones con Trump. Incluso en el Reino Unido, donde está Fairford, el uso de la base ya era controvertido: el Gobierno británico limitó las misiones a operaciones «defensivas».
Al Udeid, en Qatar, acogió operaciones de bombarderos estadounidenses antes del conflicto actual. Ahora, según Pettyjohn, no es una opción por la extrema vulnerabilidad de las bases del Golfo ante drones y misiles iraníes. La proximidad que hace atractiva una instalación también puede convertirse en un riesgo si el adversario dispone de medios para alcanzarla.
Diego Garcia, territorio británico en el océano Índico, es otra posibilidad. La base conjunta estadounidense y británica puede apoyar operaciones de B-1, aunque se encuentra a unas 3.000 millas al sureste de Irán. Despegar desde Estados Unidos supondría un reto logístico mayor. Mick Mulroy, exsubsecretario adjunto de Defensa para Oriente Medio, sostuvo que Washington aún tendría opciones de ataque, entre ellas la llegada prevista para el mes siguiente del grupo de combate del portaaviones USS Theodore Roosevelt y de otras fuerzas estadounidenses.
La libertad de acción depende tanto de los aliados como del alcance de los aviones. Cuando varios gobiernos ponen límites, disminuye el número de bases útiles.
El problema no se resuelve con más distancia
Los drones plantean una amenaza particular para las aeronaves estacionadas. Un B-1 es caro, complejo y escaso; un dron puede ser barato y difícil de detectar a tiempo. La operación ucraniana «Spider Web», citada como posible modelo de ataque, mostró cómo aparatos no tripulados pueden alcanzar aviones estratégicos en tierra. Un bombardero puede ser dañado antes de despegar, sin necesidad de enfrentarlo en el aire.
Las incursiones de drones reportadas en instalaciones británicas, incluida RAF Lakenheath, han aumentado la preocupación por la dificultad de detener algunos vuelos no identificados. Pettyjohn lo expresó sin rodeos: «ningún lugar ofrece santuario». Durante años, una respuesta habitual ante una amenaza fue alejar los activos más valiosos. Pero la distancia ya no garantiza su seguridad y, a la vez, puede ralentizar la respuesta propia.
El debate, por tanto, no debería limitarse a trasladar los aviones a otro punto del mapa. Las bases necesitan una combinación de defensas activas y pasivas: medios para detectar y neutralizar drones, medidas que dificulten identificar o atacar las aeronaves, protocolos de dispersión y capacidad para reanudar las operaciones después de un golpe. No se especifica qué sistemas concretos faltan en Fairford, por lo que no cabe plantear una solución única. La vulnerabilidad de los aviones estacionados, en cambio, es evidente.
Walton pidió acelerar las iniciativas de defensa de bases y puso como ejemplo los refugios ambientales que se construyen en Ellsworth, Dakota del Sur, sede de los B-1 y futura base inicial del B-21 Raider. Esos refugios protegen las aeronaves del clima y la exposición ambiental, pero, según Walton, ofrecen poca protección frente a un ataque. La protección contra las inclemencias no equivale a una defensa contra drones. Si los B-21 llegan a Ellsworth sin medidas adecuadas, podrían quedar expuestos a esa amenaza pese a la inversión en refugios.
Blindar bases cuesta; no hacerlo también
La crítica de Walton apunta a una prioridad mal calibrada: invertir en instalaciones que conservan los aviones, pero no necesariamente los protegen de un ataque. Calificó esa decisión de ahorro miope con un coste potencialmente enorme. El B-21 está destinado a ser un recurso de alto valor, y su vulnerabilidad en tierra puede depender de dónde y bajo qué protección se estacione.
La defensa de una base tampoco se resuelve con la compra de un sistema antidrón. Requiere detectar la amenaza, decidir quién puede actuar, coordinarse con las autoridades civiles y disponer de medios adecuados para neutralizarla. Según la información disponible, el Pentágono y las ramas militares tratan de ampliar las competencias burocráticas para emplear defensas, mejorar la coordinación con agencias federales e introducir nuevas tecnologías contra drones en instalaciones militares. Que esos esfuerzos estén en marcha no significa que las bases ya estén protegidas.
La respuesta también tiene una dimensión operativa. Dispersar aeronaves, moverlas con rapidez y mantener más de una ubicación utilizable puede reducir los daños de un ataque. Pero la dispersión requiere logística; mover aviones consume tiempo y apoyo; operar desde una base alternativa exige permisos, infraestructura y personal. No cualquier pista puede sustituir a Fairford. Para que haya redundancia, las alternativas deben estar disponibles en la práctica, no solo en una lista.
VerGow ofreció una lectura menos sombría del episodio. A su juicio, la rápida reubicación demuestra que hubo alertas de inteligencia, análisis del riesgo en varios niveles de mando y capacidad para preservar los aviones. Retirar los bombarderos antes de que sufran daños es preferible a mantenerlos expuestos. Pero que el procedimiento haya funcionado esta vez no demuestra que las defensas de la base sean suficientes. La evacuación preservó el poder de combate, aunque no eliminó la vulnerabilidad que la provocó.
Una retirada que también cuenta como éxito
La salida de los doce B-1 puede leerse como una pérdida de eficiencia: los aviones quedan más lejos de Irán y necesitan más tiempo, combustible y apoyo para operar. También puede verse como una señal de que el sistema de mando detectó una amenaza y actuó antes de poner en riesgo una fuerza valiosa. Ambas interpretaciones pueden ser ciertas. La evaluación dependerá de cuánto dure la retirada y de si surgen alternativas viables.
Walton cree que los bombarderos podrían volver a Fairford. Mientras tanto, los planificadores probablemente estudian otras opciones, aunque algunas tienen límites políticos o militares. Incirlik y Morón no cuentan con autorización para ese uso; Al Udeid sería demasiado vulnerable; Diego Garcia puede apoyar a los B-1, pero la distancia reduce parte de la ventaja. Los vuelos desde Estados Unidos siguen siendo posibles, aunque imponen mayores exigencias a las tripulaciones y a los aviones cisterna.
La llegada del USS Theodore Roosevelt y de otras fuerzas a la región podría ampliar las opciones del presidente para escalar, como señaló Mulroy. Un portaaviones aporta una plataforma distinta, pero no vuelve irrelevante la pérdida de una base adelantada ni sustituye automáticamente la combinación de alcance, carga útil y ritmo de los bombarderos. Cada recurso resuelve algunos problemas y deja otros pendientes.
La capacidad de atacar depende de una cadena que incluye autorizaciones diplomáticas, combustible, aviones cisterna, mantenimiento, inteligencia y protección en tierra. Si una base se vuelve demasiado arriesgada, los aviones pueden moverse, pero eso exige asumir el coste de la distancia y reorganizar el calendario. Sin mejoras en las defensas, seguirá existiendo el riesgo de que una amenaza llegue antes de que los bombarderos puedan ser trasladados.
