A finales de mayo, militares vinculados al Gobierno de Unidad Nacional (GNU), asentado en Trípoli, y al Ejército Nacional Libio (LNA), bajo el mando de Jalifa Haftar en el este, participaron juntos en maniobras en Turquía. Fue la primera vez desde el inicio de la guerra civil posterior a 2011 que efectivos de ambos bandos entrenaban bajo una misma bandera libia. Ankara, que en 2019 intervino para salvar al gobierno de Trípoli, busca ahora relacionarse con los dos centros de poder.
De intervenir a repartir las cartas
La apuesta turca no consiste en fingir que la división libia ha desaparecido, sino en convertirla en una oportunidad diplomática. Durante años, Ankara fue el principal respaldo militar del gobierno reconocido por Naciones Unidas en el oeste. Ahora cultiva vínculos con Haftar y sus mandos en el este, sin abandonar a sus socios de Trípoli. Turquía procura que cualquiera que gobierne necesite tratar con ella.
El cambio tiene una historia concreta. En 2019, cuando Haftar lanzó una ofensiva contra Trípoli, Turquía aportó asesores, inteligencia, drones y otros recursos de defensa al entonces Gobierno de Acuerdo Nacional. Su intervención frenó el avance del LNA y alteró el curso de la guerra. Después llegaron acuerdos de defensa y el memorando marítimo firmado ese mismo año con las autoridades de Trípoli. El apoyo de emergencia se convirtió en una presencia militar sostenida.
Ahora Ankara amplía sus contactos. Turquía reabrió su consulado en Bengasi en 2024 y, en 2025, hubo reuniones de alto nivel entre responsables militares turcos y Haftar. Ese mismo año, buques turcos hicieron escala en Trípoli y Bengasi y mantuvieron consultas con autoridades de ambas partes, incluido Saddam Haftar, subcomandante del LNA. También se han reportado conversaciones sobre ejercicios navales, formación, asesoría y una posible transferencia de drones Bayraktar TB2.
Las maniobras compartidas son una señal política, no una prueba de que las fuerzas rivales hayan resuelto sus disputas sobre el mando, los recursos o el control del territorio. Aun así, dan a Ankara margen para influir en futuras negociaciones. Si la fórmula de “un país, un ejército” no se concreta, Turquía habrá reforzado sus contactos con ambos bandos.
La costa libia vale más que una foto de maniobras
La presencia turca en Libia no se explica solo por la guerra civil. El país ocupa una posición estratégica entre el Mediterráneo, el norte de África y el Sahel, y cuenta con algunas de las mayores reservas probadas de petróleo y gas de África. Para Ankara, mantener acceso a puertos, aeródromos y socios políticos libios supone operar en una zona clave para la seguridad energética europea y la competencia por las rutas marítimas.
La pieza más discutida de esa estrategia es el memorando marítimo de 2019, que delimitó una zona económica exclusiva entre Turquía y el gobierno de Trípoli. El trazado atraviesa aguas que también reclaman Grecia, Chipre y Egipto. Ankara lo considera una base jurídica para defender sus intereses en el Mediterráneo oriental; sus vecinos lo ven como un intento de ignorar sus derechos marítimos. La disputa afecta al acceso a posibles yacimientos, a la capacidad de exploración y al desarrollo de proyectos energéticos.
El Servicio Geológico de Estados Unidos ha estimado que el Mediterráneo oriental podría albergar unos 107.000 millones de barriles de petróleo no descubiertos y 122 billones de pies cúbicos de gas. Son cifras potenciales, no reservas listas para extraer, pero ayudan a explicar la fricción en torno a las fronteras marítimas. La geología despierta expectativas; los acuerdos y la presencia naval influyen en quién puede convertirlas en contratos.
El acercamiento al LNA podría perseguir objetivos que exceden la reconciliación libia. Si las autoridades del este respaldaran o ratificaran el memorando de 2019, Ankara podría presentarlo como algo más amplio que un pacto con un solo gobierno. Eso no borraría las objeciones de Grecia, Chipre o Egipto ni garantizaría el reconocimiento internacional, pero complicaría la disputa política. Turquía busca que su posición marítima sobreviva a los cambios de gobierno en Libia.
Una potencia externa que ya tiene bases y activos
La influencia turca no se sostiene únicamente con visitas diplomáticas. Ankara mantiene una presencia en el puerto de Misrata y ha ampliado operaciones desde la base aérea de Al-Watiya, recuperada por fuerzas alineadas con Trípoli. En Libia ha desplegado drones Bayraktar TB2 y sistemas de defensa aérea, además de proporcionar formación, apoyo logístico y asistencia técnica. Estos recursos convierten a Turquía en un actor integrado en la arquitectura de seguridad local.
Las dos facciones libias dependen de apoyos externos, aunque de redes distintas. El GNU controla buena parte del oeste y cuenta con respaldo político y militar europeo; el LNA domina el este y extensas zonas del interior, y ha recibido apoyo de Egipto, Rusia y Emiratos Árabes Unidos. Ninguno ha logrado imponerse de forma decisiva. En ese equilibrio, mantener contacto con ambos mandos ofrece acceso a información y canales de negociación, además de capacidad para condicionar la cooperación militar.
Turquía también busca reforzar su posición dentro de la OTAN. Una presencia estable en el flanco sur de la Alianza le da relevancia en debates sobre terrorismo, migración y competencia entre potencias. Eso no significa que Ankara actúe siempre en sintonía con sus aliados: sus acuerdos marítimos y sus roces con Grecia y Chipre lo muestran. La pertenencia a la OTAN ofrece una plataforma, pero no convierte automáticamente los intereses turcos en intereses compartidos.
Para Europa, el cálculo es complejo. La estabilidad libia afecta a los flujos migratorios, la producción energética y la seguridad del Mediterráneo central. Una mayor influencia turca puede ayudar a contener choques entre facciones, pero también afianzar un sistema dividido en el que cada actor externo protege a sus socios. La mediación dependerá de que los patrocinadores externos prefieran negociar antes que volver a apostar por una victoria militar.
Libia encaja en una red que llega al océano Índico
Ankara no trata el caso libio como una apuesta aislada. Su estrategia africana combina acuerdos de seguridad con inversiones, infraestructura y acceso a puertos. Turquía ha priorizado vínculos con Libia, Somalia y Sudán, países que le ofrecen posiciones junto al Mediterráneo, el mar Rojo y el océano Índico. No se trata de una cadena de bases idénticas ni de un plan perfectamente coordinado, sino de una forma de ganar presencia cerca de corredores comerciales importantes.
El ejemplo más visible fuera de Libia es la base TURKSOM, inaugurada en Mogadiscio en 2017. Es la mayor instalación militar turca en el extranjero; según los datos citados en la fuente, alberga a más de 1.000 efectivos y puede formar a más de 10.000 soldados somalíes. La cooperación incluye logística y asistencia operativa, y ha convertido a Turquía en un socio de seguridad central para el gobierno somalí. En Libia la fórmula es distinta, pero también se apoya en la formación y el apoyo militar para establecer vínculos duraderos.
La oferta turca intenta distinguirse de la de Rusia y China. Ankara se presenta como un socio flexible, capaz de responder rápido a gobiernos que enfrentan insurgencias, grupos yihadistas o movimientos separatistas, y acompaña esa estrategia con intereses comerciales. Ha respaldado la Iniciativa Atlántica de Marruecos, que busca facilitar el acceso al océano para países del Sahel sin litoral, y ha participado en proyectos portuarios e infraestructura en Tanzania y Senegal. También suministró un remolcador moderno a Kenia.
La combinación de seguridad y comercio puede permitir a los gobiernos anfitriones recibir entrenamiento, equipos o inversiones sin depender de un único patrocinador. También amplía la influencia de Ankara sobre activos estratégicos y crea relaciones difíciles de desmontar. En Libia, donde las instituciones nacionales siguen fragmentadas, esa dependencia puede reforzar a quienes controlan cada zona en lugar de reconstruir un mando común. La expansión turca ofrece opciones, pero no garantiza neutralidad ni una solución política.
¿Corredor hacia la estabilidad o nueva fuente de presión?
Las maniobras conjuntas y los contactos con Haftar ofrecen a Turquía la oportunidad de presentarse como intermediario entre rivales a los que antes respaldaba de forma desigual. Si consigue sostener el diálogo y contribuir a acuerdos verificables sobre formación, seguridad portuaria o coordinación militar, podría reducir el riesgo de que un incidente local desate otra escalada. Ese resultado interesaría a Libia y a los países europeos que dependen de un Mediterráneo menos volátil.
Ankara, sin embargo, no participa como árbitro imparcial. Tiene fuerzas sobre el terreno, acuerdos marítimos que quiere proteger y competidores a los que pretende contener. Grecia, Chipre, Egipto, Emiratos y Rusia observan el avance turco desde posiciones distintas, pero todos tienen intereses en el tablero libio. Si Turquía amplía la cooperación con el LNA mientras mantiene su alianza con Trípoli, otros patrocinadores podrían reforzar sus propios vínculos y aumentar la competencia.
También hay dudas sobre cuánto puede durar el acercamiento. El LNA podría considerar útil ratificar el acuerdo marítimo con Turquía, pero esa decisión tendría costes regionales y no resolvería por sí sola las disputas de soberanía. Entrenar juntos tampoco significa que los mandos rivales acepten quedar subordinados a una autoridad nacional única. La unidad militar exige repartir poder y recursos, asuntos que siguen pendientes.
El giro turco merece atención, pero no equivale a un éxito asegurado. Ankara ha pasado de respaldar al gobierno de Trípoli en una guerra concreta a construir una relación de largo plazo con los dos polos libios, enlazando seguridad, acceso marítimo y oportunidades energéticas. Puede ganar influencia aunque Libia siga dividida; queda por ver si esa influencia contribuye a reducir la fractura o consolida el papel de los actores que se benefician de ella.
