El 12 y 13 de septiembre, en Nueva Delhi, los líderes de los BRICS+ aprobaron por unanimidad una declaración de 140 párrafos. La cifra suena contundente; el contenido, bastante menos. India consiguió cerrar la cumbre con un texto común después del atasco diplomático de mayo, pero lo hizo con una negociación de mínimos: fórmulas amplias, pocas referencias directas a conflictos y espacio suficiente para que cada gobierno conserve su propia versión de lo acordado.
Una firma unánime no significa una estrategia común
El desacuerdo de mayo había dejado una señal incómoda. En la reunión de ministros de Asuntos Exteriores celebrada en India, los integrantes del bloque no consiguieron consensuar una declaración conjunta sobre la situación en Asia Occidental y Oriente Medio. El documento acabó publicándose como declaración de la presidencia india, no como posición compartida. Para un grupo que pretende hablar en nombre del Sur Global, la diferencia no era precisamente cosmética.
La cumbre de septiembre debía recomponer esa grieta. India, anfitriona y con intereses propios en la región, quería acercar a los miembros enfrentados. Lo consiguió en el sentido más limitado: todos firmaron el mismo texto. El consenso se construyó reduciendo el nivel de compromiso hasta que ninguno tuviera que ceder demasiado.
La declaración habla de reformar la gobernanza global, rechaza los actos unilaterales de guerra y pide una representación geográfica más equitativa en la Secretaría General de Naciones Unidas. También señala que ninguna mujer ha ocupado el cargo de secretario general de la ONU y reivindica el peso político del Sur Global. Son demandas reconocibles, pero no comprometen recursos ni resuelven disputas entre socios.
La declaración de Nueva Delhi, identificada como la XVIII Cumbre de los BRICS+, funciona así como un instrumento diplomático de contención. Evita una ruptura pública y permite a India mostrar capacidad de convocatoria. Confundir esa destreza negociadora con unidad estratégica sería un error: firmar el mismo papel es más sencillo cuando el texto evita nombrar al responsable.
Once países, muchas agendas y una frontera difícil de trazar
El grupo original —China, India, Rusia, Brasil y Sudáfrica— incorporó en los últimos dos años a Egipto, Etiopía, Irán, Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos e Indonesia. Con once miembros, los BRICS+ han ampliado su alcance geográfico y diplomático con una rapidez que el G7, cerrado durante décadas, no ha igualado. La expansión impresiona en una fotografía de familia; en una reunión sobre seguridad, también multiplica las líneas de fricción.
China e India mantienen una rivalidad que no se resuelve con consignas sobre cooperación. Sus intereses estratégicos, sus disputas fronterizas y su competencia por influencia regional condicionan cualquier pretensión de liderazgo compartido. Irán y Emiratos Árabes Unidos, por su parte, mantienen relaciones rotas. Poner a ambos bajo el mismo paraguas no elimina el desacuerdo: obliga a decidir cuánto puede decir ese paraguas sin que alguien se levante de la mesa.
La cooperación en defensa exige más que una lista de miembros: necesita evaluaciones de amenazas compatibles, canales de consulta eficaces y disposición a asumir costes cuando la situación se complica. El material disponible no muestra que los BRICS+ hayan alcanzado ese grado de integración. Su crecimiento institucional y su expansión diplomática son visibles; una postura de seguridad compartida, no.
La ausencia de Xi Jinping en la cena de clausura organizada por el primer ministro indio recibió atención, pero no basta para probar una fractura. Hay señales más sustantivas: las diferencias entre Pekín y Nueva Delhi, los intereses divergentes en Oriente Medio y la prudencia del texto común ante las guerras. La cumbre demuestra que los miembros pueden convivir en una sala; todavía no, que puedan actuar como un solo bloque fuera de ella.
Once gobiernos amplían la masa política del grupo, pero también elevan el coste de encontrar una posición común. Eso no condena a los BRICS+ a la irrelevancia; sí limita la idea de que la expansión, por sí misma, produce poder coordinado.
La guerra aparece en el texto; los responsables, no
La declaración pide “la máxima moderación” en relación con la guerra en Oriente Medio y condena los ataques contra infraestructuras civiles e instalaciones nucleares pacíficas. Reitera el apoyo a una solución de dos Estados para Israel y Palestina y rechaza el desplazamiento forzado de los palestinos. Todo ello queda encuadrado en resoluciones de Naciones Unidas ya existentes, sin atribuir responsabilidades directas a las partes implicadas.
La fórmula permite conservar una posición de principio sobre la protección de civiles y el marco de dos Estados, pero evita que los miembros respalden una acusación concreta. En un grupo con relaciones y prioridades distintas en la región, esa cautela probablemente ayudó a conseguir la unanimidad. El texto ofrece pocas pistas, sin embargo, sobre qué harían los BRICS+ si la escalada exigiera algo más que una declaración de preocupación.
La omisión más llamativa está en otro frente: Ucrania. La declaración no menciona la guerra de Rusia, a diferencia de algunas comunicaciones anteriores del grupo, que al menos aludían a posibles esfuerzos de mediación. Rusia forma parte del bloque y es una de sus principales potencias militares. Una condena explícita habría creado un problema interno; una propuesta de mediación habría obligado a mostrar qué margen real existe para influir en Moscú.
El documento opta por no abrir esa puerta. Desde el punto de vista de la cohesión, la maniobra es comprensible. Desde el de la seguridad internacional, deja una pregunta sin respuesta: ¿puede un bloque presentarse como actor diplomático relevante si evita pronunciarse sobre una guerra que involucra a uno de sus miembros? La cumbre prefirió conservar la posibilidad de hablar antes que asumir el riesgo de romper la mesa.
En defensa, las palabras importan más cuando se traducen en decisiones: respaldar una mediación, presionar a un socio, coordinar la protección de instalaciones civiles o contener una escalada. La declaración fija principios generales y esquiva ese terreno operativo. No demuestra que los BRICS+ carezcan de influencia, pero sí que, por ahora, sus miembros no están dispuestos a convertirla en una postura común cuando el coste político puede ser alto.
La escala económica impresiona; la cohesión sigue pendiente
Las cifras ayudan a entender por qué los BRICS+ atraen atención. El grupo representa alrededor del 50 % de la población mundial, el 30 % del PIB nominal global y el 27 % de la superficie terrestre. El G7, integrado por Estados Unidos, Alemania, Japón, Reino Unido, Francia, Italia y Canadá, concentra cerca del 10 % de la población, el 45 % del PIB nominal y el 15 % de las tierras emergidas.
La comparación no arroja un vencedor sencillo. Los BRICS+ tienen más población y territorio; el G7 conserva una participación mayor en el PIB nominal total. El crecimiento del PIB atribuido a los primeros es del 4,2 %, frente al 1,7 % del G7, pero ese ritmo no equivale automáticamente a capacidad para fijar reglas, movilizar financiación o sostener una respuesta de seguridad. El tamaño importa; la coordinación también.
La composición económica del grupo es potente y variada. Brasil cuenta con peso en biodiversidad, mineral de hierro, etanol y producción de alimentos. Rusia dispone de grandes recursos de petróleo y gas, además de una industria de armamentos relevante. China e India sostienen buena parte de la proyección tecnológica, industrial y de servicios atribuida al bloque desde sus primeros años. En conjunto, hay recursos para comerciar, financiar proyectos y aumentar la autonomía frente a instituciones dominadas por Occidente.
Pero la potencia material no se convierte sin más en influencia política. El G7 mantiene una estructura más compacta y una afinidad institucional que facilita acordar posiciones, aunque sus miembros tampoco estén libres de desacuerdos. En los BRICS+, la unidad de poder está fragmentada y los gobiernos persiguen objetivos que no siempre encajan. El crecimiento de China e India eleva el peso agregado del grupo, pero agrava la pregunta de quién define sus prioridades.
Un bloque puede ser enorme en población y recursos y seguir siendo difícil de emplear como herramienta estratégica. Para competir con el G7 no basta con superar a Occidente en una categoría estadística: hacen falta acuerdos que resistan una crisis y mecanismos capaces de convertir una decisión política en acción sostenida.
Banco, monedas y tecnología: influencia por otras vías
La declaración de Nueva Delhi dedica espacio a la arquitectura económica. Los líderes defendieron ampliar el uso de monedas locales en financiación y comercio, reforzar el Nuevo Banco de Desarrollo y reformar la Organización Mundial del Comercio. También respaldaron un sistema comercial multilateral que describen como abierto, equitativo, transparente y basado en normas, con la OMC en el centro. No es un programa de defensa, pero sí una apuesta por reducir dependencias con consecuencias estratégicas.
El Nuevo Banco de Desarrollo ofrece a sus miembros una vía adicional para financiar proyectos, sin depender exclusivamente de instituciones como el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional. Aún no equivale a reemplazarlas. Su efecto potencial es más gradual: diversificar fuentes de crédito, ampliar la capacidad de negociación de los países miembros y respaldar inversiones en infraestructuras que sostienen el comercio, la energía y la conectividad.
Promover monedas locales puede reducir algunos costes y vulnerabilidades, pero no crea de inmediato un sistema financiero común ni desplaza por decreto a las monedas dominantes. Para que la iniciativa tenga recorrido hacen falta confianza, liquidez y reglas previsibles entre economías que gestionan sus políticas de maneras muy distintas.
La inteligencia artificial aparece como una oportunidad para impulsar el crecimiento y el desarrollo sostenible. Es una formulación amplia, pero toca un asunto que ya afecta a la seguridad nacional: quién controla los datos, las infraestructuras digitales, la capacidad de cómputo y las aplicaciones con usos civiles y militares. La declaración no detalla cómo coordinarían los miembros esos ámbitos ni qué límites aceptarían. La mención señala interés, pero no constituye todavía una política tecnológica compartida.
Los BRICS+ han ampliado el grupo, creado una institución financiera y se han presentado como voz del Sur Global. La cumbre también dejó a la vista el techo actual: ante conflictos delicados, el bloque recurre a formulaciones que todos puedan tolerar, aunque no resuelvan las diferencias. Hay poder económico y diplomático en construcción; una capacidad unificada para imponer o sostener un orden global, todavía no.
