¿Worms y microbios solucionando la contaminación por estiércol? No es broma

Anthony Agueda lleva la cuarta generación en la dura California agrícola. En 2024, en su establo en Hickman, raza Holstein suelta estiércol como si no hubiera un mañana. Su familia decidió probar un invento chileno con nombre muy cliché: vermifiltración. ¿Qué hace? Usa lombrices rojas y microbios para digerir la porquería y evitar que el metano, óxido nitroso y el agua infestada de residuos agrícolas acaben en el medio ambiente. La mezcla se apoya en maderas picadas y piedras para componer un biofiltro natural que cubre lo que vendrían a ser seis campos de fútbol. En EEUU ya operan ocho sistemas, 16 en construcción —la mayoría en California—. Es un paso curioso, considerando lo poco glamoroso del tema.

Este método, aunque low tech en apariencia, se presenta como una alternativa más barata y sencilla frente a los digestores anaeróbicos tradicionales, que son caros y solo sirven para granjas XXL. Agueda y su familia la ven como una solución viable para ajustarse a la presión regulatoria cada vez más feroz en su estado. “California daily farmers están cansados de tanta norma, pero esto demuestra que podemos estar en la solución”, comenta entre el mugido de sus vacas.

¿Por qué preocuparse por el estiércol? La casa se está incendiando

Vale, suena hasta ridículo preocuparse de las cacas de vaca, pero ojo al dato: el estiércol maneja casi el 1.6% de las emisiones de gases de efecto invernadero de EEUU solo en ganadería lechera y porcicultora. Globalmente, contribuye con cerca del 10% de la contaminación climática generada por el sector ganadero. Las granjas se han agrandado y la cantidad de estiércol es un volcán a punto de explotar.

Lo complicado no es solo el olor infernal, sino cómo ese estiércol, almacenado en lagunas o tanques, se convierte en un caldo de cultivo para metanógenos que producen metano, un gas con 30 a 275 veces más poder de calentamiento que el CO₂. Además, sulfitan óxidos nitrosos, que son aún más potentes.

La paradoja: se usan estas lagunas para fertilizar el suelo, pero mal adminstradas pueden filtrar nitratos, patógenos y restos de medicamentos hacia aguas subterráneas y ríos. El resultado: agua contaminada con riesgos varios para humanos y ecosistemas marinos devastados por zonas muertas.

California: La revolución regulatoria no siempre es cool, pero es necesaria

Aunque la mayoría de las leyes en el mundo y EEUU enfocan la contaminación del agua, California es quien ha metido el machete con regulaciones específicas para reducir el metano bovino. En 2016 mandaron a recortar en 40% las emisiones para 2030 respecto a 2013, con programas multimillonarios para incentivarlo.

Los digestores anaeróbicos se han llevado la mayoría del dinero público y de los premios del sector, pero tienen sus problemas. Solo para grandes granjas, la instalación es carísima. Y ojo, porque aunque atrapan metano para luego quemarlo como combustible “menos malo”, no solucionan la contaminación del agua y pueden incluso empeorarla debido a la química residual.

Este negocio de los digestores es un caso clásico de “sí, se hace algo, pero…”. Los investigadores creen que este enfoque distrae recursos importantes y es difícil de escalar. California debe recortar 9 millones de toneladas de CO₂ equivalente para llegar a la meta, y sólo cubre 5 con esta tecnología. Los 4 millones restantes, ¿qué?

Alternativas emergentes: metiendo mano sin romper la cartera

Ante la camisa de fuerza de los digestores, surgen técnicas más modestas pero con potencial grande. Una de las más simples y adoptadas es la separación sólida, que consiste en exprimir el agua del estiércol con máquinas tipo prensa de tornillo. El estiércol seco se oxigena, se aleja del ambiente anaeróbico que genera metano, lo que reduce ese gas casi de inmediato.

Otros métodos incluyen acidificar las lagunas, airearlas o meter microbios que comen metano. Más curioso es Sedron Technologies, en Washington, que saca jugos para vender: fertilizante líquido, producto orgánico, y más. California apoyó nuevas vías con $18 millones para 15 proyectos de vermifiltración y otros incluidos en sus programas agrícola-alternativos, a los que la granja Alberto de Agueda ya agarró casi $2 millones.

¿Es el futuro? A ratos parece un paso modesto, pero la simplicidad y bajo costo del sistema de lombrices es un argumento fuerte frente a la burocracia y la maquinaria gigante. De ahí que muchos le estén echando un ojo con lupa.

En la granja de Agueda: ¿realmente la vermifiltración es tan mágica?

El proceso: el estiércol va de la vaca al tanque, luego pasa por tamices que separan sólidos para compostar. El resto se rocía sobre camas de madera y roca triturada donde lombrices y microbios devoran lo que queda, filtrando y aireando el agua residual. Todo esto en un sistema móvil que mueve la estructura para humedecer el biofiltro.

Anthony incluso deja que un científico, Frank Mitloehner de UC Davis, explique la ciencia; porque “yo soy agricultor, no químico”. El profesor fue escéptico al principio, dudaba que los gusanos hicieran la diferencia y sospechaba que el cambio era más químico y microbiano que lombriciento.

Sus estudios confirmaron que la vermifiltración reduce las emisiones de amoníaco casi un 90%, un avance brutal por ser uno de los mayores contaminantes del ciclo. Estudios financiados por BioFiltro hablan hasta de remover casi el 99% de contaminantes del agua. Y sin embargo, el metano sigue siendo un enigma. Algunos estudios dicen que baja mucho, pero el de Mitloehner detectó hasta un 85% más metano comparado con lagunas tradicionales. La conclusión: los resultados no son del todo uniformes, y hay que seguir investigando.

¿Qué está pasando con el metano? La ciencia no cuadra

Aquí está la trampa: los métodos para medir emisiones difieren, las tecnologías de muestreo varían y las condiciones en campo no son las mismas siempre. Con eso, resultados dispares. Además, la relación lombrices-microbios-no es tan simple.

Se cree que el biofiltro oxigena el estiércol, permitiendo que microbios “buenos” conviertan nitrógeno contaminante en gas aire (N₂), que hace que gran parte del nitrógeno nocivo disminuya. Eso es oro para el agua y la tierra.

¿Quiénes comen el metano en este ecosistema? No está claro si las lombrices tienen un rol real en la reducción o si es todo microbiano y químico. El peligro: si el sistema no se controla bien, esos microbios metanógenos pueden proliferar y aumentar emisiones. Por eso, rigor científico y datos confiables deben mejorar. Mientras tanto, usar vermifiltración es una apuesta que parece segura contra la contaminación líquida, pero con luces y sombras en el carbono gaseoso.

¿Vale la pena entonces? ¿O todo esto es solo un cuento reciclado de lombrices?

La realidad es que la mayoría de los productores quieren soluciones sencillas y efectivas, que no quemen sus bolsillos ni les compliquen la vida diaria. Una tecnología robusta, barata, que funciona, es la perita en dulce que falta en ganadería.

Aunque los digestores parecen la estrella, su costo y alcance son todo menos ideales. La vermifiltración gana terreno por economía, facilidad, y por ser más amigable con varios aspectos de la contaminación. Y eso que seguimos sin datos definitivos del impacto real sobre el metano.

En un mundo donde “tecnología” a veces significa “máquina del millón de dólares que no termina de funcionar del todo,” ver a lombrices haciendo el trabajo sucio da aires renovados. ¿Pero podemos construir el futuro climático sólo con lombrices? Ni de coña. Hay que integrar herramientas, regulaciones y mucha ciencia (esa que dé resultados sin maquillarlos). La punta de lanza puede estar en esos humildes gusanos, pero la batalla sigue. ¿Quién se anima a meter mano más allá del estiércol? ¿O seguiremos permitiendo que el problema siga pudriéndose?

Por Helguera

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