Cuando medir se convierte en obsesión: la historia no tan nueva del self-tracking
Desde 2011, quien escribe empezó con un Fitbit de esos de plástico barato que solo hacían una cosa: contar pasos. Al principio, la meta lógica fueron 6,000 pasos diarios. Rápidamente, esa cifra pareció ridículamente baja y subió hasta los 10,000, luego 15,000 y eventualmente 20,000. La típica historia del “steps guy”. Ese ímpetu por medir que empieza con buenas intenciones (sentirte mejor, salir a caminar más, pensar mejor) termina infectado por la compulsión de subir números, de buscar la mejora numérica sin fin, como un videojuego que nunca se termina.
¿Quién no ha caído en esto? Entre gadgets baratos y smartwatches sofisticados, uno puede acabar hipnotizado por el brillo de las métricas: la frecuencia cardíaca, la calidad del sueño, las calorías activas, el estrés diario, hasta “edades” cardiovasculares que no sabes bien cómo interpretar. La tentación de traducir todo a números es poderosa. Pero tras más de una década de datos personales apuntalando este ejército de métricas, lo que este auto-experimentador constató es que el océano de números no le construyó nada parecido a un “yo” más auténtico o con más significado. Al contrario, fue un camino que lo llevó a sentir que la realidad personal se desdibujaba, que el sentido se perdía detrás de un mar de cifras que solo decían cuánto aumentaban o bajaban, sin explicar por qué. Esa vida hecha data no hizo más que complicar la relación con el cuerpo, el trabajo o las personas. La revelación: «más datos no es igual a más verdad ni a mejor vida».
Desde la Ilustración, el mandato cultural ha sido casi un dogma: saber más gracias a la medición y cuantificación. Si algo no se puede medir, no puede mejorarse. Gary Wolf y Kevin Kelly, allá por 2007, sentaron las bases del movimiento “quantified self” sobre esta premisa: para dominarse a uno mismo hay que medirlo. De ahí que hoy existan cientos de apps, dispositivos y webs que ayudan a “conocerse mejor” a través de números. Pero ese sistema es trampa. La simple idea de que agregar datos representa un conocimiento real nos ciega. No solo sobreestimamos la precisión de esos datos, sino que olvidamos que medir implica simplificar brutalmente. Un número es siempre una versión empobrecida de la experiencia humana, una copia pobre de la complejidad de la vida, seleccionando para el consumo rápido y dejando fuera el contexto, los matices, la ambigüedad. Y en ese proceso, solemos adoptar esos números como verdades absolutas.
El mito de que lo medible es mejorable: la trampa del positivismo cuantificado
Parece una obviedad, y sin embargo nos aferramos a métricas como si fueran oráculos. En realidad, esas cifras nos lanzan a un juego de sustitución de valores personales por estándares externos —una externalización — que C. Thi Nguyen llama “captive value” o captura de valor. La consecuencia: se pierde el sentido profundo y se privilegia lo que puede contarse fácil, legible y popularmente.
Una experiencia representativa es la progresión tan rápida de objetivos: “quiero caminar más” se transforma en “tengo que llegar a 20,000 pasos”. El objetivo inicial, personal y sensible, queda sepultado en una meta rígida y autodestructiva. También sucede en otros ámbitos: mejorar como periodista termina siendo competir por page views; disfrutar la cocina se reduce a recitar recetas complejas con miles de ingredientes; y en la vida social, el amor y la amistad caen a meros likes y retweets.
Esto no es casualidad. La lógica de la métrica impone una narrativa específica: lo que sube es bueno, lo que baja es malo. Lo complejo, ambiguo o abierto no entra en la ecuación. Lo divertido, el aprendizaje o el bienestar, las sensaciones corporales o la espontaneidad, quedan excluidos porque no se pueden reducir a un solo dato, ni siquiera a varios. Así, la métrica redefine nuestras prioridades y distorsiona nuestra percepción: el número manda y la auténtica vida queda en pausa o deformada. ¿Y qué hacer cuando el valor inicial se reemplaza por un número? ¿Quién mide si 20,000 pasos son realmente mejores que 6,000 en salud mental? ¿O si más vistas a la noticia refieren a mayor calidad periodística? Aquí es donde la “captura de valor” se hace dañina: tu criterio se diluye en métricas que escapan a tu contexto y ética personal.
Del “6,000 pasos” al “número mágico”: la decadencia del objetivo real
¿Has oído hablar de Goodhart’s Law? “Cuando una medida se convierte en objetivo, deja de ser una buena medida.” Perfecto en teoría, inútil en la práctica si lo interpretas superficialmente. El problema no es que las métricas se corrompan por usarlas como objetivos – eso es solo un síntoma. El problema es que toda métrica es, por naturaleza, un objetivo, no una representación neutral ni objetiva.
La ilusión de que el “error” está en el usuario cuando manipula o distorsiona números esconde la dificultad real: no hay metricómetro perfecto, ni KPI infalible, ni benchmark que capture de verdad lo que somos, lo que queremos o lo que importa. La lógica cuantitativa simplifica para que el dato viaje, para que sea universalmente entendible, pero a costa de mutilar la complejidad inabarcable de la experiencia humana. Ni ética ni calidad ni verdad quedan intactas.
Así que el lema “mide y mejorarás” camina en terreno muy movedizo, con un peligro constante de alienarnos de nosotros mismos y empujarnos a perseguir artimañas numéricas que solo nos ofrecen una creencia vacía de progreso mientras el resto de la vida se desinfla. Observemos ejemplos concretos de esta lógica dominante. Un restaurante obsesionado con subir su rating en Yelp termina perdiendo el foco de cocinar bien o innovar, y centra todo en complacer algoritmos y opiniones numéricas; un estudiante que solo mira su GPA olvida aprender y explorar; un científico que compite por las subvenciones maximizando métricas tiene menos incentivos para descubrir o cuestionar verdaderamente; y un pastor que se fija solo en la tasa mensual de bautismos se vuelve un comerciante de aplausos espirituales.
La gran mentira de Goodhart y la falacia de la métrica ‘objetiva’
Estas son caras visibles de una misma enfermedad: sistemas e instituciones atrapadas en lo que Nguyen llama “captura de valor”, es decir, guiadas exclusivamente por métricas externas. La pasión, el sentido profundo, las relaciones humanas, la creatividad y los procesos genuinos quedan relegados a segundo plano. Se vive para un número, no para un propósito.
En estas situaciones el problema no está en los individuos sino en la lógica impuesta que valoriza lo cuantificable a toda costa y hunde en la desesperanza el aprendizaje, la fidelidad a valores y la autenticidad. No todo está perdido. Medir no es inherentemente dañino. Ha permitido avances científicos, médicos, sociales y tecnológicos que han salvado vidas y reducido sufrimientos. Los datos, bien usados, aportan claridad y responsabilidad. Controlar emisiones contaminantes o evaluar cumplimiento de normativas es imaginable solo gracias a métricas rigurosas. También ayudan a minimizar sesgos y digitalizan aprendizajes. Pero cuando la métrica se emplea para buscar sentido o autoestima personal, el cuento cambia.
Porque medir es simplificar. Y esa simplificación se lleva por delante la riqueza del contexto, las emociones, el pensamiento crítico y la subjetividad. Dos personas con 10,000 pasos en el cuerpo pueden tener experiencias vitales radicalmente opuestas, por decirlo suave. Objetivar al extremo nuestro bienestar, nuestro valor social o nuestra productividad solo asegura menos contacto con la realidad y más ansiedad. La paradoja es que en esta era donde “todo es datos,” más números nos hacen menos sabios sobre nosotros mismos. El reto, entonces, no es dejar de medir sino advertir sus límites, crear espacio para lo inexpresable, regalar tiempo para lo que no encaja en métricas. Tratar los números como pistas, no absolutos ni jueces.
Por qué las métricas institucionales hunden la pasión y el sentido
Escapar de la tiranía numérica es complicado, más con la cocina a tres fuegos del capitalismo digital, el trabajo en entornos corporativos hipermetrificados y la hiperconectividad que alimenta la comparación constante. Sin embargo, se puede intentar no caer en la trampa del “valor cautivo”. Reconocer que los indicadores externos son herramientas, no destinos. Inventar espacios para revisar, cuestionar, leer entre líneas. Valorarnos por lo que no se puede medir.
En tiempos donde nuestra identidad es “data subject” y la lógica de la medición permea hasta el último rincón, resistir es un acto político y filosófico. Desmontar la fascinación acrítica por las cifras no es renunciar a la precisión ni a la ciencia, sino rescatar la complejidad, la incertidumbre y la libertad de elegir qué importa más allá del dato. ¿Quién no está cansado ya de calcificar su vida en puntuaciones, KPIs, enumeraciones interminables? ¿No merecemos una aproximación más humana? Quizás la próxima gran revolución no venga de un gadget más avanzado, sino de cuestionar el fetiche de medirlo todo hasta asfixiar el alma.
En estas situaciones el problema no está en los individuos sino en la lógica impuesta que valoriza lo cuantificable a toda costa y hunde en la desesperanza el aprendizaje, la fidelidad a valores y la autenticidad.
¿Puede la medición salvarnos o nos condena a la ansiedad eterna?
No todo está perdido. Medir no es inherentemente dañino. Ha permitido avances científicos, médicos, sociales y tecnológicos que han salvado vidas y reducido sufrimientos. Los datos, bien usados, aportan claridad y responsabilidad. Controlar emisiones contaminantes o evaluar cumplimiento de normativas es imaginable solo gracias a métricas rigurosas. También ayudan a minimizar sesgos y digitalizan aprendizajes. Pero cuando la métrica se emplea para buscar sentido o autoestima personal, el cuento cambia.
Porque medir es simplificar. Y esa simplificación se lleva por delante la riqueza del contexto, las emociones, el pensamiento crítico y la subjetividad. Dos personas con 10,000 pasos en el cuerpo pueden tener experiencias vitales radicalmente opuestas, por decirlo suave. Objetivar al extremo nuestro bienestar, nuestro valor social o nuestra productividad solo asegura menos contacto con la realidad y más ansiedad.
La paradoja es que en esta era donde “todo es datos,” más números nos hacen menos sabios sobre nosotros mismos. El reto, entonces, no es dejar de medir sino advertir sus límites, crear espacio para lo inexpresable, regalar tiempo para lo que no encaja en métricas. Tratar los números como pistas, no absolutos ni jueces.
¿Deshacerse de las métricas? Ni de coña, pero hay que dejar de ser sus prisioneros
Escapar de la tiranía numérica es complicado, más con la cocina a tres fuegos del capitalismo digital, el trabajo en entornos corporativos hipermetrificados y la hiperconectividad que alimenta la comparación constante. Sin embargo, se puede intentar no caer en la trampa del “valor cautivo”. Reconocer que los indicadores externos son herramientas, no destinos. Inventar espacios para revisar, cuestionar, leer entre líneas. Valorarnos por lo que no se puede medir.
En tiempos donde nuestra identidad es “data subject” y la lógica de la medición permea hasta el último rincón, resistir es un acto político y filosófico. Desmontar la fascinación acrítica por las cifras no es renunciar a la precisión ni a la ciencia, sino rescatar la complejidad, la incertidumbre y la libertad de elegir qué importa más allá del dato.
¿Quién no está cansado ya de calcificar su vida en puntuaciones, KPIs, enumeraciones interminables? ¿No merecemos una aproximación más humana? Quizás la próxima gran revolución no venga de un gadget más avanzado, sino de cuestionar el fetiche de medirlo todo hasta asfixiar el alma.
