Cuando los hackers se pasan al AI: la cibercriminalidad en modo turbo

En enero de 2025, DeepSeek lanzó el modelo R1 de razonamiento que, sin ser un blockbuster mediático, puso en jaque la seguridad digital tal como la conocemos. ¿Por qué? Porque la AI no solo está en manos de Silicon Valley, ¡también la tienen los malos! Sí, esos mismos que te envían correos de phishing y ataques DDoS de manual, ahora cuentan con herramientas para automatizar y acelerar sus fechorías sin despeinarse.

Las IA actuales no solo ayudan a programadores humanos a escribir código más rápido o corregir bugs (esa parte que aman las startups), sino también arman a hackers para montar ataques en tiempo récord, con menos experiencia de por medio. Lo que antes requería horas, incluso días, ahora podría esquivarse con un simple script potenciado por AI.

Algunos en la meca tecnológica advierten sobre el apocalipsis: ataques completamente automáticos, sin humanos de por medio, una orquesta oscura de bots que desatan caos. Pero el grueso de los expertos en ciberseguridad no está con las manos en plan fatalismo, sino que señala un peligro más inmediato y palpable: el volumen y velocidad con la que la AI amplifica las estafas ya presentes. ¿Qué ha pasado? Que los scammers (siempre al acecho) adoptaron tecnologías deepfake para suplantar identidades reales y sacarle dinero a sus víctimas con una facilidad que mete miedo.

La capacidad de crear vídeos, audios o textos que imitan la voz y apariencia de personas con una precisión pasmosa ha cambiado las reglas del juego. Ya no necesitas ser un genio hacker para engañar a alguien, basta con una copia medianamente convincente de “tu jefe”, “tu banco” o “tu familiar” para que alguien caiga en la trampa.

Y la cosa se va a poner peor porque esto es solo la primera oleada, el “warm-up” digital. Preparémonos o generemos al menos un poco de paranoia sana, porque la AI no descansará en ayudar a los malos a inventar nuevas modalidades de fraude. ¿Esperar a que pase el desastre es una opción? Tampoco.

OpenClaw y el lío de asistir por AI sin perder la cabeza (y la privacidad)

OpenClaw, ese nombre que saltó a los titulares mundiales hace unas semanas, es la prueba palpable de que la idea de AI asistente personal puede ser un arma de doble filo. ¿Quieres un asistente personalizado capaz de meterse en tus mails, archivos y calendario para organizarte la vida como un secretario digital? Perfecto, ellos lo hacen. Y gratis para los “early adopters”.

Ahora, aquí está el problema, y vaya problema: entregar todo ese mar de datos privados a un agente digital, por muy inteligente que sea, pone los pelos de punta a los expertos en seguridad. No es solo que el asistente te pueda fallar o darte respuestas ridículas (las LLMs, grandes modelos de lenguaje, tienen una vena bipolar: a veces brillan, otras parecen sacados de un episodio de “black mirror”), sino que las consecuencias de esos fallos cuando interactúan con el mundo real (web, emails, apps) pueden ser desastrosas.

Los creadores de OpenClaw lanzaron una advertencia muy clara: “Si no sabes de tecnología, no te metas”. O lo que viene a ser, que este experimento no está diseñado para usuarios comunes aún, porque la seguridad sigue siendo un territorio minado. Pero, claro, se ha abierto el apetito por este tipo de soluciones entre consumidores y empresas. ¿La moraleja? Cualquier compañía que quiera hincar el diente en el negocio de asistentes AI tendrá que poner en marcha sistemas de protección tipo Fort Knox.

La investigación más puntera en seguridad de agentes AI apunta a crear barreras en torno a los datos del usuario, técnicas de cifrado avanzadas, vigilancia continua y supervisión humana para frenar el abuso y los deslices. Pero la realidad es que vamos a tener que lidiar con estas tecnologías mucho antes de que sean “seguras al 100%”.

¿Resultado? Recomendación para andar con pies de plomo, no soltar los datos a la ligera, y entender que el futuro próximo de los asistentes inteligentes será un juego de equilibrio entre utilidad y riesgos.

AI china de código abierto: desafío al monopolio y revolución silenciosa

Que los chinos están pisando fuerte en AI no es ninguna novedad; lo que sorprende es la estrategia con la que están azotando a la competencia. Desde que DeepSeek lanzó su R1 a principios de 2025, una ristra de empresas AI del gigante asiático ha sacado modelos de código abierto que no solo igualan el rendimiento de los pesos pesados occidentales (ChatGPT, Claude), sino que cuestan una fracción del precio.

Aquí llega la bomba: mientras en EEUU pagas para acceder y ni de coña ves el “código fuente” ni las “weights” (los valores numéricos de entrenamiento del modelo, su ADN), en China esos modelos se publican abiertamente para que cualquiera los descargue, corra, estudie y modifique.

¿Las consecuencias? Por un lado, se democratiza de verdad el acceso a capacidades AI punteras, con un ecosistema de innovación que se sale de los canales corporativos tradicionales. Por otro, cambia el mapa de poder tecnológico, porque ahora la frontera se traslada hacia dónde están esos repositorios abiertos y quién domina esos repositorios.

Para el futuro, esto podría implicar que China no solo empareje la carrera de inteligencia artificial a nivel global, sino que reconfigure qué estándares y qué tecnologías marcan la pauta. Empresas y desarrolladores de todo el mundo estarán atentos a esta fuente de modelos baratos y customizables, una auténtica caja de Pandora tecnológica con potencial para acelerar y diversificar usos, pero también para complicar el control de calidad y seguridad.

El matrimonio (no siempre feliz) entre EVs y la infraestructura africana

Los coches eléctricos (EVs) están conquistando el planeta a una velocidad que impresiona, con baterías más baratas y gobiernos que meten mano para acelerar la transición ecológica. África no es la excepción, pero aquí la realidad pone un freno enorme a la electrificación del transporte.

El principal problema: la infraestructura eléctrica. Algunas regiones ni siquiera tienen acceso confiable a la red eléctrica, y otras que sí, luchan con cortes constantes. Esto hace que tener un EV sea más una pesadilla logística que una solución sostenible, ¿qué sentido tiene comprar un coche eléctrico si no puedes cargarlo regularmente?

A pesar de todo, se ven señales de progreso tímidas pero claras. Se están desarrollando proyectos piloto para instalar estaciones de carga en ciudades y corredores críticos, y algunos países están invirtiendo en mejorar la fiabilidad de su red.

El desafío no es tanto tecnológico como estructural y político, porque desarrollar una infraestructura capacitada para los EVs requiere compromiso a largo plazo y dinero, mucho dinero. Mientras ese paso no se dé, el boom global de coches eléctricos será más un lujo para algunos enclaves urbanos africanos que una revolución generalizada.

Aquí queda la pregunta incómoda: ¿Vale la pena ser optimista? ¿O estamos ante otro ejemplo de tecnología “moderna” que llega de rebote y no termina de encajar en la realidad de muchos mercados emergentes?

Lo que nadie quiere decir sobre las redes sociales y su adicción artificial

Adam Mosseri, capo de Instagram, salió hace poco a negar que las redes sociales sean “clínicamente adictivas”. Vaya intento. Dijo que no priorizan las ganancias sobre la salud mental de los más jóvenes, algo que muchos sospechan sí ocurre dada la guerra de clicks y atención.

Pero no hay que irse muy lejos para encontrarse con la realidad que desmonta esas palabras: investigaciones filtradas y reportajes de The Guardian sugieren todo lo contrario. Meta (empresa matriz de Instagram) parece haber ido a fondo en explotarlo. ¿El resultado? Un caldo de cultivo para usuarios atrapados en scroll infinito, impulsados por algoritmos diseñados para ser insoportablemente tentadores.

No es solo un problema de “uso” sino de ingeniería emocional y psicológica: la plataforma sabe cómo manipularti para que sigas conectado, enganchado como un adicto. La negación oficial no cambia que muchas mentes jóvenes han tenido que lidiar con ansiedad y otros problemas derivados.

¿La solución? Difícil, porque estas mismas empresas nomás dejan de ser plataformas para convertirse en máquinas perfectas de monetización de atención. ¿Será que nos toca a los usuarios bajar el ritmo y aprender a poner límites, porque las compañías, desde luego, no van a priorizar algo que las haga ganar menos dinero?

La voz que no murió: AI haciendo milagros contra las enfermedades motoras

Una historia que calienta el alma llega desde Miami, donde Jules Rodriguez, diagnosticado con esclerosis lateral amiotrófica (ELA), perdió su voz en octubre de 2024 tras un tracheostomy. Parece el final del camino, pero ahí entra la AI con un giro esperanzador.

Usando software de ElevenLabs, Jules y su esposa alimentaron una herramienta entrenada con viejas grabaciones y millones de voces de medios para clonar su voz original. ¿No es flipante? No es perfecta, pero representa una mejora enorme con respecto a lo que antes tenía a su disposición.

Más de mil personas con dificultades para hablar ya se están beneficiando de estas clonaciones via AI, que permiten recuperar no solo la comunicación, sino el sentido de identidad y humanidad. El impacto psicológico en quienes enfrentan enfermedades motoras es incalculable.

Esto es tecnología con impacto real, sin fuegos de artificio ni promesas vacías. La AI puede ser una herramienta para devolver voz a quienes la han perdido. Lo que invita a preguntarse: ¿cuántas invenciones prácticas están ahí, esperando proporcionar verdaderos milagros cotidianos, mientras todos discutimos “el futuro” y los riesgos?

Curiosidades y desvaríos tecnológicos para no perder el humor

Para bajarle el tono apocalíptico y recordar que la tecnología puede ser también un remanso, aquí van datos y anécdotas:

– Australia tiene un hospital para murciélagos voladores heridos y huérfanos. Sí, los pobres bichos con alas que parecen sacados de un cómic ahora reciben atención médica digna y dedicada.

– Miss Piggy, la diva por excelencia del Muppet Show, sigue vigente con un estilo de moda que ha atravesado décadas. No hay AI que pueda replicar ese carisma.

– El moho mucilaginoso (slime mold) no es solo un bicho raro: aprende, memoriza y puede ayudar a diseñar mejores ciudades. Si el slime mold puede, ¿por qué no los urbanistas?

– El viejo Juan López, con 81 años, es un fitness influencer sin querer serlo. Un recordatorio de que la inspiración puede venir de donde menos te lo imaginas.

Aunque el universo tecnológico parece una montaña rusa de genialidades y terrores, estos pequeños chispazos de humanidad y naturaleza son lo que realmente hacen que la aventura valga la pena.

¿Crees que realmente vamos a controlar la AI o esta terminará manejando el cotarro sin que nos enteremos? ¿Estamos listos para la doble cara de la tecnología o solo vamos de crisis en crisis? El futuro es ya. Y brutal.

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Por Helguera

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