QuitGPT: ¿cuál es el drama real tras cancelar ChatGPT Plus?
Alfred Stephen, un desarrollador freelance de Singapur, pagó los 20 dólares mensuales para acceder a ChatGPT Plus en septiembre. La idea: acelerar su curro, aprovechar los modelos avanzados para programar mejor y más rápido. Pues nada, que la experiencia terminó siendo todo lo contrario. El bot, en vez de ayudar, le soltaba respuestas inconsistentes, meándosela a lo largo de párrafos inútiles y sin foco. Hasta que se topó con el QuitGPT, una campaña que insta a cancelar las suscripciones.
¿Qué ha pasado para que gente literalmente pague para usar esta tecnología y luego quiera largarse desesperada? La comunidad en Reddit está que arde con usuarios contando por qué abandonan ChatGPT. No hablamos de 4 gatos; aunque no hay cifras claras, el movimiento está en boca de todos y generando ruido. Los promotores acusan a OpenAI de vender humo; la máquina no responde a lo prometido, sobre todo en tareas técnicas como programar. Y con la retirada del modelo GPT-4o, uno de los preferidos por usuarios avanzados, la cosa se puso aún más tensa.
Lo irónico es que, en teoría, ChatGPT Plus te da acceso a potencia premium; en la práctica, la experiencia se ha vuelto frustrante. ¿Será la madurez del producto? ¿Una crisis de hype? ¿O la evidencia de que ni la IA contesta como un experto humano? Que la peña deje el servicio no es solo un meme; pone en jaque la sustentabilidad económica de estas plataformas. Si las ballenas se van, ¿a quién le venden el sueño? ¿Y qué papel juega la monstruosa censura interna y filtros agresivos para evitar “contenidos problemáticos”? Muchos usuarios sienten que la IA se convirtió en una especie de asistente mudo, sin chispa ni utilidad real.
El QuitGPT parece el primer ejemplo serio de una rebelión usera contra el capitalismo IA. No solo critican la calidad, sino el modelo mismo, suscripciones que no cumplen. No me sorprendería que esto sea solo la antesala de boicots más elaborados contra plataformas de IA con promesas infladas. Así que, mientras el resto del mundo se pelea por quién tiene el chat más listo, una parte sustancial ya está planteándose decir “basta”.
Los coches eléctricos ganan terreno en África: ¿mito o realidad para 2040?
1% de los vehículos nuevos vendidos en África en 2025 fueron eléctricos. Un número ridículo si lo comparas con Europa o EEUU, pero el panorama apunta a un cambio brutal en apenas 15 años. Según un análisis reciente, gracias a la combinación de vehículos eléctricos (EV) con cargas solares off-grid, para 2040 podría salir más barato tener un coche eléctrico que uno gasolina en África. Y no es un titular basura: esto se apoya en datos de caída constante de precios en baterías y coches EV, más que en wishful thinking.
Las barreras no son pocas: la red eléctrica es un chiste en muchas naciones, la infraestructura de carga brilla por su ausencia y los préstamos para comprar un coche así son limitados o inexistentes. Pero ahí está la clave: eliminar la dependencia de una red que falla con carga solar. En zonas rurales o aisladas, esto es un cambio disruptivo. Y además, los costes operativos de un EV (mantenimiento, energía) son mucho menores que un motor de combustión.
Es un planteamiento que no solo afecta a los coches, sino a la movilidad y la independencia energética en todo el continente. Que un coche pueda funcionar 100% con energía solar y cueste menos que uno tradicional abriría el camino para que África salte de lleno a la transición eléctrica, saltándose etapas que otros sufrimos con gasóleos y red eléctrica basura. Eso sí, los gobiernos y el sector financiero tienen que dejar de frotarse las manos y empezar a invertir en infraestructura de carga, financiación verde y educación sobre EV.
Este “salto eléctrico” no está exento de desafíos: logística, reciclaje de baterías, posible dependencia tecnológica de importadores asiáticos y europeos y la incógnita política que siempre pesa en el continente. Pero no es un futuro imposible. Más bien, es un futuro ineludible, casi urgente, teniendo en cuenta la crisis climática y la desigualdad energética histórica.
Así que, no te sorprendas cuando en dos décadas hablar de “coche eléctrico” en África sea tan común como hoy en día en París o Tokio.
La promesa y el problema de los reactores nucleares del siglo XXI
Para que te hagas una idea, no hemos cambiado mucho el diseño básico de las centrales nucleares desde la Guerra Fría. Pero el miedo a que ocurra un meltdown épico o que desperdicios radiactivos infecten el planeta sigue siendo real, aunque hoy se salga de los geeks a lo “Chernobyl” y “Fukushima”.
Peeero llega la generación nueva de reactores atómicos, promete reinventar la cosa: más seguros, más pequeños, más rápidos de construir y con menos residuos. Además, con la urgencia por descarbonizar la matriz energética (el carbón y el gas natural están gaseando el planeta por todos lados), el nuclear se está reciclando como la solución seria para “energía limpia”.
¿La trampa? Esto no es coser y cantar. Construir plantas nucleares sigue siendo carísimo, lento (te metes en años de permisos y burocracia), y con riesgos políticos que ningún inversor quiere asumir. Los nuevos diseños —como los reactores modulares pequeños (SMRs)— prometen ser más modulares y accesibles. Pero aún hay muchas preguntas: ¿serán realmente seguros? ¿pueden competir a nivel económico con renovables cada vez más baratas? ¿y los residuos, dónde los ponen?
Los defensores están emocionados: si triunfan, la energía nuclear podría sacudir el mercado energético, desbancando gigantes fósiles sin soltar CO2. Pero por ahora, esto está más en la categoría de futuras esperanzas con retórica técnica que algo funcionando a gran escala.
Ya no es solo un tema de física y tecnología; es geopolítica, inversión, aceptabilidad social y hasta terrorismo. En fin, esto no está ni mucho menos listo para ser la panacea energética del siglo XXI. Más bien, un complemento incómodo al que hay que seguir presionando para que espabile y no se convierta en una pesadilla nuclear 2.0.
El juicio intenso a las redes sociales y su impacto en la salud mental adolescente
Meta, TikTok y Snap acaban de firmar una especie de compromiso para que terceros independientes evalúen cómo están protegiendo la salud mental de los adolescentes en sus plataformas. El panorama incluye a otras como Discord, YouTube, Pinterest, Roblox y Twitch, todas sujetas a revisiones.
Este movimiento no sale de la nada. En los últimos años la presión política, social y mediática ha colocado a estas empresas contra la pared por el efecto nocivo de sus apps en la cabeza de los más jóvenes: ansiedad, depresión, adicción a la pantalla, miedo a perderse algo (FOMO) y constante comparación social venenosa.
¿Por qué ahora? Porque la evidencia científica ya no se puede negar y la opinión pública demanda más responsabilidad. Estas compañías, a las que les sale (y les sigue saliendo) pasta a puñados, estaban hasta hace poco haciendo oídos sordos, negando o minimizando el problema. Pero la realidad los encierra y compañía ha concluido que deben al menos someterse a una auditoría para evitar demandas, escándalos y nuevas regulaciones.
Lo interesante: ¿realmente cambiarán algo? O será otra movida de cara a la galería, con informes amañados y relajos superficiales. Porque, a ver, el modelo de negocio de estas redes está hecho para captar y retener la atención a toda costa, explotando justamente esos mecanismos psicológicos de refuerzo (notificaciones, likes, scroll infinito). Cambiar eso al nivel que necesita la salud mental sería poner en jaque todo el tinglado económico.
Así que estaremos atentos a los resultados de estos chequeos externos, pero ya sospecho que la solución no llegará a través de acuerdos voluntarios, sino con mano dura legislativa —cuando los gobiernos terminen de despertar y perder el miedo a estas grandes tecnológicas.
¿Por qué OpenAI desapareció abruptamente el modelo GPT-4o y la pena que dejó?
Uno de los movimientos más polémicos de OpenAI en los últimos meses ha sido eliminar de golpe GPT-4o, un modelo que algunos usuarios amaban por su capacidad de respuesta más flexible y su estilo menos censurado. Pero desde la compañía defendieron la jugada señalando que ese modelo suponía un riesgo enorme: podía generar contenido no controlado, tóxico o problemático.
Claro, los fans no estaban muy contentos con la noticia. Se organizaron en Reddit para llorar la pérdida del “4o”, creando su propio rincón de duelo digital. La tristeza no era solo sentimental; venía acompañada de temor: ¿qué opciones quedan? ¿Nos quedamos con alternativas más blandas y menos útiles? ¿La siempre más restrictiva IA aburrida?
Este episodio revela algo fundamental: el equilibrio entre la potencia y la seguridad es una guerra constante en IA. A mayor libertad, más potencial para mal uso o daños; a mayor control, se pierde utilidad y atractivo para usuarios avanzados. OpenAI ha apostado por ser ultra-cautelosa, y muchos repiten “no es la IA que esperábamos”.
Pero también muestra un problema: que las compañías dueñas del futuro IA pueden apagar lo que quieran sin que tú, usuario, tengas voz. Todo el ecosistema respira bajo sus reglas. ¿Qué pasa si deciden que tal o cual función es “demasiado peligrosa” y la cargan al cubo de basura? Mal negocio, porque afecta la confianza y la adopción a largo plazo.
Mientras tanto, otros empiezan a construir sus propias plataformas, versiones más abiertas o descentralizadas. La pelea por el control de la IA solo empieza.
El salto de las fábricas de baterías de EV hacia sistemas de almacenamiento energético
No es solo que las ventas de coches eléctricos estén creciendo, sino que el mercado está afectando cómo se fabrican las baterías y para qué se usan. La tendencia apuntada por los grandes fabricantes es virar hacia sistemas de almacenamiento para energías renovables, no solo para vehículos.
Tiene sentido. Las energías solares y eólicas son fundamentalmente intermitentes y necesitan baterías gigantes para almacenar kilovatios y asegurar la estabilidad de la red. Mientras tanto, la industria EV está quedándose saturada y competitiva hasta decir basta, con márgenes cada vez más ajustados.
Así que las fábricas que antes solo producía packs para coches ahora producen “energy cells” para grandes almacenamientos en centrales eléctricas, casas y empresas. Se inicia un cambio de paradigma: la energía almacenada de manera eficiente podría ser la que realmente impulse la transición energética global.
Algunos inversores ya ven esto como la próxima gran mina de oro tecnotech: baterías no solo para mover coches, sino para mover economías enteras y hacer viables renovables al 100%. Eso sí, fabricación más convencional y logística distinta: ¿podrán adaptarse sin perder rentabilidad en este giro tan radical?
Este fenómeno puede cambiar la dinámica del mercado energético a medio plazo, haciendo que la palabra “batería” cobre otro significado en la jerga industrial, mucho más rentable y estratégica que solo para coches.
¿Pero esto funciona de verdad? Entre hype y realidad tecnológica
Si llevamos todo esto a lo real, la tecnología avanza a trancos gigantes, pero las querellas, decepciones y hype demasiado alto están a la orden del día. IA que promete cambiarlo todo pero que decepciona a usuarios reales, energía limpia que parece el santo grial pero que tropieza con infraestructura y política, y un ecosistema digital que exige transparencia pero no sabe cómo lograrla.
QuitGPT muestra que la confianza se gana con resultados, no con promesas. África nos recuerda que el salto verde no será igual en todos lados; algunos pasarán etapas, otros las saltarán. El nuclear quiere ser salvavidas, pero no está exento de riesgos enormes. Las redes sociales se pelean con sus demonios y las baterías cambian de escenario con movimientos inesperados.
¿Y tú? ¿Crees que todo este jaleo tecnológico realmente aporta soluciones o somos solo espectadores del próximo gran “boom” o “bust”? Es fácil caer en la trampa del optimismo forzado o el pesimismo extremo, pero la verdad es que la tecnología, como siempre, es un arma de doble filo, llena de promesas que no siempre están a la altura de la pregunta que necesitamos responder: ¿será capaz de mejorar nuestras vidas o solo complicarlas aún más?
Quizá la respuesta no venga de Silicon Valley o la Davos tecnológica, sino de esos ingenieros, activistas y comunidades que cuestionan, cancelan y reinventan, literalmente desde abajo. ¿No te parece que eso sí que sería tecnología con sentido de verdad?
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