OpenAI mete publicidad en ChatGPT y nadie sabe si reír o llorar
Que OpenAI haya decidido meter anuncios en ChatGPT a partir del 2026 es, cuanto menos, un movimiento que pinta turbio y torpe a la vez. Desde febrero, han comenzado las pruebas con advertencias firmes: los usuarios que paguen 20 dólares al mes estarán libres de anuncios, igual que los menores de 18 años. Ahí ya te lo venden como “equilibrio perfecto para la experiencia”, pero, claro, todos sabemos que ese “balance” suele ser el principio del fin de la ilusión de uso gratis y cómodo. No esperes que esos anuncios afecten al contenido de las respuestas, dicen, pero la mera idea de colar publicidad en un chatbot inteligente que supuestamente funciona por y para ayudarte —y aquí lanzo una pregunta: ¿en serio necesitábamos un interruptor publicitario en medio de estas interacciones?— no termina de encajar.
¿Qué está pasando? La jugada de OpenAI parece pensada para monetizar sin alienar —demasiado— a su base de clientes. ¿Pero el resultado? Un híbrido extraño que podría, si se pone pesado el asunto, espantar a parte de su público más fiel. Sobre todo cuando los rivales siguen en red, frescos y sin anuncios, o con modelos de suscripción mucho más claros y sin trampa ni cartón. Y si metemos en la ecuación que los menores quedan exentos, ¿a quién dirigen estas ads? A los usuarios casuales, probablemente. O sea, los que más molesta que los interrumpan. En fin, “el futuro de los chatbots comerciales” se ve cada vez más cargado de anuncios camuflados, y en esa carrera el usuario pierde.
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“Making AI Work”: no todo es hype, pero tampoco esperes magia
MIT Technology Review lanzó “Making AI Work”, una newsletter con la pretensión de mostrar cómo la IA realmente se aplica en sectores prácticos. Eso se agradece porque ya estábamos hasta el gorro del bombo y platillo con promesas de IA todopoderosa y soluciones mágicas. El primer número se mete de lleno en el ámbito sanitario, agarrando firmas como Microsoft y el Vanderbilt University Medical Center para hablar del Microsoft Copilot, que ayuda a los médicos a tomar notas médicas. Sencillo, útil, ¿pero revolucionario? Bueno, tampoco te ilusiones demasiado.
Esta newsletter va más allá —y ahí radica su valor— al desmenuzar “la herramienta” y mostrar cómo otras industrias usan soluciones similares. Por ejemplo, startups médicas que emplean LLMs para citas y diagnósticos, o sistemas que cuantifican el dolor, un asunto nada trivial para los médicos; o esos debates éticos donde la IA entra en decisiones de final de vida, para nada confortables y llenas de dilemas.
La clave aquí no es vender humo con promesas milagreras sino presentar casos con sus pros y contras, una visión más pragmática que sí, puede ayudar a entender que la IA no es un chollo instantáneo pero está cambiando cosas importantes. Ahora, aviso fresco: que esta mirada sosegada llegue sin filtrarse por el prisma del marketing tecnológico es un pequeño milagro en sí mismo. Así que si andas pillado con la obsesión de “la IA va a arreglar todo”, esta newsletter puede sacarte del kokoro.
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¿Moltbook o Pokémon? El hype absurdo que no ayuda a nadie
Ahora llegamos a uno de esos fenómenos que iluminan el ridículo del hype tecnológico con un foco brutal. Moltbook, un espacio online donde agentes de IA interactúan entre sí, fue aplaudido por mucha gente en tech como “el futuro que está aquí”. Ideal para los que quieren ver a inteligencias artificiales portándose como colegas útiles, no solo máquinas tartamudeando sobre líneas de código. Pero la realidad es que, detrás del escenario, la cosa estaba plagada de estafas crypto y mucha posta era gente de carne y hueso haciendo de cuenta.
Will Douglas Heaven, editor senior de AI, se tiró de cabeza a desinflar la burbuja y salió con una comparación gloriosa: Moltbook no tiene nada de especial, es más bien una versión digital de Pokémon. O sea, puro fan service, coleccionar bichitos digitales (o agentes) y esperar que peguen buenos golpes, pero sin mayor fondo ni impacto real. Un juego, bonito e interesante para entretenerse, pero sin trascendencia auténtica. Lo que enseña esto es que a veces la comunidad tech —y los inversores con billetera abierta— se pican con cualquier moda que huela a IA, sin mirar con lupa lo que están realmente consumiendo.
Que siga ese festival de hype y promesas sin contenido sólido es lo que alimenta la desconfianza hacia los proyectos que sí podrían aportar algo serio. Y mientras los memes y bromas corren libres, el tiempo para que estas tecnologías se asienten y demuestren su valor real avanza lento. Eso sí, para una buena anécdota esta comparación Moltbook-Pokémon tiene lo suyo.
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La Casa Blanca contra los incendios energéticos de los data centers de IA
Las máquinas que alimentan los modelos de IA (los gigantescos data centers) no solo chupan datos, también se tragan electricidad por toneladas. En Estados Unidos, el Gobierno ha pasado del “dejad que corran” al “a ver si no nos suben la luz por culpa vuestra”, y ahora busca que los gigantes de IA se comprometan voluntariamente a mantener el gasto energético bajo control. O sea, un plan para evitar que los costes de la electricidad se disparen y afecten a todo el país.
Por supuesto, aquí estamos ante un tira y afloja: la revolución IA depende de estos centros y no es justo frenar la innovación, pero tampoco dejar que el planeta y el bolsillo de la gente pague la fiesta. No es solo cuestión de facturas, sino de huella ecológica (sí, ya lo sabemos, “huella ecológica” es palabra de temporada). MIT Technology Review se metió a calcular el impacto energético de la IA y, spoiler: no es nada baladí. Y que el gobierno entre en escena refleja que esto ya no es solo problema de empresas, sino asunto público, colosal.
Esto trae a colación algo olvidado en el hype: ¿vale la pena toda esta potencia computacional para lo que ofrece la IA hoy? No hace falta ser ecologista radical para cuestionar si estamos pegando un cabezazo demasiado fuerte en el consumo energético solo para que una chatbot nos escriba un poema. ¿Dónde se traza la línea?
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El reverso oscuro: cuando la IA se vuelve cómplice de los delincuentes
Toda innovación tiene su lado B, y con la IA pasa que los criminales se están pegando una fiesta para subirse al tren. Los ataques digitales con ayuda de herramientas de lenguaje grande (LLMs) se están multiplicando como gremlins—o peor, porque las IA hacen que escalen rápido y más eficiente cada fraude. No sólo hablan de spams cutres; ahora la cosa se pone seria cuando estos sistemas adaptan guiones, imitan voces o firman documentos con soltura que haría sonrojar a un estafador del 2010.
Bloomberg y MIT Technology Review tienen alertas preciosas sobre cómo eso no solo es una amenaza, sino que la próxima generación son los “ataques cibernéticos de IA”, un combo letal. ¿Creías que la seguridad digital era cosa de antivirus y firewalls? Un chiste.
Así que, mientras todo el mundo babea con la inteligencia artificial y sus “posibilidades infinitas”, conviene recordar que también amplifica los riesgos. ¿Estamos, entonces, construyendo una bestia que resultará ser nuestro peor enemigo con acceso VIP? Lo más sensato sería que los fabricantes de IA incluyan en serio protocolos anticriminales, porque dejar este asunto al libre albedrío es abrirle las puertas del circo a los hackers.
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Los proyectos locos que solo Elon Musk puede plantear
De lo surrealista no nos salva nadie, y en este rincón del universo tecnológico, Elon Musk siempre tiene algo preparado que oscila entre lo fascinante y lo absurdo. Tras relegar por ahora su sueño marciano —sí, ese plan estratosférico de colonizar Marte— el tipo está poniendo toda su energía en la Luna primero. Vaya cambio, ¿verdad? Poco se entienden del todo sus razones, porque entre declaraciones y tuits contradictorios, su atención se dispersa.
Pero la joyita del mes es el anuncio de querer montar un data center ¡en el espacio! Sí, leíste bien. No contento con saturar la Tierra, este espacio de servidores cósmicos es un nuevo match para los ingenieros: cómo hacer que datos viajen sin delay sideral y, claro, cómo controlar un lío cósmico de hardware sin que un meteorito diga “hola”. Esta idea se mueve entre la locura futurista y una maniobra ultra visionaria, aunque dada la historia, más de uno esperará que vuelvan a cambiar de idea antes de que ocurra algo tangible.
Es curioso, porque mientras el mundo se preocupa por la energía en tierra firme, Musk sueña con data centers en órbita. Sacad vuestras propias conclusiones sobre prioridades y viabilidad.
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¿Pero qué futuro le queda a la IA si los humanos se cansan?
Algo grave está pasando cuando la primera ola de entusiastas de la IA comienza a quemarse. La idea era que estas herramientas facilitasen el trabajo, liberaran tiempo, permitieran crear más y mejor sin sudar la gota gorda. La realidad, confirmada por estudios recientes, es que los empleados acaban trabajando más, no menos. Esto no es culpa de las máquinas, sino de cómo se integran las nuevas tecnologías en los sistemas laborales: presión para producir más, expectativas inhumanas, y una curva de aprendizaje que no para de subir.
Esto plantea una pregunta que nadie termina de responder con honestidad: ¿para quién estamos realmente haciendo esto? Si la IA no hace que la vida laboral mejore, sino que queme a las personas, algo fundamental está fallando. O el hype estaba mal dibujado o el diseño de estos sistemas ignora las necesidades humanas básicas. El cansancio tecnológico es real, y no se arregla con otro parche ni “features” de software. Quizá toca replantear prioridades, y rápido. Porque de lo contrario, el futuro que nos esperan no es de luces sino de una fatiga tecnológica crónica.
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¿Y entonces, qué? ¿La tecnología nos salva o nos enfanga más?
Tras este paseo por los avances, los anuncios y las meteduras de pata, queda claro que la tecnología —y la IA, en particular— es mucho ruido con algunos destellos. OpenAI metiendo publicidad porque hay que pagar las facturas, gobiernos asustados por el consumo energético, delincuentes armados con IA, multimillonarios pensando poner CPUs en el espacio… todo un circo. ¿Estamos manejando un poder que no entendemos o simplemente jugando con fuego sin protección?
No todo es negativo, claro. Hay innovaciones que pueden salvar vidas y mejorar trabajos terribles cuando se usan con cabeza. Pero la tentación es grande para disfrazar el humo de progreso fácil. Así que mientras las startups, las corporaciones y los políticos bailan en esta fiesta caótica, la pregunta que te dejo es simple: ¿estás seguro de que lo que llaman “avance tecnológico” es en realidad un progreso para ti, para la gente común, o solo un entretenimiento para los que viven de subir la montaña rusa del hype?
Quizá el futuro de la tecnología pase menos por “más brillante” y más por “más sensato”. ¿No crees?
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