El 24 de septiembre, durante un acto de la Semana del Clima de Nueva York, David Hammer, cofundador de PopWheels, describió un problema poco glamuroso: instalar una batería grande en la ciudad puede convertirse en una carrera de obstáculos regulatorios. Su empresa ha optado por otra vía. En vez de colocar una enorme instalación junto a la red, reparte baterías pequeñas entre repartidores, puestos de comida y otros usuarios.
La propuesta parte de una pregunta práctica: si construir una batería gigante es lento y políticamente difícil, ¿se podrían reunir y coordinar miles de baterías cotidianas? No sustituye las obras de la red ni el almacenamiento a gran escala, pero podría aliviar algunos puntos de presión mientras esos proyectos avanzan.
Una batería grande puede atascarse antes de enchufarse
Nueva York necesita más capacidad eléctrica, pero instalar almacenamiento a escala de servicios públicos en una ciudad densa exige algo más que encontrar un terreno y conectar cables. Los permisos, las restricciones locales y la oposición vecinal pueden alargar el proceso. También pesa la preocupación por los incendios de baterías: son poco frecuentes, pero, cuando ocurren, resultan llamativos, difíciles de apagar y muy visibles para quienes viven cerca.
En el evento, Hammer resumió una asimetría de estos proyectos: sus beneficios suelen parecer abstractos, mientras que sus costes son concretos. La comunidad ve el edificio, el riesgo percibido y las molestias; el beneficio se reparte por una red eléctrica que casi nadie contempla hasta que falla.
Las baterías pequeñas pueden hacer más visible su utilidad. Conectadas a un electrodoméstico o a un negocio, tienen un usuario identificable y ofrecen beneficios inmediatos: menos ruido, menos combustible, una factura menor o electricidad durante un apagón. Al ser equipos pequeños o estar integradas en aparatos, suelen evitar las obras de red y los permisos asociados a una instalación enorme, aunque no en todos los casos.
La aceptación pública no sustituye a la ingeniería, pero puede influir en que un proyecto avance o quede años en una carpeta. Una batería doméstica permite que alguien compruebe para qué sirve sin depender de una explicación sobre el funcionamiento de la red.
Repartidores que cambian baterías, no planes de ruta
PopWheels empezó con repartidores que recorren la ciudad en bicicletas eléctricas. En vez de esperar a que la batería se cargue, el conductor llega a un armario de intercambio, deja la descargada y sale con otra lista para usar. Según Hammer, la empresa cuenta con unos 50 armarios en Nueva York y alrededor de 2.500 baterías en circulación.
El sistema reduce el tiempo que los repartidores pasan parados. También plantea otra forma de pensar el almacenamiento: las baterías ya cumplen una función diaria y están repartidas por la ciudad, pero podrían aportar flexibilidad a la red solo si existen software, acuerdos, control de carga y reglas claras para decidir cuándo se usan. Tener muchas baterías en la calle no equivale, por sí solo, a disponer de una central eléctrica virtual.
La empresa también ha empezado a ofrecer sus baterías a vendedores de comida callejera, que suelen depender de generadores de gasolina. Unas cuatro baterías pueden entregar cinco kilovatios-hora, cantidad que, según PopWheels, basta para cubrir aproximadamente una jornada de trabajo de muchos puestos. No es un reemplazo universal: el consumo depende del equipo y del horario. Pero sustituir un generador en una acera congestionada reduce el ruido y los gases de escape donde trabajan y comen las personas.
Para los vendedores, la ventaja es directa, no una promesa sobre la estabilidad del sistema eléctrico. Si después esas baterías también ayudan a la red, mejor; primero tienen que resultar útiles para quien las paga o las utiliza.
La cocina también puede guardar electricidad
Copper está desarrollando cocinas de inducción con una batería integrada. La propuesta permite cocinar durante un corte de luz y puede reducir la necesidad de actualizar la instalación eléctrica de una vivienda, porque la batería aporta parte de la potencia cuando se usa la cocina.
Electrificar una casa —cambiar aparatos de gas por alternativas eléctricas— no siempre es tan sencillo como comprar un electrodoméstico nuevo. En edificios antiguos, el cableado o el suministro disponible pueden limitar la instalación y encarecerla. Una batería incorporada podría suavizar los picos de demanda y evitar, en ciertos casos, una reforma eléctrica mayor, aunque no permite prescindir de cualquier obra.
Sam Calisch, cofundador y director ejecutivo de Copper, dijo en el evento que la empresa no vende únicamente una batería para emergencias, sino también una herramienta para ahorrar costes. La resiliencia ante los apagones importa, pero el presupuesto, la comodidad y los problemas cotidianos también influyen en las decisiones de compra.
La cocina forma parte de una tendencia más amplia: incorporar almacenamiento en equipos de uso diario. El propietario puede pensar que va a cambiar la cocina y que el nuevo aparato resolverá dos necesidades, en lugar de plantearse instalar una batería por separado.
Del aire acondicionado a la lavandería
Otras empresas están probando baterías enchufables para viviendas y negocios. Every Electric diseña una unidad para conectar a un aparato de aire acondicionado. La compañía proporciona la batería y paga a los clientes si reducen su consumo en momentos de máxima tensión para la red. David Energy trabaja con un modelo parecido, centrado en negocios como lavanderías, aparcamientos y gimnasios.
En el sector eléctrico, una forma de responder a un pico de demanda es reducir, desplazar o almacenar parte del consumo existente, en lugar de construir una nueva central. Aplicar esa idea a equipos pequeños plantea preguntas operativas: cuánto puede reducir cada cliente sin perder confort o actividad, quién decide cuándo se activa la batería y qué compensación hará que los negocios mantengan su participación.
El modelo enchufable recuerda a los pequeños paneles solares de balcón, que pueden conectarse para cubrir parte de la demanda doméstica. En ambos casos, la promesa es rebajar las barreras de entrada con menos instalación, obras y una participación más modular. Pero una agregación masiva requiere medir, comunicar y coordinar miles de dispositivos, y las conexiones eléctricas tienen límites.
Si el aire acondicionado puede seguir funcionando con apoyo de una batería y el cliente recibe dinero por aliviar la red en una hora crítica, la flexibilidad se vuelve tangible. La prueba será cuánto se utiliza el sistema en condiciones reales.
¿Miles de baterías pueden hacer el trabajo de una grande?
James McGinniss, cofundador y director ejecutivo de David Energy, calificó el cambio como el mayor acontecimiento del sector eléctrico en veinte años. La distribución de baterías podría tener un impacto considerable, pero sus resultados determinarán si la afirmación se sostiene.
La escala potencial es atractiva. Calisch señaló que, si cada cocina de Estados Unidos se entregara con una batería, la capacidad conjunta podría alcanzar decenas de gigavatios. Eso no significa que toda esa potencia esté disponible a cualquier hora: algunas baterías estarán descargadas, otras se necesitarán en casa y muchas instalaciones no responderán igual. La capacidad instalada y la energía realmente disponible para la red son magnitudes distintas.
Para que el conjunto sea útil, los equipos tienen que comunicarse con operadores o agregadores, responder con cierta previsibilidad y mantener reservas para sus usuarios. También habrá que repartir los ingresos de modo que los clientes reciban una compensación adecuada por prestar el servicio. La coordinación será decisiva para determinar buena parte del valor del sistema.
Las baterías distribuidas no vuelven innecesarias las instalaciones grandes. El almacenamiento a escala de red seguirá siendo necesario para respaldar la energía solar y eólica cuando no haya sol o caiga el viento, y para cubrir una demanda eléctrica que crece deprisa. Son herramientas distintas.
Queda por medir cuánto pueden aportar cocinas, bicicletas eléctricas y aires acondicionados cuando la red está bajo presión, especialmente en una ciudad como Nueva York. Su efecto dependerá de su capacidad para reducir facturas y emisiones locales y, a la vez, ayudar a evitar cortes de verano.
