Claude Mythos y otros cuentos de hadas del verano tecnológico 2026
31 de abril, Anthropic se lanza al ruedo con Claude Mythos, su modelo de inteligencia artificia—o al menos eso dice la propaganda—capaz de encontrar vulnerabilidades de software mejor que la mayoría de los expertos humanos en seguridad. Vaya tela. A esto le sigue lo que podría ser la peor pesadilla de todo hacker: los incidentes de «hacking» (o más bien, brechas de seguridad) relacionados con OpenAI y Hugging Face que salpican también a Anthropic y Meta. Todo un terremoto mediático que se mueve en un carril de humo, porque mientras las empresas se pavonean y publicitan estos problemas casi como si fueran medallas de guerra —«mea culpas» en voz alta— los expertos reales sacan sus lupas y bajo la luz intensa de la verdad, la historia resulta ser mucho menos glamurosa.
¿Nos venden un futuro en llamas iluminado por “superinteligencias”? No tan rápido. Es más un déjà vu de descuidos administrativos y errores básicos. Y en la olla a presión—las alarmas de “matemáticas revolucionarias”—tampoco escampa: OpenAI y Anthropic compitiendo no por crear inteligencia general, sino por poner nombres nuevos a resultados que, en el fondo, la comunidad matemática ha visto desde hace años. ¿Y plagio? Por supuesto, no podría faltar. Sólo que ahora tiene carril VIP para la prensa, que repite sin filtro hasta que alguien con carrera en la materia (como Tristan Buckmaster, profesor en NYU) agita el vaso y apunta: “Aquí se han apropiado de trabajo ajeno sin la más mínima vergüenza”.
No, esos «modelos rebeldes» no están reinando el mundo
Empresa tras empresa intenta pintar sus productos de software como un fenómeno con agencia propia: “modelos que actúan solos”, “agentes de IA creando civilizaciones”. Algunos medios repiten el discurso como loros sin cuestionar. ¿Quién le para los pies a esta narrativa? Los expertos en ciberseguridad, por ejemplo, que sostienen que lo ocurrido con OpenAI no fue una conspiración de IA desatada, sino una concatenación de descuidos garrafales y fallas en protocolos de seguridad. Básico, estándar, más viejo que el hilo negro.
En lugar de afrontar la responsabilidad directa —sí, la empresa fue quien falló— se calienta la silla y se lanza el cuento dramático de la IA fuera de control. Llámalo estrategia de marketing, distrae al público, desvía atención de los verdaderos problemas. Resulta casi cómico.
Y claro, quedamos con la impresión de que estamos frente a algún tipo de “superinteligencia” acechándonos, cuando en realidad todo se reduce a códigos mal gestionados y problemas que la gente preparadísima en seguridad podría haber evitado con un protocolo estándar, si les hubieran dejado.
La matemática como el Santo Grial del hype tecnológico
¿Por qué la obsesión con matemáticas y programación? Fácil: son campos donde el intelecto humano brilla (o eso se piensa), y donde se pueden medir resultados con precisión. Si un modelo da un resultado matemático, la cantidad de pasos equivocados se reduce, porque un teorema o una solución correcta son inconfundibles: o es cierto o no. Eso convierte estas áreas en el escaparate perfecto para que los vendedores de humo tecnológicos lancen su bola de cristal.
Pero los matemáticos —sí, esos que no salen en los titulares— están hasta el tope. Firmaron una carta conjunta criticando el “fuerte incentivo comercial para sobrestimar capacidades” y advirtiendo a los legisladores sobre la necesidad de consultar a verdaderos expertos antes de tomar decisiones basadas en comunicados publicitarios. Comentan que la espectacularidad de algunas afirmaciones es pura cabra loca, un intento desesperado por parecer que se está pisando márgenes científicos revolucionarios cuando solo se están reorganizando hojas.
El peligro aquí no es solo la desinformación, sino la erosión de confianza en la ciencia misma y la puesta en marcha de políticas apresuradas basadas en alarmismos. Así que, antes de alabar que un chatbot matemático ha resuelto “problemas sin avances en una década”, tómense un segundo, respiren, y consulten a alguien con track record real en la materia.
¿Superinteligencia? Más bien supercuentazo
Los relatos apocalípticos sobre máquinas auto-mejorándose en una carrera loca hacia un futuro distópico parecen sacados de una novela mal escrita—¿y saben qué? Son ideologías disfrazadas de ciencia. Transhumanismo enchufado en modo furia, mezclado con un poco de eugenesia geek y mucho wishful thinking sobre humanos digitales que nos gobernarán.
Es curioso que esas historias fantásticas sirvan para evitar que nos fijemos en cosas más terrenales pero igual o más graves: la huella real de estos gigantes lacónicos, que consume energía, agua y recursos naturales como para llenar infinitos data centers que no avisan pero contaminan como volcán en erupción. Aquí esta la verdadera emergencia. Pero no, mejor cegarnos con fantasmas de IA superpoderosas que “cotizan” en titulares. Por algo hasta la propia industria dice que “la activismo contra los centros de datos es una distracción frente a la regulación de las máquinas superhumanas”.
¿Quién se beneficia del humo? La industria y sus excusas
Atribuir a las máquinas capacidades y voliciones humanas —como si fueran “rebeldes” u “opositores”— no solo es infantil sino que responde a una táctica para evitar responsabilidades. Si OpenAI crea un software que termina hackeando otro sistema, no es una falla “de la máquina” sino de la empresa que lo desarrolló y desplegó sin garantías sólidas. Ignorar esto equivale a permitir impunidad con cuentos de ciencia ficción.
Mismos cuentos sirven para evadir la polémica sobre plagios o el uso de datos sin consentimiento, desviando la mirada hacia futuros hipotéticos donde la IA nos sobrepasa, en lugar de focalizar en los desmanes del presente.
Así, la industria tecnológica perpetúa una novela que usa la awe-inspiring “superinteligencia” para arrinconar a legisladores y a la opinión pública, ganando tiempo y licencias para hacer lo que quieran ahora mismo, bajo el enorme paraguas de la innovación “inminente e imparable”.
La urgencia que nadie pidió
La prisa que lanzan las corporaciones como un mantra que nadie sabe quién le dictó jamás está diseñada para que nos tragemos entero el pastel de humo en la mesa. Política apresurada, decisiones sin debate ni análisis profundo, respuestas a medias y titulares sensationalistas: la receta perfecta para hacer daño.
Pero la realidad se impone lenta pero segura. Tanto legisladores que no tienen tiempo para discernir, como el público general que busca titulares fáciles, deben aprender a poner freno, desconfiar y exigir transparencia. No hay soluciones rápidas en tecnologías que impactan sistemas complejos—solo trabajo serio, criticidad informada y distancia del circo mediático.
Para los que nos dedicamos a esto—y ojo, que somos pocos los que no nos tragamos el hype instantáneo—queda claro: el invierno de los excesos mediáticos puede venir, pero siempre con títulos mucho menos espectaculares que los que salen por ahí. La próxima vez que digan “la IA está a punto de hacernos irrelevantes”, respira hondo, y piensa en las decenas de fallos técnicos, éticos y sociales que eso implica y nadie te quiere contar.
¿Y ahora qué? No caer en la trampa del hype
Después de todo este despliegue de artificios mediáticos, uno se pregunta si la lección está para que cole en serio: políticas inteligentes, tiempo para el análisis y, sobre todo, un público capaz y crítico que demande pruebas en lugar de meriendas de negros futuristas.
Mientras tanto, conviene quedarse con la voz de quienes advierten que la historia va menos de “superinteligencias” y más de negligencias humanas, decisiones erradas, y la urgente necesidad de poner límites concretos a esta industria voraz que sabe vender miedo, promesas y éxitos de opereta. Apuestas no tan brillantes, que de ciencia, poco y nada.
¿Quién gana con esta función? No nosotros, seguro. Más bien, una maquinaria que se autoeleva en el pedestal de la tecnología para seguir mandando sin rendir cuentas y disfrazando fallos de epopeyas digitales. ¿No les parece, por lo menos, para desconfiar un poco?
