¿Por qué el cerebro de L. Stephen Coles sigue congelado en Arizona desde 2014?
L. Stephen Coles, gerontólogo obsesionado con la longevidad humana, murió de cáncer de páncreas en 2014 y se dejó congelar el cerebro. No es una broma ni una idea loca de última hora: encargó a una firma especializada que lo almacenara a una temperatura absurda de -146 °C en Arizona. Ahora mismo, su cerebro está cubierto por una capa de escarcha microscópica, en un estado “asombrosamente bien preservado”, según Greg Fahy, el cryobiológo que ha analizado fragmentos para ver si los tejidos aguantan la congelación o se han rajado. Spoiler: están increíbles. Pero, ¡ojo! Eso no quiere decir que vaya a despertar algún día. De hecho, nadie puede garantizar que eso vaya a pasar.
Coles no fue ni el primero ni el último en lanzarse a este revisitar nuestro cuerpo como un archivo digital, congelado en espera del futuro. James Hiram Bedford, un profesor de psicología jubilado, fue la primera persona almacenada por este método en 1967, cuando murió de cáncer de riñón. Bedford fue “protegido” con químicos anti-hielo y rápidamente congelado por una organización bastante rudimentaria y menos científica que nostálgica, encabezada por un tipo que solo sabía arreglar televisores. Su cuerpo todavía patrulla las instalaciones de Alcor, en Scottsdale, Arizona, junto con otros cuerpos o cerebros que esperan su chance.
Entonces, ¿qué lleva a profesionales como Coles a congelarse? No vamos a venderte la idea de que es un plan infalible para burlar a la muerte. La ciencia actual ni de coña puede revivir cerebros guardados décadas, y la mayoría de los especialistas reconocen que la esperanza es minúscula. Pero hay un factor que flota en el aire: la confianza, más o menos ilusa, en que la medicina futura erradicará enfermedades mortales, entre ellas el cáncer que mató a estos pioneros.
Los optimistas del futuro que quieren “vivir para siempre” y el auge silencioso de la criónica
Vivir para siempre. Esa frase puede sonar a locura de serie B, pero para algunos, un sueño largo más allá de la ciencia ficción. En un evento llamado Vitalist Bay, donde se reúnen gente con ganas de estirar la vida (y evitar la muerte a toda costa), Emil Kendziorra, CEO de Tomorrow.Bio, habló claro: hay quienes creen que algún día la ciencia “eliminará” el envejecimiento. O sea, gente que no solo quiere irse al otro barrio congelada, sino hacerlo esperando que la ciencia robe más tiempo a la mortalidad.
Este rollo no es exclusivo de una diminuta secta. En 2021, Kendziorra y su equipo hicieron un estudio con casi 1,500 estadounidenses reclutados vía Craigslist (sí, Craigslist, no una encuesta en Harvard). Descubrieron que los hombres están más familiarizados con la criónica y, sorprendentemente, un tercio de ellos tiene interés en “vivir indefinidamente”. Ahí tienes un caldo de cultivo para que la criopreservación no sea solo para fanáticos raros, sino para un segmento creciendo aunque pequeño.
No hay millones todavía, pero sí unos 5,000 a 6,000 inscritos mundialmente —ajústalo a tu población local si quieres hacerte una idea— con entre 20 y 50 nuevas altas al mes según Kendziorra. ¿Pero qué frena al resto? La mayoría lo ve como algo distópico, hasta hay quien cree que debería ser ilegal. El dinero también pesa: Alcor pide una barbaridad para almacenarte —80,000 dólares para el cerebro y 220,000 por el cuerpo entero—, y Tomorrow.Bio sube esa apuesta. Por eso muchos ponen ese coste en manos de sus pólizas de seguro de vida, esperando que ese dinero pague tu congelación post muerte.
La gran mentira (o verdad incómoda): nadie sabe si esto funcionará
Poner tu esperanza en un futuro futuro es como comprar lotería… pero sin números ganadores definidos. Ni Coles, ni Bedford ni ninguno de los que han pasado décadas a -146 °C han vuelto a la vida. Ni siquiera tenemos el “cómo” para hacerlo realidad. Científicos como Nick Llewellyn, que dirige I+D en Alcor, admiten que la posibilidad es escasísima, aunque se mantienen inscritos: quieren ver hasta dónde puede llegar la ciencia. Lo correcto sería decir “es un tiro en la oscuridad”, pero quién sabe, ¿no?
Pero por otro lado está la realidad práctica y filosófica. Shannon Tessier, experta en criobiología del Massachusetts General Hospital, no se apunta ni loca, aunque garantice éxito esa técnica. Explica que la cuestión se torna profundamente filosófica: ¿quieres realmente ser revivido siglos más tarde, sin familiares, en una sociedad irreconocible? También entran en juego asuntos legales, sociales, éticos… En realidad, la ciencia parece solo una parte del rompecabezas.
Cristales, tejidos y la ciencia detrás del congelador: ¿milagro o estafa térmica?
El arte de congelar cerebros sin que se conviertan en bloques de hielo destructores es una maravilla química, pero tampoco un milagro sin fisuras. Bedford fue perfundido con químicos crioprotectores para evitar que el agua interna formara cristales que pulverizaran las neuronas, y Coles fue sometido a procesos similares, mejor refinados.
Pero que un tejido se mantenga “asombrosamente bien preservado” no implica que las sinapsis, conexiones eléctricas y estructuras microscópicas fundamentales para la memoria y la identidad estén intactas en sentido operativo. El cerebro es el hardware y el software al mismo tiempo, y los daños microscópicos son un problema brutal.
Los cryobiólogos como Fahy investigan para mejorar las técnicas, buscando sustancias que minimicen el daño, pero el reto técnico y biológico es vasto. No se trata solo de evitar que se vea chulo en el microscopio, sino de que funcione en la práctica, de revivir una entidad consciente completa. Hoy la criónica es más un experimento filosófico y tecnológico que una tecnología médica confiable.
Costos, ética y el dilema del “posponer la muerte”: ¿quién puede permitírselo y quién debería hacerlo?
$80,000 para un cerebro y más del doble para un cuerpo entero es un coste prohibitivo para la mayoría. ¿Vale la pena ese montón de billetes en un “por si acaso” con posibilidades remotas? La parte curiosa es que quienes se apuntan suelen financiarlo con seguros de vida, lo que convierte el negocio en un malabar financiero que no para de crecer, pero sigue siendo un nicho selecto al que no accede todo el mundo.
También hay una cuestión ética: ¿es justo acceder a tratamientos o experimentos que desafían el ciclo natural si solo una élite puede hacerlo? ¿Qué pasa si algún día la tecnología funciona, pero solo para privilegiados con profundo wallet? Y, sobre todo, ¿qué implicaciones legales tendrán estos “resucitados”? Imagina un tipo que volvió de un búnker criogénico de hace 200 años sin identidad ni respaldo legal. ¿Le dejamos votar? ¿Dónde cobra pensión? ¿Quién se hace responsable de sus deudas?
Tampoco se ha explorado mucho el impacto social. Vivir “descongelado” en un futuro desconocido puede ser la peor pesadilla para algunos. Una inmersión temporal donde nada ni nadie es familiar y la sociedad ha cambiado más allá del reconocimiento. Aquí la ciencia choca con el drama existencial.
¿Son los futuros congelados solo un capricho tecnológico o el próximo gran salto evolutivo?
La criónica no es solo Ciencia Ficción. Tiene bases científicas, un poco de esperanza y toneladas de especulación filosófica. Lo que sí es claro es que sigue siendo un nicho emergente, con barreras técnicas, económicas y sociales monumentales. Quienes se apuestan por ella lo hacen conscientes de que por ahora es más un boleto a la incertidumbre que una garantía de vida eterna.
La cuestión más profunda no es tanto si podemos congelar un cerebro sin que pierda su esencia, sino qué significa vivir, qué sentido tiene posponer indefinidamente la muerte en un mundo donde todo cambia salvo las reglas eternas del paso del tiempo. El futuro de esta tecnología puede cambiar el juego, o convertirse en otra de esas promesas tecnológicas que nunca llegan a destruir al tiempo.
¿Tú qué elegirías? ¿Congelarte con la esperanza de despertar en la ciencia del mañana, o aceptar que morir es la parte más inevitable —y tal vez necesaria— de esta aventura llamada vida?
