El 23 de septiembre de 2026, un dron ruso Geran-5 propulsado por reactor dañó un edificio de oficinas que alberga un centro de datos en el distrito Solomianskyi de Kyiv. Cuatro días después, un ataque alcanzó la sede de Kyivstar, el mayor operador móvil de Ucrania. Ese mismo día, el Ministerio de Defensa ruso afirmó haber atacado instalaciones de Vodafone Ukraine. La infraestructura digital ucraniana, hasta hace poco lejos de los objetivos más visibles de la guerra, está recibiendo golpes cada vez más directos.
Los centros de datos ya están en la lista de objetivos
Kateryna Chernohorenko, viceministra de Defensa ucraniana para la transformación digital entre 2023 y 2025, describió el cambio durante una entrevista con Breaking Defense el 26 de septiembre, en la conferencia IT Arena de Lviv. Según ella, en las últimas semanas aumentaron los ataques contra centros de datos, incluidos impactos de drones Shahed. También señaló que Rusia lleva tiempo intensificando sus ciberataques y perfeccionando sus métodos, incluso antes de la invasión a gran escala.
La secuencia reciente apunta a una presión sobre varios eslabones de las comunicaciones, no a un incidente aislado. Un centro de datos puede alojar servicios empresariales o gubernamentales; un ataque contra una sede de telecomunicaciones puede afectar sus operaciones y su coordinación, aunque eso no implique que toda la red caiga. Los daños a un edificio no equivalen automáticamente a un apagón nacional, pero obligan a trasladar recursos, comprobar sistemas y sostener servicios mientras continúa la amenaza.
El riesgo no es exclusivamente físico. Una campaña digital puede buscar interrupciones, acceso a redes o confusión operativa; un dron puede causar daños materiales y dejar equipos fuera de servicio. Cuando ambos riesgos afectan al mismo sector, proteger el perímetro no basta: hacen falta copias de seguridad, ubicaciones alternativas y procedimientos para mantener la actividad si una instalación queda inutilizada.
El presidente Volodymyr Zelenskyy confirmó el 25 de septiembre que Kyiv adoptaría medidas adicionales para proteger los centros de datos y asegurar la continuidad de instalaciones críticas del sector de comunicaciones. La declaración sitúa el asunto entre las prioridades políticas, pero no detalla las medidas operativas.
Enterrarlo todo no es un plan
Ucrania empezó a tomar medidas de dispersión y protección antes de esta reciente oleada. Chernohorenko explicó que algunas instalaciones de datos se trasladaron fuera del país y que se invirtió en redes subterráneas para reducir su vulnerabilidad ante ataques desde el aire. Repartir servicios entre distintas ubicaciones dificulta que un solo impacto deje fuera de servicio una parte importante de la infraestructura.
Pero hay límites concretos. No se puede trasladar cada instalación al extranjero ni meter bajo tierra todo lo que importa. Los centros necesitan energía, conectividad, personal y mantenimiento; ocultar el edificio no elimina esas dependencias ni lo vuelve invulnerable. Estas medidas pueden reducir ciertos riesgos, pero añaden costes y exigencias operativas y pueden concentrar activos en lugares que siguen dependiendo de conexiones y suministros externos.
La exviceministra señaló que Rusia también ha trasladado instalaciones bajo tierra, incluidas algunas vinculadas a la producción de drones. Para Ucrania, eso complica su localización y ataque y exige vigilancia constante. La protección física puede dificultar la identificación de un objetivo, pero también obliga a quien lo busca a emplear tiempo y recursos.
La defensa de redes críticas no puede consistir en elegir entre «todo al búnker» y «todo en la nube». Una opción es combinar dispersión geográfica, instalaciones reforzadas, redundancia y planes para trasladar servicios de una ubicación a otra. Esta es una lectura de las medidas descritas por Chernohorenko, no un inventario oficial de los planes ucranianos. Kyiv no ha especificado en la declaración de Zelenskyy qué instalaciones reforzará ni cómo distribuirá las inversiones.
La dispersión también implica que hay más lugares que proteger y coordinar. Concentrar los sistemas facilita la gestión cotidiana, pero puede convertirlos en blancos más atractivos. Reorganizar la infraestructura cuesta dinero, tiempo y capacidad técnica, recursos que una guerra prolongada va consumiendo.
Más defensas aéreas, con una escasez que no se arregla con discursos
Para Chernohorenko, proteger los centros de datos también requiere mejorar las capacidades antimisiles y antidrones de Ucrania. Advirtió que esas capacidades ya escasean de forma crítica. Si no es posible poner cada instalación bajo tierra ni trasladarla, reducir la probabilidad de que un arma la alcance se vuelve parte de la protección digital.
Las defensas aéreas deben cubrir mucho más que los servidores: ciudades, instalaciones militares, energía, transporte y otros activos críticos compiten por los mismos recursos. Cada sistema asignado a proteger un centro de datos deja de estar disponible para otra tarea. La defensa tiene límites de alcance, munición y disponibilidad.
Los drones propulsados por reactor añaden otra dificultad. Chernohorenko describió a los F-16 ucranianos como una de las herramientas más eficaces contra esos aparatos. No los presentó como la única respuesta ni como una garantía de interceptar todos los ataques, sino como una capacidad cuya disponibilidad puede influir en la protección de infraestructuras. Si hay menos aviones operativos, aumenta la presión sobre el resto de las defensas y sobre las decisiones de priorización.
Adquirir o recibir una plataforma es solo el comienzo: hacen falta mantenimiento, repuestos, personal preparado y munición. Sin ese ciclo, los aviones pueden quedar a la espera de reparación. En una guerra de desgaste, la logística determina cuántas capacidades están disponibles, no cuántas se anunciaron meses atrás.
Los F-16: una capacidad valiosa atascada en el taller
La advertencia de Chernohorenko coincide con la preocupación por el mantenimiento de los F-16 ucranianos. Un reportaje de The Wall Street Journal, publicado el martes anterior a la entrevista, describió retrasos y problemas de sostenimiento, además de una fuerte dependencia del apoyo occidental. Según ese medio, casi toda la flota ucraniana de F-16 estaba fuera de servicio en ese momento. Se trata de un reporte periodístico sobre el estado de la flota, no de una medición oficial detallada publicada por Kyiv.
Chernohorenko añadió que los aviones acumulaban un retraso considerable en su calendario de mantenimiento después de ser trasladados desde Estados Unidos a Bélgica. Según su explicación, allí las reparaciones pueden tardar hasta 40 semanas, frente a las dos a seis semanas habituales. La diferencia señala un cuello de botella en la cadena de mantenimiento: la capacidad técnica, el traslado de los aparatos y el tiempo de reparación afectan la disponibilidad operacional.
También mencionó la necesidad de obtener «miles de rondas de F-16» y de acelerar el ciclo de sostenimiento. Son dos necesidades distintas: contar con munición suficiente y tener aviones disponibles para emplearla. Ambas dependen de decisiones y suministros que Ucrania no controla por completo.
La exviceministra advirtió que, sin esas mejoras, el país podría acabar el año con una escasez de cazas operativos. No afirmó que la flota vaya a desaparecer ni que todos los aparatos estén inutilizados de forma permanente. Su advertencia es que, si se acumulan los retrasos de mantenimiento y no llegan suficientes recursos, el número de aviones disponibles puede resultar insuficiente para las necesidades.
Un F-16 en reparación no puede proteger una instalación de telecomunicaciones, lo que aumenta la carga sobre las unidades y los sistemas que siguen activos. La disponibilidad de la plataforma depende también del tiempo que pasa en mantenimiento y de los recursos necesarios para devolverla al servicio.
La continuidad también se defiende antes del impacto
Los ataques reportados contra Kyivstar y Vodafone Ukraine elevan la preocupación porque afectan a operadores esenciales para la vida cotidiana y la actividad del Estado. La información disponible no permite afirmar que ambas redes quedaran fuera de servicio ni detallar el alcance completo de los daños. En el caso de Vodafone, el Ministerio de Defensa ruso afirmó haber atacado un centro de datos; esa atribución no constituye por sí sola una evaluación independiente del impacto.
La protección no se mide únicamente por si un edificio sobrevive. También cuenta cuánto tarda una organización en recuperar servicios, si puede cambiar de ubicación y si mantiene conexiones alternativas. Eso requiere preparación previa. Las medidas de respaldo son limitadas si el personal no puede acceder a ellas o si las rutas de comunicación que las conectan comparten la misma vulnerabilidad.
La combinación descrita por Chernohorenko —trasladar algunos centros fuera del país, invertir en redes subterráneas y reforzar las defensas aéreas— marca una dirección posible, pero no elimina las dificultades. El traslado crea dependencia de enlaces internacionales; el refugio subterráneo aumenta las exigencias de construcción y operación; la defensa aérea compite por recursos con otros objetivos. Cada medida desplaza parte del riesgo y debe revisarse a medida que el adversario cambia sus métodos.
La ciberseguridad también debe formar parte de esa planificación. Según Chernohorenko, Rusia ha aumentado la sofisticación de sus ataques digitales desde antes de la guerra. Una red puede sufrir presión física y digital al mismo tiempo, por lo que es necesario separar servicios, limitar los daños de una intrusión y practicar la restauración. Las copias de seguridad, por sí solas, no resuelven el problema.
Zelenskyy anunció medidas adicionales para mantener operativa la infraestructura de datos y comunicaciones, pero los detalles públicos aún son escasos. Queda por precisar cómo se protegerán los centros, qué alternativas tendrán las redes y cómo se atenderá la demanda de defensa aérea sin reducir la cobertura de otros sectores.
