Insilico Medicine y la paradoja del “descubrimiento” con IA
Insilico Medicine, una empresa biotech que ha decidido no andarse con rodeos, soltó un comunicado en el que afirmaba haber “descubierto” una molécula prometedora para la fibrosis pulmonar gracias a su plataforma de inteligencia artificial generativa. Vamos, que la molécula salió del cerebro electrónico de su IA. ¿Revolucionario? Sí, pero hay un detalle que pone en jaque toda esta grandilocuencia: a la hora de registrar la patente, ni rastro de la IA, solo cinco humanos aparecen como “inventores”, incluyendo al propio CEO Alex Zhavoronkov.
¿Y esto por qué pasa? La respuesta viene envuelta en leyes de propiedad intelectual que, spoiler, no están hechas para humanos artificiales. La ley sigue planteando que el inventor debe ser un individuo, o sea, una persona humana. ¿Qué significa eso? Que no importa si tu IA escupe una droga que puede salvar millones de vidas, el crédito solo podrá ser adjudicado a alguien de carne y hueso. Aquí ya empezamos con la trampa del siglo XXI: una maravilla tecnológica reconocida, pero legalmente inexistente.
El drama legal de DABUS: ¿puede un robot ser inventor?
Ryan Abbott, abogado con más de un as en la manga, llevó este problema a tribunales con una idea que parece sacada de una película de ciencia ficción pero es muy real: quería que un sistema de IA llamado DABUS fuera reconocido como inventor de un diseño para un envase alimenticio con geometría avanzada que permitía mejor transferencia de calor y facilidad para apilar.
¿Resultado? En 2022, el Tribunal de Apelaciones de Washington dejó claro que esas cuestiones “metafísicas” de si la IA puede tener derechos son irrelevantes legalmente. Literalmente dijeron: “La ley dice individuo y eso es un humano”. Punto. No hay discusión posible. Sin humanucio, no hay patente. No hay invento. **Fin del juego.**
Esto pone sobre la mesa algo muy inquietante: que por más que la IA pueda concebir ideas por sí misma, el sistema legal se queda atascado en definir la invención como un acto exclusivamente humano (algo que la propia evolución tecnológica insiste en contradicir).
El limbo de la propiedad intelectual en la era de la IA
La catedrática Sarah Korman, que trabaja en Isomorphic Labs (el spinout de Alphabet que quiere revolucionar la salud con IA), anima a echar un vistazo a lo que realmente pasa tras bambalinas. Según ella, la ley necesita evolucionar para no quedarse obsoleta frente a estos avances.
El problema es doble. Por un lado, la oficina de patentes estadounidense (USPTO) reconoce que *las IAs pueden realizar actos que si los hiciera un humano serían considerados inventores*. Pero por otro lado, formalmente **no pueden ser inventores** porque la normativa no contempla máquinas con derechos.
Actualmente, se está cayendo en un “don’t-ask-don’t-tell”: la IA es vista como una herramienta, como un lápiz o un microscopio, que no merece ni una mención en la patente. Pero tan pronto como la IA reduzca la presencia humana casi a cero, ¿qué pasará? Ahí se abre la caja de Pandora. ¿Puede un humano que apenas “hizo clic en un botón” ser llamado inventor?
¿Será suficiente con pulsar un botón para ser inventores?
Alex Zhavoronkov, el CEO de Insilico, ya admite que todavía hay humanos involucrados en la cadena: químicos sintetizando y testeando fármacos, creando variantes, examinando resultados in vitro o en animales. Pero imagina que llegue el día que todo esto se robotice a nivel extremo, una coreografía perfecta: laboratorio 100% automatizado, inteligencia artificial que diseña, sintetiza, prueba.
Entonces, alguien tendría que apretar un botón, autorizar gastos, darle al switch. Y aquí salta la pregunta de Abbott que no es banal ni filosófica, es brutalmente práctica: ¿eso convierte a la persona que apreta el botón en inventor? La respuesta hoy es NO, pero ¿cuándo cambiará? ¿Hará falta que un humano haga un aporte creativo genuino para ser inventor o bastará con supervisar?
Porque si seguimos otorgando crédito solo por pulsar botones o conceder autorizaciones, el concepto de “creador” se diluye hasta volverse un esqueleto jurídico sin carne ni imaginación.
¿Qué pasará con las patentes de drogas diseñadas por IA?
El asunto no es solo académico: tiene consecuencias directas sobre la industria farmacéutica y la innovación médica. Abbott advierte que podrían surgir demandas para invalidar patentes simplemente demostrando que los humanos mencionados no fueron los verdaderos “inventores”, o que la inteligencia artificial hizo la parte medular sin contribución humana real.
Y aquí viene otro bombazo: la oficina de derechos de autor estadounidense ha prohibido registrar imágenes y textos generados por IA. Como si no fuera suficiente que no puedan ser inventores, ahora directamente se deja en el limbo legal la creación artística o literaria con inteligencia artificial. El Motion Picture Association of America ha puesto el grito en el cielo, porque sus socios producen contenido con esas herramientas.
¿Esto ralentizará el desarrollo de nuevos medicamentos? Posiblemente. Si no se protege la creación de la IA, la inversión en estas tecnologías puede caer en picado, algo paradójico considerando que la ley de propiedad intelectual en EE.UU. existe supuestamente para “promover el progreso de la ciencia y las artes útiles” (Artículo 1 de la Constitución). Algo no encaja.
Patentes y política: la montaña rusa administrativa
Bajo la administración Biden, el USPTO intentó dar un poco de claridad con orientaciones para saber cuándo un humano debía ser nombrado co-inventor en descubrimientos protagonizados por IA. Pero Trump, que parece odiar cualquier cambio que no pueda nacionalizar o politizar a su antojo, metió reversa y volvió a la narrativa de “la IA es solo una herramienta”.
Esto significa que la aplicación de la ley puede ser un juego de ping-pong según quién esté en el gobierno, con consecuencias impredecibles para compañías y científicos. Insilico y otras empresas pioneras en medicina con IA juegan con fuego, manteniendo a humanos en el punto crucial del proceso porque saben que la ley aún no está lista para reconocer a sus algorítmicos genios.
Este limbo añade un grado de inseguridad jurídica que puede desincentivar proyectos, o forzar a los humanos a apuntarse la medalla para proteger sus intereses. Algo así como el síndrome de “tú no inventaste nada pero firmo yo para que no te roben el invento”.
Un futuro incierto con IA y derechos de inventores
La única certeza es que esto no acaba aquí. El caso DABUS no fue el fin de la polémica, sino un punto de partida.
Abott lanza la pregunta del millón: “¿Y si le pido a la IA que cure el cáncer, y lo hace? ¿Quién es el inventor? No sería yo ni la máquina, ni siquiera quien aprieta el botón”.
Casi parece una broma pesada, pero esta es la realidad que tenemos delante y que va a retorcer el sentido mismo del “acto creativo”. ¿Cómo definir inventores cuando las máquinas ya no solo ayudan, sino que generan ideas revolucionarias sin intermediarios humanos?
Solo el tiempo, y tal vez algunos juicios que hagan temblar los cimientos legales, dirán si estamos preparados para aceptar a una IA como creadora oficial o si seguiremos atrapados en un sistema que niega a las máquinas lo que no logran negar las personas: que están reinventando la invención misma.
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¿Te parece justo que la persona que aprieta un botón pueda llamarse inventor? ¿No crees que la ley está ya obsoleta para esta revolución? Aquí te dejo la pregunta.
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