Flock mete freno a su tecnología: ¿control real o paripé?
Agosto 13 de 2026 quedó marcado en rojo para Flock, esa bestia tecnológica que pone cámaras por doquier para que la policía pueda rastrear matrículas a nivel nacional. Un gigante con 120,000 cámaras repartidas por Estados Unidos que hasta hace poco parecía incontrolable. Hoy anuncia restricciones. Cambios diseñados para tratar de apaciguar el runrún creciente: nada menos que denuncias de policías usando la tecnología para acosar ex o actuales parejas. Sí, así de cafre se puso el asunto. ¿Resultado? Ciudades cancelando contratos a patadas, reclamos de grupos civiles y, como siempre, la firma dando palos de ciego con medidas que más parecen parche que solución definitiva.
Flock exige que los agentes introduzcan un número de caso criminal antes de poder buscar datos en su red. Esto, según la empresa, garantizaría que cada búsqueda tenga una razón legítima. Lo triste es que esta medida no es novedosa: ya estaban haciendo algo parecido desde el año pasado de forma opcional, pero los policías se la han saltado con términos genéricos o incluso «hehehe» (sí, en serio). El asunto es que Flock NO verifica esos números, por lo que la “barrera” es tan débil que parece una sugerencia más que un filtro. Por eso ahora obligan a usar un sistema automático de auditoría que analiza la actividad de los agentes para detectar patrones sospechosos, otro “must” que estaba disponible pero sin ser obligatorio.
Pero no te engañes: ni con el número de caso obligatorio ni con la auditoría automática la empresa se ha bajado de la burra para abrir el código. No deja que evaluadores independientes analicen cómo de efectiva o fiable es esta supervisión automática. ¿Qué confianza podemos tener en un sistema cerrado, con escasos controles externos y mucho en juego en términos de derechos civiles?
“¿Pero esto funciona de verdad?”: la trampa de la vigilancia sin control
Flock también sugiere que las agencias reduzcan el tiempo de retención de datos de 30 a 7 días, aunque nadie les impide ignorar esta “recomendación”. Y por si fuera poco, los departamentos pueden limitar qué otras agencias consultan datos específicos, filtrando búsquedas por tipos de delitos. Así que, si quieres buscar datos para un caso de “secuestro” estarás bien, pero si te da por aplicar esto a “inmigración”, te lo pueden bloquear.
Esto suena bien en teoría. Pero, ¿alguien confía en que los oficiales vayan a reportar con total honestidad sus razones? Solo hay que ver los ejemplos previos para saber que estas supuestas salvaguardas dependen demasiado de la buena voluntad de usuarios bien poco ejemplares. O la honradez de un sistema que, hasta hoy, no impone límites estrictos ni supervisión verdadera.
El impacto de Flock va más allá de la invasión a la privacidad individual. Estamos hablando de un monstruo tecnológico que literalmente permite a las fuerzas del orden investigar a ciudadanos sin sospechas fundadas, sin órdenes judiciales. Esto es un vuelco a la base misma de la justicia democrática: la presunción de inocencia. Permitir el rastreo masivo y sin filtro abre la puerta a toda clase de abusos, desde la persecución política hasta el acoso personal, pasando por un control social al estilo de ciencia ficción distópica.
La brutal respuesta pública y la caída de contratos
Las voces críticas no han dejado de crecer. El giro autoritario-modernista de la vigilancia cesó ya de ser solo una preocupación técnica para convertirse en un asunto cultural y político candente. Personalidades como Tucker Carlson no han dudado en calificar la tecnología de Flock como una pieza más en la construcción de un “estado esclavista”. Y no es exageración.
Las cancelaciones de contratos se cuentan por decenas (NPR reportó al menos 30 ciudades solo en el último año), aunque grupos activistas como DeFlock sostienen que la cifra es aún más alta. Mientras tanto, algunos estados han prohibido por ley el uso de lectores automáticos de matrículas, y otros apuestan por competir con gigantes como Axon o Motorola en lugar de seguir con Flock. La desconfianza es palpable y justificada.
Flock defiende que estos contratos caídos representan un porcentaje minúsculo de sus 5,000 clientes. Pero, ¿qué importa cuántos queden si el ruido público es tan fuerte que empresas similares empiezan a repensar su modelo? También se escudan en la argumentación del CEO Garrett Langley, que culpa de todo a la “desinformación” propagada sobre su tecnología: que si hacen reconocimiento facial (no), que si venden datos a empresas (tampoco), etc. Lo curioso es que esa “desinformación” tiene su contraparte en denuncias documentadas que apuntan a que Flock ha mentido ante legisladores y órganos municipales sobre las capacidades y límites reales de sus sistemas.
Más que un fallo, un síntoma: la crisis del modelo de vigilancia masiva
Chad Marlow, de la ACLU, ha estado en la trinchera con esta batalla y lo clava: la contestación nació por lo que supone esta vigilancia masiva para la privacidad y los derechos civiles, no solo por los casos individuales de abuso (aunque estos tampoco ayudan ni poco). El problema fundamental es que Flock ha generalizado la idea absurda de que cualquier persona puede ser investigada sin sospecha, sin warrants y en secreto, con una facilidad nunca vista.
Una herramienta que acumulaba datos para luchar contra crimenes legítimos se ha convertido en un arma contra la privacidad del común. Lo que está en juego es si estamos dispuestos a sacrificar derechos fundamentales (privacidad, presunción de inocencia, control democrático sobre la policía) a cambio de ganancias pírricas en la caza de delincuentes o coches robados. Y la respuesta honesta parece ser que no.
Por eso Flock parece en un callejón sin salida. Intenta controlar el daño con ajustes superficiales a su producto sin afrontar la raíz del problema: un sistema que permite y amplifica el abuso, sin transparencia ni supervisión independiente. Las regulaciones a la fuerza llegarán, estén preparadas o no.
El cambio “de postura responsable” de Flock: ¿realidad o lavado de cara?
Garrett Langley insiste en que están evolucionando del “todo opcional” a una posición que garantiza más “confianza” y un compromiso real con la responsabilidad tecnológica. Suena todo muy bonito y buzzword. Pero la autodefinición de “responsables” sin abrir su tecnología a auditores externos ni modificar los mecanismos de búsqueda para imposibilitar el fraude es más marketing que sustancia.
Si realmente Flock quisiera ajustarse a normas éticas y legales estrictas, no solo pondría requisitos de números de casos fácilmente eludibles, sino que crearía sistemas que directamente impidan búsquedas no autorizadas y se sometería a supervisión pública real. En cambio, lo que vemos es la continuación de una lógica privada de control con mínimas concesiones y un guiño al usuario para que sienta “confianza”, mientras la empresa sigue manteniendo en secreto lo que realmente ocurre tras bambalinas.
Así que el famoso “cambio de postura” me parece más una jugada de relaciones públicas para frenar la hemorragia que una transformación genuina. En este asunto, las palabras sin hechos son solo ruido.
Vigilar, auditar y controlar: ¿puede la tecnología de Flock cambiar con un código cerrado?
Lo que falta hoy y ha faltado siempre es un proceso riguroso y transparente que permita analizar la tecnología de Flock de forma independiente. En un sistema cerrado, sin documentación pública ni auditorías externas, solo quedan dos opciones: confiar ciegamente (un suicidio social) o la desconfianza radical.
El enorme volumen de datos que manejan es un caballo de Troya para la privacidad. Mientras no exista un marco legal robusto y un control público verdadero, la vigilancia masiva seguirá siendo terreno fértil para abusos y distorsiones. El interés público debería impulsar a Flock y otras empresas similares a abrir sus sistemas, autoinvestigarse y cooperar con expertos externos.
Pero sospecho que eso solo ocurrirá bajo presión legal, no por voluntad propia. Y cuando eso suceda es probable que la tecnología haya avanzado tanto que será mucho más difícil quitar la cortina de humo que la empresa hoy intenta sostener.
¿El fin de una era o sólo el inicio de otra más oscura?
¿Estamos ante el principio del fin de la omnipresente vigilancia con cámaras y lectores de matrículas? Esa es la gran pregunta. Por el momento, Flock hace ajustes tímidos que ignoran los problemas estructurales y no parecen capaces de devolver la confianza perdida. Los estados y municipios que prohíben o abandonan el sistema envían una señal clara: la sociedad no quiere este tipo de tecnologías sin límites.
Pero la tentación del control total es fuerte. Las empresas seguirán intentando engrasar el sistema mientras los gobiernos siguen sin definir qué se puede y qué no. ¿Quién gana? Los ciudadanos, con suerte, si logran mantener viva la presión social y legal. La alternativa es una era cada vez más opaca donde la tecnología se convierte en una herramienta más de control, no de justicia o seguridad.
Y, al final, la pregunta no es si Flock puede cambiar. Eso parece improbable. Es: ¿tú estás dispuesto a vivir con ojos electrónicos que te siguen a todas partes sin pedir permiso? Porque, de momento, parece que la pesadilla sólo acaba de empezar.
