OpenAI y la propuesta que mezcla política, dinero y una ilusión llamada “participación ciudadana”

Sam Altman, el CEO de OpenAI, lleva años cocinando una idea que suena a pócima mágica para calmar a los nerviosos: repartir entre todos los ciudadanos una porción de las toneladas de dinero que genera la inteligencia artificial. Este mes de abril, tras una ronda de financiación que puso a OpenAI en la estratosférica cifra de 852 mil millones de dólares, Altman detalló una versión algo más ‘realista’ de esta idea. Se trataría de darle a cada hogar estadounidense—sí, hogar, no persona—una tajada en forma de equity de la empresa, digamos un 5%. Eso quiere decir que, si abrieras la cuenta de la empresa hoy y dividieras ese pastel, tu familia recibiría del orden de $320 en acciones.

¿Altruismo puro? No tanto. Este movimiento tiene detrás bastante cálculo político y empresarial. Primero, la idea de que la IA “aprende” de nuestro contenido—libros, películas, arte—pero las multinacionales nunca pagan por eso. Así que esto sería algún tipo de compensación tardía. Y segundo, para que no te pongas a pensar en un futuro apocalíptico donde los robots te quitan el curro y te dejan en la calle, esta renta básica sería un colchón para que no te deshagas en ansiedad. ¿Y quién propone semejante escenario? Participan desde OpenAI con Altman a la cabeza, hasta Bernie Sanders, quien fue un paso más allá planteando que los estadounidenses reciban el 50% en acciones de las empresas top de IA.

Pero aquí la cosa se complica. OpenAI no tiene ni puta idea de cómo hacer rentable este rollo —invierten montañas en data centers y aún no ven beneficios reales— y su IPO está postergada hasta alcanzar el billón de dólares de valoración, que es otro nivel para cisnes negros. Mientras tanto, ¿qué recibe la ciudadanía? Un billete de $320 que quizá ni ve en efectivo, porque lo más probable es que se administre a través de un fondo estatal que invierta las acciones y solo reparta dividendos cuando dé la gana. ¿Buen negocio? Depende del cristal con que lo mires.

La analogía de Alaska: petróleo ahora, inteligencia artificial después. ¿Cuál es el truco?

Altman no se inventó la pólvora aquí. Su modelo se inspira en el Alaska Permanent Fund, creado en los años 70 para que los aleutianos se repartan el botín cuando se extrae petróleo. La idea básica: un recurso común de propiedad de todos tiene que beneficiar a todos, no solo a los peces gordos del negocio. ¿Suena bien? Algo así. Pero los paralelismos se detienen cuando piensas en las propiedades del petróleo versus la IA.

El petróleo, al fin y al cabo, es finito; se acaba. Eso hacía lógico pensar en repartir su riqueza limitada entre quienes habitan el territorio. La IA, según Altman, es un flujo interminable de riqueza, algo que está recién empezando y promete exprimir la economía por décadas. Por lo tanto, a diferencia del recurso que mengua, este no se agotará, sino que creará valor sin parar. Eso suena a ciencia ficción y a marketing puro para justificar la opacidad financiera de su empresa.

Lo que realmente aprendemos aquí es que la propuesta es un truco para argumentar que la ‘tarta’ va a crecer tanto que hay para todos, sin necesidad de poner freno serio al ritmo frenético de quemar capital en hardware y sueldos (porque OpenAI tampoco es benéfico). En suma: “Confía, que llegará la riqueza para repartirse”. Y si no llega, pues tú te quedas con promesas.

¿Y qué gana la industria tecnológica con esta jugada?

Más allá de la (discutible) nobleza de querer repartir ingresos, esta movida no es solo una medida social: es estrategia política fina y millonaria. La situación es así: el público odia o desconfía de las grandes tecnológicas, ni hablar de las que meten IA por todos lados. Se construyen data centers, que nadie quiere cerca de sus casas, y la gente percibe a la IA como una amenaza para sus empleos, aunque los economistas no estén tan seguros de eso.

Entonces, ¿qué mejor que lanzar una iniciativa que les ofrezca a los ciudadanos algo tangible, por pequeño que sea, como para calmar las aguas y limpiar la mala imagen? Dar una participación financiera “gratis” puede funcionar como una especie de “acción social” que les haga más llevadera la invasión tecnológica.

Para OpenAI, el valor estratégico es enorme: sentarse del lado amable del gobierno, especialmente bajo una administración Trump que se mueve como pez en el agua en estos negocios tecnológicos, bloqueando competidores chinos y quizá incluso usando la relación para conseguir favores regulatorios, subvenciones o protección comercial. Ser la estrella iluminada de la Casa Blanca en materia de IA podría significar que tus modelos no sean considerados riesgo para la cadena de suministro, o que te bajen impuestos. Dinero, poder y contactos.

¿Un cheque en mano o solo humo para el tejido social?

La idea de repartir un cheque anual por valor de unos cientos de dólares a cada familia estadounidense suena cool, pero la realidad podría ser muy distinta. La propuesta, tal como la pone OpenAI, es que el gobierno no entregue la acción directamente sino que administre un fondo que crezca y solo después reparta dividendos. Esto genera preguntas de fondo: ¿cuándo? ¿cómo? ¿y si el fondo nunca produce ganancias? El neurótico inversor aquí podría acabar enrollado en un sistema burocrático sin salida clara.

Además, la historia de bolsa y fondos de riqueza soberanos enseña que estos esquemas no siempre garantizan retornos satisfactorios a corto plazo. Alaska, que funciona con una fuente estable y regulada (y finita), no es un escenario aplicable sin riesgos a la fluctuante y emergente industria de la IA.

Aquí hace falta una cruda realidad: la mayoría de los ciudadanos podría ni enterarse, ni beneficiarse en grande. La probabilidad de recibir ese “dividendo IA” es baja, pero lo que sí se mantiene es la narrativa de un “futuro compartido” para ganarse el corazón de la opinión pública.

¿Y realmente la IA amenaza tanto al trabajo o es solo miedo barato?

Esta pregunta vuela por todos lados en el debate público. Economistas se pelean. Algunos dicen que la IA está generando automatización que puede sustituir trabajos a gran escala. Otros, que es otra revolución tecnológica con la que los mercados y los humanos se adaptarán como en tantos ciclos anteriores.

A ojos de Altman y sus propuestas, parece que se apuesta a lo peor: que un gran desplome del empleo llegará y hace falta amortiguador social. Ese colchón que la distribución de acciones podría asegurar forma parte del discurso político para ganar simpatía (y quizás invertir en políticas públicas para acelerar el cambio tecnológico).

Pero si las cosas no son tan dramáticas, ¿por qué montar esta movida que genera expectativas? Más que proteger realmente, podría ser un escape político y un freno social que permita a los grandes de la IA seguir a lo suyo mientras aparentan cuidar al ciudadano. No sea que el miedo a futuro descargue su ira sobre la tecnología que da dinero.

¿Es esta una acción genuina contra la desigualdad o solo poner un parche a la desigualdad tecnológica?

Las empresas de IA, en su mayoría, son galaxias financieras con menudo lujo para unos pocos insiders que controlan capital y recursos técnicos. La riqueza que prometen crear podría disparar la brecha entre quienes tienen mucho (y van a tener mucho más) y quienes se quedan mirando el espectáculo desde la barrera.

Repartir un 5% de las acciones no mueve la aguja financiera en términos de riqueza real. Y si la propuesta de Sanders de quitar el 50% del control a estas empresas suena a ciencia ficción extrema (y lo es), la versión light que mueve Altman tiene un aroma parecido a maquillaje corporativo en clave tecnológica.

En definitiva, estamos ante un planteamiento que puede ser útil para legitimar a las empresas de IA por una sencilla razón: poco necesita la gente para desconfiar de ellas. Y en respuesta, ellos tiran una migaja gigante en números nominales, pero pequeña en impacto real, para que no montemos un motín tecnológico.

¿Pero esto funciona de verdad? ¿O es solo una trampa de marketing político-tecnológico?

Solo es cuestión de tiempo para ver si esta idea se convierte en una realidad efectiva y tangible para millones de ciudadanos, o si se queda en el cajón de las promesas incumplidas. Por ahora, Altman ha estado hablando de variaciones de esta idea desde hace 5 años, y los detalles concretos brillan por su ausencia. Ni siquiera la locura de Sanders, con su propuesta más radical, logra calar.

Quizás, al final, todo esto sea solo el eco de un discurso que pretende conjurar fantasmas sociales (miedo a la robotización, desconfianza en las multinacionales) con un espejismo de reparto democrático. La idea de que “la IA será tan grande que todo el mundo podrá compartir” suena maravillosa, pero con esta celeridad y opacidad, da más miedo que otra cosa.

¿Cómo te quedas, lector? ¿Crees que habrá un cheque en tu buzón o solo otro power play de Silicon Valley para tenernos contentos?

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Por Helguera

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