¿De verdad sirve prohibir fumar a quienes nacen después de 2007? La generación que jamás verá un cigarro legal en el Reino Unido

El 3 de julio de 2026 ya pasó a la historia por una movida china: el Reino Unido les acaba de plantar un veto mega rígido a los productos de tabaco, pero orientado solo a los nacidos después de 2007. Esto no es “más impuestos” ni “más carteles terroríficos en las cajetillas”, sino un **prohibición generacional directa**. Sí, una especie de “endgame” contra el tabaquismo. Y no, nadie sabe si esto va a funcionar o es el último intento desesperado.

La idea es guerra total: que quienes nacieron luego de esa fecha nunca puedan comprar cigarrillos legalmente en su vida. La medida nace porque hoy en día las actuales tácticas—ataques fiscales, campañas antitabaco, gráficos de dientes podres—reducen el número de fumadores pero no desaparecen el problema. ¿Eliminarlo? Un sueño.

Cómo llega esto tan lejos: la popularidad del vapeo, campañas educativas en colegios con IA incluido, y esa generación que ve el humo como algo asqueroso, lejana y obsoleta.

Pero, ojo, no es ni un experimento inocente ni una heroicidad sin debate. Críticos aseguran que puede empujar a los jóvenes hacia el mercado negro o crear una categoría social renegada, probando qué tan legalizable y controlable es realmente. Otros, desde la biotecnología y el derecho, apuntan a que esta “estrategia final” podría abrir debates morales sobre libertades individuales y control estatal extremo.

En un mundo donde seguimos aceptando que la nicotina sea legal y que empresas alrededor del tabaco facturen miles de millones, esta política rompe el molde. Para bien, para mal, o para un poco de ambos.

Mientras tanto, los hijos de quienes crecieron con cigarrillos bailando en la cultura pop están aprendiendo a odiarlos en el colegio, con profesores equipados con herramientas de inteligencia artificial (¿escuelas consumidoras de IA que, por supuesto, también empeoran el síndrome del ojo seco digital, pero eso es otra historia?).

Así que sí, el “endgame” anti-tabaco británico es un acto de fe. ¿Volverán a fumar con 40 años escondidos bajo? No, ni hablar. ¿Generarán mafias juveniles relajadas a traficar con cigarrillos sin licencia? Seguramente. Por ahora, merece la pena apostar a que lo que está por nacer en esa nube de prohibiciones tecnológicas va a marcar un antes y un después.

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Cuando los piratas se convierten en víctimas: el legislador europeo contra el spyware hackeado por el malware que investigaba

Si el circo del spyware no te parece suficientemente loco, agárrate que viene un plot twist de película negra tecnológica soplada del siglo XXI. Stelios Kouloglou, un diputado europeo que se metió en la grieta del espionaje digital, fue pillado justo con el spyware Pegasus infiltrado en su teléfono.

¿Pegasus? Sí, ese bendito malware que parece sacado de una novela de intrigas internacionales: capaz de activar micrófono, cámara, leer mensajes y más, sin que la víctima toque un botón ni se entere. ¿La ironía? Que el tipo que encabezaba la investigación sobre este spyware terminó siendo hackeado por ese mismo malware. Brutal.

Citizen Lab, ese grupo de vigilancia digital que funciona casi como policía de sombrero contra abusos tecnológicos, lo confirmó de primera mano. Y lo que es peor: el diagnóstico fue demoledor, el Parlamento Europeo parece mirar para otro lado cuando se habla de espionaje, dejando agujeros gigantes para que estos ataques ocurran sin consecuencias reales.

La historia refleja la jerarquía y la vulnerabilidad del poder digital: **uno puede investigar el modus operandi de un cazador y ser devorado vivo si no tiene los medios o el respaldo para protegerse**. Además, nos recuerda que la regulación no es solo cosa de leyes, sino también de tecnología, ética y, claro, política con todas sus manchas.

Que Europa permita que sus propios políticos sean víctimas de espionaje masivo, sin un plan efectivo para castigar o prevenir, denota una forma extraña de negligencia o complacencia difícil de justificar en pleno siglo digital, donde la privacidad debería ser el nuevo oro.

Mientras tanto, las técnicas para blindarse se vuelven absurdamente sofisticadas y costosas, y los hackers (sobre todo aquellos con dinero y agendas políticas) siempre están un paso adelante.

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Relatos clandestinos y memoria digital: Elizabeth Bear y su biblioteca antimemoria en “You Do Your Own Time”

Pasando a otro tipo de tecnología menos tangible pero no menos potente, la escritora especulativa Elizabeth Bear pone a underground a los bibliotecarios en su historia corta “You Do Your Own Time”. Aquí, la tecnología no es solo chips y códigos, sino **memoria y resistencia contra la borradura del sistema**.

Imagínate un grupo de bibliotecarios convertidos en guerrilleros culturales, custodiando un sólido dispositivo lleno de biografías prohibidas, de gente marcada por haber sufrido en campos de trabajo o esclavitud moderna –información que los gobiernos intentan erradicar usando “agentes inteligentes” para devastar todo rastro. La joya de la corona: un SSD enviado a las estrellas, un archivo inmortal para desafiar el olvido forzado.

El contraste entre el poder opresivo del “medios y narrativas controladas” que intentan eliminar cualquier legado incómodo, y la **remota esperanza de preservar la verdad a través de la tecnología espacial y la memoria digital, tiene un rollo sci-fi y subversivo fascinante**.

No es ficción lejana: en la vida real estamos viendo cómo ciertos gobiernos manipulan información, borran historial digital, persiguen periodistas y censuran voces disidentes — pero la tecnología también puede ser la espada con la que se resiste esa supremacía. Lo que Bear desnuda es la eterna guerra entre control y libertad, trasladada a la biblioteca del futuro.

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¿Quién vigila a los vigilantes? La eterna pregunta sobre el uso de IA y la censura digital

Este año vimos un fenómeno que tiene más vueltas que un yoyó roto: Anthropic, una de las súper nuevas en el negocio de la inteligencia artificial, cerrando la puerta a usuarios chinos para evitar conflictos regulatorios extremos. VPN, cuentas remotas, proxy, lo que sea para evadir controles disfrazados en la plataforma “Claude”.

China no se queda quieta, claro, y llega a superar esas restricciones encontrando nuevas grietas, convirtiendo esto en una carrera constantemente renovada de gato y ratón tecnológico. ¿Resultado? La lucha por mantener un espacio digital “limpio” de censura o manipulación choca contra el ansia de acceso ilimitado y libre, incluso donde la ley lo prohíbe.

¿Quién sale perdiendo? Pues, al final, usuarios comunes atrapados entre un fuego cruzado de intereses políticos y empresas de IA que hacen malabares para no perder mercado mientras intentan respetar o, más bien, sobrevivir a expulsiones regulatorias y controles autoritarios.

En paralelo, compañías se ven obligadas a limitar el uso de IA para no disparar presupuestos — Tesla cortó gastos de IA a unos 200 dólares semanales por usuario, para que no se les escape la olla. Es decir, imposición económica guiando el ritmo de una tecnología que promete mucho, pero es un pozo sin fondo para quien quiera sacarle jugo sin freno.

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¿Inteligencia Artificial = inteligencia real? Yann LeCun y la dura verdad sobre el AI hype

Los gurús hablan, los boards la compran y los medios se ponen en modo profeta, anunciando que la IA va a dominarlo todo. Ahora llega Yann LeCun, padre del laboratorio AMI y ex jefe de inteligencia artificial en Meta, echando un balde de agua fría sobre la conversación masiva.

“No tenemos robots que entiendan el mundo físico ni la décima parte de lo que entiende una rata normal”, dice sin tapujos el científico. Y es que prometen máquinas listas para reemplazar cerebros humanos y terminamos con un montón de programas que saben mucho de texto, poco de realidad, y casi nada de sentido común.

Esto nos lleva al dilema clásico: la publicidad alrededor de la IA disfrazando avances técnicos muy específicos como revoluciones universales. La realidad: los modelos hoy son —pese a todo lo genial que parecen— herramientas altamente limitadas que aprenden patrones, no entienden causa y efecto ni tienen verdadera “conciencia del entorno”.

En resumidas cuentas, los reyes del hype deben hacérselo mirar: sin una base sólida en “comprender el mundo físico” todas las plataformas y asistentes inteligentes seguirán siendo caros trucos sin la autonomía que todos nos imaginamos.

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De drones, invasiones misteriosas y vigilantes fuera de serie: cuando el FBI llama a los cazadores de ovnis

El FBI tiene sus formas y protocolos pero, claro, no tienen respuesta para todo. Por eso, en diciembre pasado, cuando una flota de 15 a 20 drones invadió el espacio aéreo restringido en una base militar cerca de Boston, no quedó más remedio que llamar a los hermanos Tedesco, dos tipos que —oh sorpresa— se ganan la vida cazando ovnis.

Han armado un laboratorio móvil para seguir fenómenos aéreos que las autoridades aún no entienden ni pueden atrapar. Ni el Pentágono, ni la inteligencia, ni la Casa Blanca tenían el control del tema. Los Tedesco, ¿por qué no? Por lo menos, los federales sabían que funcionan rápido y saben dónde mirar.

El asunto no es solo anécdota para fanáticos de la conspiración: la invasión masiva de drones no identificados —y probablemente hostiles o “extraños”— revela un entramado tecnológico y político que aún no logramos descifrar, y para el que el gobierno parece no tener respuestas claras ni coordinación.

Mientras tanto, estos hermanos con pasión y gadgets se transforman en la última línea de defensa. No sé tú, pero cuando el FBI necesita ayuda privada para controlar un enjambre robotizado en cielo americano, no pinta muy bien.

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Movidas tecnológicas que nos mueven la oreja: suscripciones, vuelos supersónicos y el lado B del hardware

No todo es ciberespionaje y guerras digitales. También están las pequeñas grandes noticias que impactan nuestro día a día y reflejan hacia dónde va el consumo tecnológico.

Meta, por ejemplo, anunció que su función “Conversation Focus” para dispositivos de realidad aumentada ahora va a costar 19,99 dólares mensuales. ¿La revolución de consumo? Prepárate para una era donde hasta funciones básicas se convierten en suscripciones mensuales. El hardware puede ser fuego, pero el software es reina del pago recurrente. Bienvenidos a la era “ya no es tuyo, es un alquiler”.

Los vuelos supersónicos sobre tierra podrían volver, siempre y cuando las aeronaves sean silenciosas, claro. Reguladores empiezan a levantar el veto que llevaba décadas frenando a estos aviones. Esto no solo abre una nueva etapa en la velocidad aérea, sino que también plantea preguntas sobre la contaminación acústica, la seguridad y la sostenibilidad de las futuras ciudades aéreas.

Además, la presión por hacer que los grandes centros de datos tengan backup de energía en oleadas de calor, para no saturar el sistema eléctrico y evitar apagones, muestra cómo la infraestructura tecnológica está estrechamente atada a la lucha contra el cambio climático, aunque nadie quiere un data center de esos cerca de casa (mala fama ganada por años).

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¿Tú qué harías si tu memoria pudiera borrarse para siempre? La tecnología contra el olvido impuesto

Terminamos con una reflexión que no tiene respuesta fácil, pero que está muy atada a la forma como la tecnología ha invadido el terreno más humano y sensible: la memoria y la historia.

El SSD que los bibliotecarios ficticios de Elizabeth Bear mandan a las estrellas simboliza la resistencia contra el olvido forzado. Hoy, gobiernos y multimillonarios pueden borrar a una persona de sistemas digitales, de archivos, de redes sociales, condenándola a la invisibilidad. La narración, y con ella el legado, desaparece.

Pero la tecnología también puede ser ese faro salvavidas para preservar verdades incómodas, herencias silenciadas y voces desterradas. Cuando esto sucede a escala global (piensa en censura masiva, manipulación de información o revisionismo digital) la batalla por la historia nunca ha estado tan ligada a cables, satélites y discos duros.

En un universo donde lo que no está en línea no existe, y la memoria puede ser hackeada o borrada, proteger estos legados es ser, en cierto sentido, revolucionario. Y el precio a pagar, alto.

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¿Hasta dónde estás dispuesto a llegar para controlar, usar o proteger la tecnología que define nuestras vidas y nuestras historias?

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Por Helguera

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