Macy’s y su apuesta “AI-first”: cuando la inteligencia artificial no es un añadido, sino el eje

Murali Murugan, director senior de ingeniería en Macy’s, no se anda con medias tintas. Su mantra: “AI-first”, o “inteligencia artificial primero”, es una declaración de intenciones que desmonta la idea tradicional de solo pegar inteligencia artificial encima de los sistemas existentes. ¿Para qué? Para que todo el negocio se mueva más rápido y la experiencia del cliente sea automáticamente más relevante; no una cosa opcional o un extra molesto para los usuarios. No se trata de poner un bot simpático en la web para que te responda, sino de rediseñar desde la raíz cómo se toman las decisiones en cada proceso del retailer más grande de Estados Unidos.

La movida de Macy’s no es anecdótica, sino un reflejo del cambio radical que está viviendo el sector retail en general: dejar de ver a la IA como experimentos aislados o pilotos dispersos y pasar a integrarla de forma directa y orgánica en sistemas que manejan personalización, búsqueda, planificación operativa y hasta el desarrollo de software. Y así, cada interacción, cada sugerencia, cada movimiento de inventario busca ser una reacción inmediata, una respuesta efectiva con menos fricción para todos los involucrados.

Según Murugan, todo comenzó con casos de uso concretos y “estrechos”, donde el impacto era visible y rápido (pensemos en recomendaciones en la búsqueda o en el compromiso del cliente), logrando mejorar la conversión y reducir el desgaste del usuario frente a interfaces poco amigables. Al ver que funcionaba, la pregunta dejó de ser “¿vale la pena esta inversión?” para convertirse en “¿cuándo y cómo escalamos esto?”. Ese cambio en foco, de debate tecnológico a decisión de negocio, marca la diferencia y empuja a toda la organización hacia un enfoque 100% integrado. ¿Vestirte con realidad aumentada o tener un robot que te ayude a elegir talla? Son atractivos (y hablamos de conversiones fáciles de vender a cualquier marketero hipster), pero la verdadera revolución de la IA en retail está en la trastienda. Desde la logística hasta la respuesta instantánea a las tendencias que rebotan en el mercado, la inteligencia artificial en Macy’s —y parejo en otros gigantes— está incrustada en sistemas invisibles que deciden cómo, cuándo y qué mostrarte.

El salto más allá de chatbots: la IA que nadie ve, pero que mueve todo

Ese “gap entre señal y acción”, como lo define Murugan, es el santo grial: eliminar retrasos innecesarios, datos no procesados o decisiones hechas a ciegas. Es decir, si el sistema detecta que una chaqueta roja se está vendiendo mucho en Nueva York tras un tweet viral, la cadena de suministro, las recomendaciones en la web y la promoción en tienda se ajustan casi al instante para maximizar ventas y minimizar stock parado.

Este enfoque, basado en la “mejora continua” y feedback constante, no solo acelera todo el engranaje, sino que presiona para que las tecnologías nuevas (aprendizaje automático más avanzado, modelos predictivos, microservicios) se integren rápido y sin traumas, siempre con la meta de mejorar la experiencia del cliente. El retail ya no es un gigante torpe, sino un organismo que aprende, adapta y reacciona en tiempo real —gracias a sistemas de IA que ni sospechas que existen. Pasar de una búsqueda tradicional a una conversación natural es un salto UX brutal. Ask Macy’s, el asistente de compras potenciado por IA, apunta justo ahí. No es un chatbot cualquiera; la idea es que entienda contextos, preferencias previas y necesidades específicas (una boda de última hora, acudir a un viaje o preparar el look para un baile). En vez de pedir palabras clave rígidas, puedes contarle “necesito algo formal, pero fresco, y que aguante toda la noche” y el sistema te suelta opciones filtradas, ordenadas y hasta aconsejadas según tu historial.

Por supuesto, la magia está en los datos ocultos: la IA no solo procesa lo que escribes, sino que infiere patrones de tendencias, tu gusto personal y la disponibilidad de inventario en tiempo real. Con está combinación, las recomendaciones no son solo relevantes, sino que además ayudan a evitar decepciones por tallas o moda pasada de moda.

Ask Macy’s: cuando el asistente virtual parece tu estilista personal

Y aunque el asistente se siente “humano” (o casi), Macy’s deja claro que la IA sigue siendo un suplemento, no un reemplazo de la intuición y el toque humano. El sistema aumenta el juicio y las decisiones de los responsables de producto y marketing, no los elimina. Digamos que es un socio invisble que maximiza el potencial de la tienda, no un sustituto sentimental de una persona detrás del mostrador.

Lo que suena bien en teoría —una tienda que responde antes incluso de que pienses qué comprar— no es tan sencillo en la práctica. Embutir IA por todos lados implica desafíos técnicos y humanos. Para los sistemas, hay que asegurarse de que los datos sean limpios, se actualicen rápido y se puedan interpretar correctamente en tiempo real. Algoritmos mal calibrados o retroalimentaciones equivocadas pueden causar estragos en ventas o fricción innecesaria.

Además, existe un debate que pocas compañías admiten abiertamente: hasta qué punto la automatización puede o debe suplantar el sentido común humano. ¿Vale la pena confiar todo a algoritmos, cuando la moda, por ejemplo, no solo es datos fríos sino una expresión cultural, social y muchas veces imprevisible? La IA es potentísima identificando patrones, pero también puede encerrarte en un loop donde solo te muestra “lo que ya funciona” y evita riesgos creativos.

¿Un futuro más ágil, personalizado y menos visible? Trampas y retos de la IA

El margen para fallos sigue ahí (y seguirá), lo que obliga a que las empresas mantengan un ojo crítico y una capacidad de adaptación que no sea solo técnica, sino cultural. En Macy’s, la apuesta por “aprender de los errores rápido” busca precisamente ese equilibrio: ejecutar con velocidad, sí, pero con evaluaciones constantes para no perder la brújula humana entre tanto algoritmo. Nadie quiere una tienda que decida todo por ti sin que lo sepas. La “IA invisible” tiene ventajas indudables, pero también levanta preguntas sobre transparencia y control. Si no comprendes cómo funciona tu recomendador o qué filtros aplica, ¿puedes realmente elegir libremente? Esto cobra especial relevancia cuando los sistemas determinan desde qué producto mostrar hasta cómo fijar precios o distribuir inventario en función de predicciones y prejuicios ocultos en los datos.

Muchas veces, esta invisibilidad puede dificultar que los clientes o incluso empleados detecten sesgos o errores en las decisiones automatizadas. Por más que se respete la filosofía de “aumentar el juicio humano”, cuando gran parte del trabajo de análisis y propuesta está delegado en sistemas “mágicos”, perder el control real es fácil.

Entonces, más allá de la fascinación tecnológica, hay que exigir frameworks de gobernanza IA sólidos, auditorías constantes y mecanismos para que las personas afectadas puedan entender y desafiar decisiones. La ética y la confianza en estos sistemas es lo único que garantiza no terminar con un retail automatizado que opera como una caja negra, sin responsables claros.

¿Todo bajo control? Ojo con la “IA invisible” y sus implicaciones éticas

La IA ya no es una tendencia. El caso de Macy’s y sus movimientos estratégicos dejan claro que las empresas que no incorporen esta tecnología como eje central están condenadas a quedarse atrás en un juego brutalmente competitivo y fragmentado. La velocidad en la toma de decisiones, la personalización casi telepática y la optimización logística que ofrece la inteligencia artificial se traducen en ventaja directa para quien la implemente bien. Sin embargo, la rapidez viene con su coste: procesos de cambio interno complejos, inversión en talento técnico especializado, y una reinvención constante del modelo operativo. Además, debe existir una cultura de aprendizaje y tolerancia al error que pocas grandes corporaciones dominan, entre la burocracia y la inercia del negocio tradicional. ¿Quién nace para esto? Empresas ágiles, dispuestas a desaprender rápido y a poner la experiencia del cliente en el centro. Incluso si todo lo que ves es un asistente amigable o recomendaciones que “aciertan”, el verdadero poder está en esa red invisible de datos y algoritmos que hacen que todo funcione. Y, si nos preguntas, esto recién empieza a ponerse interesante.

Muchas veces, esta invisibilidad puede dificultar que los clientes o incluso empleados detecten sesgos o errores en las decisiones automatizadas. Por más que se respete la filosofía de “aumentar el juicio humano”, cuando gran parte del trabajo de análisis y propuesta está delegado en sistemas “mágicos”, perder el control real es fácil.

Entonces, más allá de la fascinación tecnológica, hay que exigir frameworks de gobernanza IA sólidos, auditorías constantes y mecanismos para que las personas afectadas puedan entender y desafiar decisiones. La ética y la confianza en estos sistemas es lo único que garantiza no terminar con un retail automatizado que opera como una caja negra, sin responsables claros.

¿Estamos preparados para un retail que se mueve a la velocidad de la IA?

La IA ya no es una tendencia. El caso de Macy’s y sus movimientos estratégicos dejan claro que las empresas que no incorporen esta tecnología como eje central están condenadas a quedarse atrás en un juego brutalmente competitivo y fragmentado. La velocidad en la toma de decisiones, la personalización casi telepática y la optimización logística que ofrece la inteligencia artificial se traducen en ventaja directa para quien la implemente bien.

Sin embargo, la rapidez viene con su coste: procesos de cambio interno complejos, inversión en talento técnico especializado, y una reinvención constante del modelo operativo. Además, debe existir una cultura de aprendizaje y tolerancia al error que pocas grandes corporaciones dominan, entre la burocracia y la inercia del negocio tradicional.

¿Quién nace para esto? Empresas ágiles, dispuestas a desaprender rápido y a poner la experiencia del cliente en el centro. Incluso si todo lo que ves es un asistente amigable o recomendaciones que “aciertan”, el verdadero poder está en esa red invisible de datos y algoritmos que hacen que todo funcione. Y, si nos preguntas, esto recién empieza a ponerse interesante.

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Por Helguera

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