“Tecnología nunca es neutral», dice el Papa Leo XIV. ¿Y ahora qué?
En abril de 2024, el Papa Leo XIV lanzó su nueva encíclica titulada Magnifica Humanitas, un texto que ya está dando que hablar, especialmente porque mete el dedo en la llaga sobre la inteligencia artificial (IA). Su golpe maestro: “La tecnología nunca es neutral”. Punto. Así, sin ambages, sin andarse por las ramas. No se trata de una ideología espiritualista ni de una charla aburrida para fieles, es una declaración para tecnólogos, reguladores y toda la sociedad metida en este lío del AI. Más claro agua: la IA no es una entidad etérea, sino un producto comercial lleno de intereses y con consecuencias que a veces, gracias a Dios, hasta el Papa ve claras de sobra.
No es exageración. Leo XIV habla de la IA como el cambio más grande desde la Revolución Industrial. Y lo que vienen a decir padre Séamus Finn y hermana Susan Francois, los autores de la reseña oficial en torno a la encíclica, es que la IA puede ser nuestra última Torre de Babel o el inicio de una reconstrucción común. Y para que no te quedes en las abstractas (y políticamente correctas) florituras, expliquemos bien.
La Torre de Babel vs. reconstruir humanidad: un símil que no te esperabas
¿Sabes la historia? La Torre de Babel fue intento épico de la humanidad de tocar el cielo, crecer sin freno, sin importar nada más que el progreso puro y duro. El resultado, fragmentación total, cada quien hablaba su idioma, ni un poco de cooperación ni solidaridad. ¿No te suena? Así está el mundo tecnológico ahora, con billones en juego, tácticas corporativas que a veces ni respetan el sentido común ni la dignidad humana.
Pero el Papa mete otro relato para el contraste: la reconstrucción de Jerusalén, después de violencias y desplazamientos. Ahí sí que hay movida comunitaria. Se levantó la ciudad en equipo, con todos remando en la misma dirección: hombres, mujeres, jóvenes, sacerdotes, artesanos, líderes familiares… Y el éxito vino no solo de reconstruir piedras y muros, sino relaciones. Un proyecto con Dios en el centro, no como obreros cegados por la ambición.
No está en juego un simple software. Es nuestra forma de vivir, de interactuar, de “ser” como sociedad y civilización. ¿Vamos hacia Babel, desunidos y explotados por los mega jugadores del capitalismo tecnológico, o podemos pensar en algo parecido a Jerusalén, un modelo donde todos participamos y donde la tecnología es aliada y no verdugo?
¿Pero la IA solo es una tecnología más? Spoiler: ni de coña.
Mira, las empresas de IA te venden sus productos como si fueran magia matemática, algos neutros y geniales que “simplemente” optimizan cosas. La encíclica es un cachetazo directo a ese mito. Leo XIV dice: “la IA es un producto comercial”, con intereses del mercado, concentrado en poquísimas manos que controlan el poder económico global.
Aquí no hay neutralidad porque la IA refleja quién la diseña, para qué fines la usan, y cómo la regulan (o no). Imagina que un algoritmo detecta a quién darle un préstamo, pero basado en datos sesgados; o que deciden qué tipo de contenido ves online para mantenerte pegado, sin importar si te afecta mentalmente. Eso pasa y no hace falta mucha imaginación.
Además, mientras gobiernos titubean (sin regulación firme y nacional, más allá de la ambiciosa pero parcial Ley de la UE sobre IA), las corporaciones solo miran sus beneficios. Resultado: despliegues masivos sin supervisión real, sin tablas de salvación creíbles. Ni la FTC americana ni estándares ignorados por la industria frenan el desmadre.
Cuando los inversores llegan a la fiesta: la rebelión de los accionistas
Aquí viene lo interesante del encíclico para el mundo tech: ese llamado es un espaldarazo a un movimiento en crecimiento que pocos ven. Hablamos de accionistas y fondos de inversión —NI SANTA IGLESIA NI GOBIERNO— que llevan años exigiendo a las compañías tecnológicas que piensen en ética, transparencia y riesgo real más allá del EBITDA.
¿Quiénes? Desde entidades interreligiosas hasta inversores seculares. Tienen bajo gestión más de $400 mil millones y presionan en juntas para que grandes groserías de la IA – uso en armamento, privacidad violada, impacto ambiental brutal -, se detengan. Han puesto en la mesa debates con gigantes tipo Alphabet, Amazon, Nvidia, Meta y Microsoft. Nada de mimos.
Esto va desde pedir que AI no se use para matar en guerras (recordemos Irán y los misiles guiados con IA), hasta cuestionar cómo los centros de datos consumen energía y agua a lo bestia en un mundo con crisis climática.
Y no es solo hardware. Inversionistas preguntan a compañías de entretenimiento cómo usan IA y si matan la chispa humana que hace a las historias únicas. Disney, Netflix y Warner no tienen escapatoria. Se viene una nueva era donde veamos si las startups como OpenAI o Anthropic se comprometerán a algo más que facturar hasta el infinito.
IA, derechos humanos y derechos divinos: lo que no se puede vender ni comprar
Aquí el Papa mete un mensaje que raya en lo elemental: la tecnología no puede matar, ni dañar ni oprimir a las personas. Pero ojo, no es sólo cuestión moral para creyentes, es una llamada pragmática a toda la sociedad y sistemas legales a ponerse las pilas.
Acceso a salud digna, trabajo decente, espacios creativos donde lo humano no sea borrado por algoritmos repletos de sesgo o de frío cálculo económico, son temas que pesan y deben pesar más en la agenda de desarrollo de IA.
Y no es la visión de un cura desfasado. Los liderazgos de inversión responsables de diferentes religiones y confianzas (y hasta agnósticos comprometidos) están detrás. Usan el encíclico para respaldar sus demandas de criterios claros y supervisión efectiva en cómo la IA impacta bienes públicos y derechos fundamentales.
Porque sin reglas serias, sin una gobernanza robusta, la IA puede convertirse en la herramienta definitiva para perpetuar desigualdades, vigilancia abusiva y monopolios que controlan no sólo lo tecnológico, sino la vida de millones.
¿Estamos a tiempo o ya es demasiado tarde para frenar la torre?
Pongámoslo sin romanticismos: ya estamos en marcha hacia una era dominada por la IA. Pero el Papa no se conforma con eso. Pregunta duro: ¿Qué dejaremos a las generaciones? ¿Un recuerdo de haber sido demasiado cobardes para controlar a un puñado de mega ricos y poderosos que deciden el destino común? ¿O seremos capaces de levantar algo más parecido a Jerusalén, donde el código no sea un fin sino un medio para rearmar comunidad y cuidado común?
No hay respuestas fáciles. La encíclica no viene con manual de instrucciones, pero sí cuestiona y apela a la responsabilidad colectiva. Los cristianos tienen un papel en esta película, sin duda, pero la narrativa es universal. Si la IA es un gigante comercial con poco control político, es la sociedad civil, la comunidad global, y sí, los inversores quienes deben tomar el timón.
¿Seremos víctimas pasivas? ¿O actores valientes? Difícil decidir, pero la reflexión está servida.
¿Y tú? ¿Cómo vas a poner límites al monstruo tecnológico?
Si empresas, inversores y gobiernos se están rascando la barriga, mientras armas mortales y algoritmos sesgados se despliegan sin control, es momento para que todos, desde accionistas hasta usuarios comunes, nos hagamos preguntas incómodas.
Las luces rojas ya parpadean. Basta saber mirar sin distracciones para ver que la IA no es un jugador neutral y solito para el progreso. Está entre manos de pocos, en un mundo desigual, y si nadie le pone freno, nos tocará vivir las consecuencias.
Así que: ¿qué te toca a ti? ¿Pegarte al hype y la narrativa del AI a la luna sin mirar atrás? ¿O poner tu granito, exigir más ética, transparencia, responsabilidad real? Porque, confesémoslo, de momento, parece que la historia no está de nuestro lado.
O dicho más crudo: ¿vamos a construir otro Babel, o a darle chance a una humanidad gigante, sabia y sí, magnífica? El reloj no perdona.
Artículos Relacionados
Rethinking organizational design in the age of agentic AI
Más información sobre It’s time to address
Descubre the download: keeping up with ai, and the future of ivf
