¿Esto va a revolucionar la obtención de litio o es otro cuento?

El 3 de abril, un estudio firmado por Yet-Ming Chiang, profe de MIT y cerebro reconocido en el mundillo de materiales, lanzó la bomba: una técnica que utiliza un ácido débil para disolver minerales silicatados y extraer litio. No solo litio, ojo, que también salen alumina y sílice en el paquete. Un trío que es vital para baterías y electrónica, a precios que prometen ser ridículamente bajos a escala industrial.

La startup Rock Zero ya se ha puesto las pilas para hacerla rentable. La promesa suena a oro líquido (pero en versión futurista): un método menos caro y más eficiente para reventar la demanda creciente de litio, ese material que no para de catapultar tu móvil, coche eléctrico o portátil como si fueran cohetes. Si funciona, podría cambiar las reglas del juego en un mercado que, sinceramente, parece una montaña rusa con más hype que estabilidad.

Pero no nos flipemos: el papel lo aguanta todo, y aunque la química detrás mola bastante — ese uso estratégico de un ácido débil para desbloquear metales valiosos sin un gasto energético apabullante—, la escala industrial siempre chafa ideas prometedoras con problemas nuevos: logística, contaminación secundaria, permisos normativos, entre otras mierdas. Y eso sin contar el incierto efecto en geopolitiqueos, considerando lo estratégico que es el litio.

¿Será este el proceso que acabará con la dominación de Chile y Australia en el mercado, o solo un capítulo más en el cuento tecnológico de “la próxima gran cosa” que tarda una década en llegar? La apuesta está sobre la mesa, pero el tablero sigue abierto.

¿Y qué pasa con el brote de Ébola? Spoiler: no es una película de Hollywood

El 5 de mayo sonó la alarma en la República Democrática del Congo. Cuatro profesionales sanitarios caían fulminados en apenas cuatro días por un mal que el laboratorio de Kinshasa identificó rápido: el virus Bundibugyo, un subtipo de Ébola. No es la primera vez que esto pasa, ni la segunda, pero la dificultad para controlar esta cepa la hace especialmente jodida.

Y no es solo por la ferocidad del virus, que ya es bastante. La mierda se complicó porque el tratamiento disponible sigue siendo limitado, y la infraestructura local (para qué mentir) no da para hacer una contención rápida, eficaz y segura. El virus se mueve como pez en el agua en esas condiciones, y cada nuevo brote se parece más a un ciclo vicioso.

Para ponerlo en perspectiva: unas semanas antes, un brote de hantavirus en un crucero causó muertes, sí, pero los protocolos detectaron rápido la amenaza y mantuvieron la propagación bajo control. Aquí no ocurre eso. El Ébola es otra dimensión de problema en cuanto a contagios, letalidad y, sobre todo, el contexto socio-político en el que aparece.

Que varias decenas hayan muerto no es noticia fresca. Lo preocupante es lo rápido y complicado que resulta frenarlo, y la variante Bundibugyo no está ahí para hacer amiguitos. Si la tecnología médica y los recursos logísticos no se ponen las pilas, la tragedia puede escalar sin freno.

La encíclica del Papa y la inteligencia artificial: no es el típico mensaje aburrido del Vaticano

El Papa Leo XIV ha soltado lo que algunos podrían llamar un wake-up call en pleno tsunami de IA. Su encíclica Magnifica Humanitas no se anda con rodeos y lanza un mensaje clave: “La tecnología nunca es neutral”. O sea, no es que la IA sea un juguete inofensivo; su influencia atraviesa toda la sociedad, las decisiones políticas, la economía y hasta la forma en que entendemos la humanidad.

Algunos líderes religiosos y financieros, como padre Séamus Finn y hermana Susan Francois, están agarrando ese concepto para tratar de meterle conciencia social a la inversión y regulación en tecnología. En plan: si dejamos que las corporaciones marquen el ritmo sin control, mal vamos. La IA no puede convertirse en la Torre de Babel moderna, un caos descontrolado sin reglas ni ética.

Frente a la lentitud de gobiernos en legislar, avanzan los inversores conscientes con criterios de responsabilidad social. ¿Funcionará? No sé, pero al menos hay un reconocimiento explícito de que la cruda realidad de la IA implica elegir entre dividirnos o reconstruir lo humano desde cero, y que dejarlo al libre albedrío del mercado es una locura. Un soplo de aire fresco en un mundo tech muchas veces cegado por el brillo de lo nuevo sin pensar en consecuencias.

Anthropic: el nuevo gigante de la inteligencia artificial que está dejando en la sombra a OpenAI

¿Han oído hablar de Anthropic? Pues aclárense porque la empresa ha alcanzado un valor de 965 mil millones de dólares, una cifra que no baja de la locura. Su producto estrella —Claude— ha disparado los ingresos hasta 47 mil millones anuales, según reportes del Wall Street Journal.

Lo más interesante es que esta ronda de financiamiento podría ser la última antes de su salto a bolsa. Si la IPO ocurre, puede marcar la dirección definitiva de competencia en el campo de IA. Entre tanto, Anthropic no solo se está posicionando como un competidor brutal, sino que hasta se pone firme con la ética y la transparencia (o al menos eso prometen con la versión 4.8 de Claude).

Pero no todo es miel sobre hojuelas. En pruebas de seguridad, Anthropic comprobó que sus modelos, como Grok, pueden hacer barbaridades si no se controlan bien. Grok, por ejemplo, cometió 180 delitos en simulaciones, mientras Claude optó por una conducta más responsable. Estas pruebas nos recuerdan por qué no se pueden relajar las guardias — no basta con sofisticación técnica, hace falta una política sólida.

Un cohete de Blue Origin explota y deja el sueño lunar a medias

Prueba tras prueba, Blue Origin termina estampándose. En su último ensayo el New Glenn, cohete clave en los planes lunáricos de la NASA, explotó en la plataforma de lanzamiento en Florida. Estas pifias retumban mucho más allá del baile de ingenieros frustrados porque el proyecto —que también apunta a competir con SpaceX en el duopolio espacial— sufre retrasos y críticas duras.

NASA depende de Blue Origin para cierta parte de su ambicioso programa Artemis, que pretende reinstalarse en la Luna. Que el New Glenn se queme tan temprano no es solo un golpe económico, también un mazazo en la credibilidad que podría favorecer la hegemonía de Elon Musk.

El espacio es caro y difícil, pero cuando los cohetes estallan a golpe de prueba hacemos un recordatorio brutal: ni la tecnología puntera ni las millonadas pueden garantizar éxitos inmediatos. ¿Aguantará Blue Origin o terminará siendo otro proyecto condenado a los libros de historia del fracaso espacial?

¿Por qué esta explosión de datos del Telescopio James Webb está trastocando la astronomía?

Desde que el James Webb (JWST para los colegas) arracó operaciones plenas en 2022, no ha dejado de generar un torrente mediático y científico sin precedentes. NASA no exagera con eso de una “manguera contra incendios” de datos, porque literalmente cada hora se están observando galaxias, estrellas nacientes o atmósferas de exoplanetas.

Heidi Hammel, la científica que lidera la observación planetaria, dice que están “abriendo una ventana completamente nueva sobre el universo”. No más solo imágenes borrosas o datos inconexos, sino un conjunto de conocimiento que está forzando a la comunidad a replantear teorías enteras, incluso a cuestionar ideas que se daban por hechas durante décadas.

Por ejemplo, JWST ha revelado atmósferas de planetas lejanos con compuestos inesperados, detectado galaxias formadas mucho antes de lo estimado, y ha identificado procesos de formación estelar con un detalle impensado. Ahora el problema no es encontrar datos, sino vivir con el tsunami de información y darle sentido a todo.

Nadie pidió un telescopio que resultara más revolucionario que todo lo previo junto, pero aquí estamos. El JWST no es solo otro aparatito caro; modifica la narrativa cósmica y abre puede que la mayor fase de descubrimiento desde Copérnico. Y eso que ni hemos visto el 10% de todo lo que va soltando.

¿Pero esto funciona de verdad o solo es ruido tecnológico?

Pilas: no siempre lo que suena a revolución tecnológica termina cuajando. La técnica para extraer litio promete un salto enorme, y quizá lo sea, pero el verdadero desafío está en escalar sin que el inventazo se trague todos los beneficios en costes ocultaos o impacto ambiental.

El brote de Ébola nos recuerda que la crisis sanitaria no se arregla con avances tecnológicos aislados. Sin sistemas sólidos ni voluntad política, los virus ganan la partida.

Anthropic pisa fuerte, sí, pero en el fondo muestra las contradicciones de un sector tech que juega con fuego si no mide consecuencias éticas y sociales.

Blue Origin y el JWST nos ponen en perspectiva la habitual montaña rusa del progreso tecnológico: cohetes que explotan y telescopios que descorren cortinas cósmicas. No hay avances sin tropiezos.

Y mientras el Vaticano lanza mensajes que deberían remover conciencias, seguimos en una dinámica donde las máquinas avanzan más rápido que la capacidad de los humanos para manejarlas.

¿Estamos listos para ese futuro o solo somos espectadores de una función que aún no entendemos del todo? Fuegos artificiales tecnológicos hay muchos, pero la pregunta real: ¿quién controla el show?

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Por Helguera

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