El dispositivo que quiere darle un ojo clínico a la implantación embrionaria

Hace apenas unos meses, en marzo, en Valencia, el Carlos Simon Foundation presentó algo que podría parecer salido de una película de ciencia ficción (pero que no lo es): un aparato capaz de mantener un útero humano vivo fuera del cuerpo. Casi nada, ¿verdad? Suena a «Aquí hay química», pero en realidad es una jugada para entender mejor el momento crítico que sigue desde que un embrión fertilizado «pega» en la pared uterina hasta que inicia el embarazo. Un proceso que, ojo, tras casi 50 años de IVF, sigue siendo una caja negra: sólo entre un 40% y 60% de embriones con pinta sana logran quedarse pegados.

No les basta con los métodos tradicionales donde se espera el «momento ideal» para meter el embrión en la matriz y cruzar los dedos. No, han diseñado un dispositivo que, con solo apretar un botón (y usando un pedal para no perder ese toque quirúrgico), inyecta el embrión directamente en el endometrio. Este aparato, pilotado por Xavier Santamaria (científico sénior en la fundación), incluye una cámara, luz y sensores para asegurarse de que la aguja alcance exactamente donde debe. Sin margen para torpezas humanas. Suena a que la ciencia se pone seria y la azarosa implantación podría tener las horas contadas.

Claro, no es magia instantánea. Las pruebas con menos de 10 mujeres aún no han dado embarazo, pero recuerden la historia: los pioneros del IVF realizaron 457 ciclos sin mucho éxito para que Louise Brown naciera en 1978. No hay atajos en ciencia reproductiva; la esperanza es que esta tecnología acabe siendo una herramienta más precisa para entender mejor el «pegamento» biológico que falta en el proceso.

Elegir el embrión perfecto: ¿visión de águila o apuestas genéticas?

Si te sueltan en un laboratorio con 10 huevos y una muestra decente de esperma, ¿cómo seleccionas el combo ganador? Tradicionalmente, algo tan básico como mirar quién tiene mejor pinta (óvulos que no se vean descolocados, espermatozoides con buen movimiento) era la norma. Muy artesanal y dependiente del ojo experto, pero a años luz de ciencia ficción.

Resulta que ya no basta con un ojo clínico a secas. Entra en escena el PGT-A: preimplantation genetic testing for aneuploidy. Básicamente, un test que detecta si un embrión tiene el número correcto de cromosomas. Si no, mala señal, más riesgo de aborto o enfermedades genéticas. Esta técnica ha marcado diferencia, especialmente en mujeres mayores de 38 años, donde la probabilidad de embarazo saludable incrementa y las pérdidas bajan. Para que se den una idea, este test puede acortar la tortuosa espera hasta un embarazo viable, y no es casualidad que clínicas enteras hayan adoptado este sistema por defecto.

Pero ojo, no todo es miel sobre hojuelas. Algunos embriones que dan «anomalías» en pruebas genéticas acaban dando niños 100% sanos (la naturaleza se nos ríe a la cara). Y algunas variantes genéticas podrían revertirse solas con el tiempo. Súmenle que han surgido otros tests como el PGT-P, que pretende predecir rasgos complejos: desde la altura hasta el cociente intelectual o riesgo de Alzheimer. De esos tests que suenan a ciencia ficción y peligro de «diseñar bebés». Sí, son legales solo en ciertos lugares y de momento, la mayoría de profesionales miran para otro lado o advierten sobre falta de evidencia. La ética y el sentido común aún mandan, aunque las ballenas del sector en EE.UU. empujen fuerte.

AI al rescate: cuando la inteligencia artificial se pone bata blanca

Si la selección se maneja a ojo, estamos en la edad de piedra. Por eso la inteligencia artificial está irrumpiendo con ganas en IVF. En concreto, en el manejo de muestras de esperma, óvulos y embriones. ¿Les parece un rollo? Esperen a ver lo que hacen en Columbia University Medical Center: su dispositivo Sperm Tracking and Recovery (STAR) puede analizar más de un millón de imágenes fotos al microscopio en una hora. Ni un embriólogo con lupa, paciencia y café podría ni acercarse a ese resultado. Un AI así no solo encuentra espermatozoides sanos en muestras de baja calidad, sino que ya ha sido responsable de embarazos exitosos desde noviembre pasado.

Pero la historia no queda ahí. Alejandro Chavez-Badiola, endocrinólogo reproductivo, apostó hace más de diez años por entrenar herramientas AI capaces de rankear no solo embriones, sino también huevos y espermatozoides. ¿La idea? Que estas inteligencias sean las cerebras que puedan manejar robots y automatizar procesos completos. Nada de cansancio, distracciones o días malos. Y ya están trabajando en ello.

Robots en la trinchera: ¿la nueva cara estandarizada de la fertilización?

Así que AI + robots = IVF 2.0. Chavez-Badiola con su startup Conceivable va camino de hacer realidad un sistema automatizado que toma el control de todos los pasos críticos: selección de gametos, fertilización, cultivo de embriones y transferencias. Toda una cadena de producción en la que el error humano se minimiza y la estandarización entra en juego.

¿Sus resultados? Ya se han registrado al menos 19 nacimientos de bebés tras procesos manejados por su sistema robótico. ¿Resultados excelentes? Todavía está en calibración, pero la promesa de usar robots para procesar miles de ciclos anuales para hacer el IVF más barato y accesible no es broma. La embryóloga Laura Rienzi no oculta su entusiasmo: “Automatizar ahorra horas importantes para los embriólogos y asegura que cada paciente reciba el mismo trato estándar en cualquier laboratorio del mundo”. Eso, en vez de roles improvisados según la experiencia y posible cansancio del experto.

Eso sí, barato no es sinónimo inmediato de sencillo o sin polémica. Más allá del hardware, faltan marcos regulatorios que definan hasta dónde pueden llegar las máquinas en un campo tan delicado.

Editar para vivir: ¿qué tan lejos queremos llegar con CRISPR?

He aquí el santo grial y la pesadilla ética a la vez. Usar tecnologías de edición genética—como CRISPR—para modificar embriones en IVF antes de implantarlos. Sí, suena como la puerta directa a lagos turbulentos: desde curar enfermedades hasta el temido diseño genético de bebés.

El apodo de maldito lo tiene He Jiankui, el investigador chino que en el 2018 creó polémica global al editar embriones y que nacieron tres niños con genes modificados. Lo que siguió fue escándalo y condena (pasó tres años en la cárcel). Pero no todos pierden la fe en la edición de embriones: Cathy Tie, su ex pareja y ahora CEO de Origin Genomics, defiende el uso de esta tecnología para prevenir enfermedades heredables graves como fibrosis quística, Huntington o anemia falciforme.

Pero la realidad es que la mayoría de las enfermedades complicadas no caen en la categoría «un gen = una enfermedad». Se mezclan genes, ambiente, y estilos de vida en formas que ni la ciencia controla del todo. Además, editando para prevenir un daño, ¿qué otros daños colaterales no intencionados podríamos estar generando? Es como jugar con fuego… o con genoma humano.

Desde la trinchera clínica, profesionales como Sonia Gayete-Lafuente mantienen que hasta que no comprendamos la genética con exactitud quirúrgica y con regulación como bandera, estas técnicas deben quedar en el cajón. Rienzi añade un toque pragmático: aceptar la edición solo para enfermedades bien definidas, con marco legal y supervisión. El sueño está ahí, pero no sin el pesado precio de la responsabilidad bioética.

¿Y para cuándo será todo esto accesible para el común mortal?

Que IVF mejore miles de procesos gracias a AI, robots y edición genética es una realidad que empieza a abrir las puertas a tratamientos más rápidos, estándar y menos psicológicamente costosos. El salto en tecnología puede incluso bajar precios con el tiempo, un bien necesario: recordemos que IVF sigue siendo caro, lento y doloroso, y ni hablar para quienes no cuentan con cobertura médica decente.

Pero el acceso global es un dominio todavía inexplorado. La tecnología puede llegar a grandes centros urbanos, sí, pero la brecha en regiones pobres o países con sistemas sanitarios precarios solo se ensanchará si no se piensa en políticas públicas. Para que estos avances no queden como un lujo de élite hace falta planes, regulación y voluntad política.

Lo que está claro es que el futuro del IVF no será solo humano. La fusión de robots e inteligencia artificial redefine lo que antes era casi un arte médica, para convertirlo en una ciencia mucho más exacta (y quizás menos emocional, pero efectiva).

Ahora, ¿estamos listos para adoptar esta mezcla de biotecnología y robótica reproductiva sin perder la esencia humana? ¿O vamos directo a un modelo industrializado de «fábrica de bebés»? Eso queda para otro debate.

¿el siguiente paso? Que tú me digas qué esperas o temes de esta biotecnología que viene pisando fuerte.

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Por Helguera

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