¿Qué marrón deja el combustible de los nuevos reactores nucleares?

El 2024 marca un año clave en la historia del manejo de residuos nucleares con Finlandia a punto de abrir su almacén geológico de residuos altamente radiactivos, un agujero profundo y controladísimo para enterrar el gasto nuclear a largo plazo. Mientras los finlandeses meten la cabeza bajo tierra, otros, como EE.UU., siguen empantanados en discusiones políticas y chapa burocrática desde los 80, sin avanzar un milímetro en un almacén permanente. Resultado: el combustible gastado, el que está que arde pero literalmente, se queda a la intemperie (o más bien, al lado del reactor) en piscinas o almacenamientos secos.

Ahora bien, este guión cambia una pizca con la avalancha de nuevos diseños de reactores nucleares que quieren colarse en el mercado en los próximos años. ¿Será el manejo de residuos tan sencillo como hasta ahora? La respuesta es un “depende” denso como el combustible irradiado de un reactor.

En cuanto a números: cada año la industria produce unos 10.000 toneladas métricas de combustible gastado y otros residuos altamente radiactivos que provienen mayormente de reactores que aportan aproximadamente un 10% de la electricidad global, usando tecnología clásica: uranio poco enriquecido, agua para refrigeración y plantas masivas, centralizadas y tozudas. La novedad es que los diseños que vienen van a querer jugar otras cartas, a veces con combustible y refrigerantes extraños, que podrían complicar el viejo manual del manejo de residuos.

No todo nuevo reactor será una bomba nuclear en residuo. Algunos se parecen mucho a los viejos, por lo que podrían tratar sus desechos casi igual. Pero otros van con cosas raras: por ejemplo los que usan combustible TRISO, con envoltorios multicapa que para sacarlos y tratar los materiales suponen un dolor de cabeza técnico y económico enorme, o los reactores de sales fundidas, que mezclan el combustible con el refrigerante (en forma de sal líquida) y que juegan a tener un baño radiactivo continuo que va directo a convertirse en residuo.

¿Más volumen? Sí. ¿Más calor? También (y no te cuento lo que eso implica para el almacenamiento). Pero todo eso quiere decir que las soluciones de siempre no bastarán, sino que se necesitarán adaptaciones a los procesos y las infraestructuras existentes.

El ABC del lío nuclear: bajo nivel y alto nivel, y por qué te importa

La movida del “residuo nuclear” es bullpen de problemas, pero tiene dos caras muy marcadas: residuos de bajo nivel y residuos de alto nivel.

Los de bajo nivel salen casi de la parafernalia alrededor, como la ropa protectora que se usa en hospitales o centros de investigación, y aunque sean muchos, no suponen un quebradero de cabeza gigantesco en términos de radioactividad. Los podemos guardar en el propio sitio donde se producen y, tras un tiempo prudente para que decaigan en radiactividad, se pueden tratar como basura convencional, eso sí, con algunos cuidados adicionales para no rallar.

Pero el material caliente de verdad, el que hace que te recuerdes a ti mismo no acercarte sin un traje de astronauta, es el combustible gastado, ese paquete de uranio-235 que ha pasado por el fuego y que por eso mismo contiene un montón de productos de fisión. Es tóxico y radiactivo, y produce calor residual que no desaparece en un día ni de broma. Por eso su almacenamiento y su destino a largo plazo definen buena parte del debate del sector.

Este combustible gastado se guarda inicialmente en piscinas con agua para enfriarlo (lo que se dice “almacenamiento húmedo”). Más adelante, se traslada a contenedores más gruesos de acero y cemento para el “almacenamiento seco”. Repito: agua y contenedores. Una fórmula que ha aguantado medio siglo y podría mantenerse con leves ajustes.

A la larga, la mayoría de gente del ramo piensa que la solución es un almacén geológico profundo, tipo el proyecto finlandés que ha tomado la iniciativa y que se inaugurará este mismo año. Lugares en roca estable a cientos de metros bajo tierra, donde los residuos puedan reposar tranquilos durante miles de años, sin riesgo para el planeta ni para la civilización.

Pero mientras preparan estas soluciones protocolares, hay que aguantar con lo que hay. Y los nuevos reactores no siempre encajan bien con el esquema tradicional, por eso los expertos están revisando si el manual del despilfarro nuclear necesita una actualización.

El dichoso combustible TRISO y sus consecuencias gordas

¿Que el viejo uranio enriquecido ya es un marrón? Pues la cosa se complica con el combustible TRISO, abreviatura freak de “tri-structural isotropic”. En esencia: un núcleo de uranio sellado en varias capas protectoras (carburo, grafito, etc) que lo convierten en una especie de cápsula durísima que soporta mejor el calor y las radiaciones. Suena genial, ¿verdad? Pero aquí viene el detalle: toda esa estructura de grafito que protege el combustible no puede ser fácilmente separada para reciclar o tratar, según el informe 2024 de la Nuclear Innovation Alliance.

Así que el combustible gastado no es solo el uranio, sino también todo el envoltorio grafítico, que es voluminoso y genera residuos más pesados, pero que sigue clasificándose como desecho de alta radioactividad.

Una bonanza para complicar el transporte, almacenamiento y disposición final. Aunque hay un lado positivo: esta estructura permite almacenar el combustible directamente en seco (sin la primera fase acuática en piscinas) y eso puede ser una mejora en el manejo en instalaciones nuevas.

X-energy, una compañía que desarrolla reactores refrigerados por gas a alta temperatura usando TRISO, ya ha presentado planes para lidiar con su combustible gastado ante la Comisión Reguladora Nuclear (US NRC). Y parece que el combustible TRISO podría facilitar el almacenamiento directo en seco desde el principio.

Contradictorio, ¿no? Más volumen pero menos agua. ¿Pero estamos preparados para manejar esa bola extra de residuos más “toscos”? Esa es la cuestión.

Sal caliente: El problema líquido de los reactores de sales fundidas

Otra rareza tecnológica: los reactores de sales fundidas, donde el combustible (uranio u otro) no va pa separado del sistema refrigerante, sino disuelto en un baño de sal líquida a a temperaturas elevadas.

¿Resultado? Cuando el reactor termina su ciclo, ese lote enorme de sal líquida ya no vale para nada y, como está impregnado de materiales radiactivos, se convierte en residuo de alto nivel.

Esto dispara el volumen de material radioactivo que habrá que tratar y almacenar. Además, la naturaleza líquida y su composición química compleja plantean nuevos desafíos para la seguridad, la manipulación y la geología de los almacenes. No basta con trincar solidaridad y tirarlo a un contenedor estándar, no señor.

Hasta ahora, no hay soluciones universales, pero la comunidad técnica está rallándose la cabeza para idear procesos de separación o reciclaje, o materiales específicos para contener esta ensalada caliente.

Y ojo, que no es el único problema: la química de estas sales hace que el tiempo de vida de algunos radionucleidos y su reactividad sean factores incómodos para los expertos.

Quema rápida, residuos más calientes y el baile del calor en el almacén

Se adelantan también los reactores “rápidos”, que son la crème de la crème en eficiencia, logrando quemar más porción de uranio y produciendo más energía en el proceso. Menos desperdicio de combustible, parece un avance.

Pero claro, no es oro todo lo que reluce. El combustible gastado de estos reactores guarda una densidad enormes de productos de fisión y emite una radiactividad y calor más altos que un Viernes de estrenos.

Y aunque el volumen sea menor, la temperatura es un karma que no puedes ignoran.

El calor generado es la gran limitación a la hora de meter residuos en grandes almacenamientos: más calor significa menor densidad de almacenamiento, porque si el lugar no disipa el calor rápido, la roca o el contenedor pueden romperse, provocar fallos y un potencial escape radiactivo.

Paul Dickman, exfuncionario del Departamento de Energía y de la NRC, lo resume claro: “el calor es lo que realmente dicta cuánto puedes meter en un almacén».

Y aquí brilla una paradoja: menos residuos, pero más calientes, puede acabar siendo igual de complicado o más que muchos residuos en frío.

¿Y qué pasa con el sodio y estos arreglos de alta técnica?

No solo el combustible o las sales, sino también los refrigerantes. Los reactores rápidos pueden usar sodio metálico como refrigerante. Sodio, de por sí, es una alegría para el diseño – buen conductor calorífico y relativamente barato – pero no es ni de lejos un amiguito del agua, ya que reacciona violentamente con ella.

Cuando el sodio se mete en el combustible gastado, puede fusionarse a la carcasa de las barras, generando un lío serio a la hora de prepararlo para almacenamiento o reciclaje. La separación de sodio es compleja y peligrosa.

TerraPower, con su reactor Natrium (aprobado para construcción en marzo 2024), asegura que han pensado en el tema. La empresa planea soplar nitrógeno sobre el material para remover el sodio antes de sumergir el combustible en las piscinas húmedas.

Pero esto no tapa el hecho de que el tratamiento del combustible gastado será más caro y requerirá tecnología extra para procesar tus residuos. Esta dimensión económica y técnica no suele salir mucho en el marketing nuclear, pero aquí está.

¿Pequeños reactores, pequeños residuos o un gran problema en muchos pedacitos?

Llegan los pequeños reactores modulares (SMR) y microreactores, la nueva moda para generar electricidad distribuida. Menos potencia cada uno, pero con la promesa de ser más flexibles, fáciles de construir y quizá más seguros.

Pero el inconveniente: en lugar de un solo sitio enorme almacenando residuos, tendrás veinte, cincuenta o cien sitios mini con sus propios combustibles gastados, que no se pueden llevar a la papelera ni tirar en el jardín.

En EE.UU., donde la mayoría de residuos se quedan in situ, tener decenas o centenas de almacenes distribuidos no pinta bien para la gestión, no solo por seguridad, sino por costos y logística.

La idea que se está explorando es traer todo ese combustible de vuelta a un único lugar maestra, probablemente el de fabricación de los mismos reactores. Centralizar, para no multiplicar el problema como los panes y los peces.

De nuevo, el asunto viene con responsabilidades claras: las compañías constructoras y operadoras deberían diseñar con la gestión de residuos en mente desde el principio y cargarse con el deber de hacerse cargo de lo que producen. Nada de externalizar problemas.

¿Qué nos están ocultando en esta historia del residuo del futuro?

Los nuevos reactores son, en su mayor parte, todavía prototipos o apenas están en fase de certificación. La realidad del residuo que producirán no va a estar clara hasta que se pongan en marcha, operen y se les pueda analizar a fondo.

Ingenieros y políticos trabajan con simulaciones, modelos y parafernalia técnica, pero pocos saben en detalle qué sorpresas o problemas concretos surgirán.

Allison MacFarlane, ex presidenta de la NRC y directora actual en Canadá, lo refleja muy bien: estos bichos «no existen aún, y no sabemos en detalle qué clase de residuos van a generar». Es decir, mucho hype y promesas, pero con el pánico lógico que da jugar con el fuego sin saber bien qué cenizas quedarían.

¿Estamos listos para esos residuos? ¿O es simplemente poner paños calientes y confiar en que la tecnología y el tiempo tendrán la última palabra? La carrera está abierta, eso seguro. Y ojalá no nos explote en las manos. ¿O sí?

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Por Helguera

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