¿Pero qué pasa con esos gritos contra la IA en Londres?

El 28 de febrero de 2026, en pleno King’s Cross, epicentro tech londinense, un par de cientos de personas se pusieron a cantar eso de «Pull the plug! Stop the slop!» —algo así como «¡Desenchúfenla! ¡Paren el desmadre!»— mientras marchaban frente a las oficinas de OpenAI, Meta y Google DeepMind. Y no fue un grupito cualquiera; salió de la unión entre Pause AI y Pull the Plug, coaliciones que aseguran haber reunido la mayor protesta anti-IA jamás vista.

Los investigadores llevan años advirtiendo sobre los daños —tanto reales como muy imaginados— que generan estos monstruos generativos de lenguaje y más, como ChatGPT o Gemini de DeepMind. Lo nuevo: esas preocupaciones hijas del escepticismo académico ahora se materializan en la calle, en gente que no solo twittea, sino que se mueve literalmente para ponerle un alto a la bulimia tecnológica.

¿Producto de miedo irracional o legítimo puñetazo a una tecnología que sigue creciendo sin freno? Mala noticia para quienes pintaban la IA como un milagro sin tacha: la tensión social ya está aquí. Los manifiestos no son solo teoría; ahora se ven con pancartas, con voces que no encuentran filtro. No es solo cuestión de “¿será buena o mala?” sino de «¿quién controla esto?» y «¿a qué costo para la sociedad?» Mientras los activistas protestaban en Londres, al otro lado del Atlántico el Departamento de Defensa de Estados Unidos estaba metido en un lío con Anthropic, la empresa detrás de Claude, un modelo de IA que empieza a calentar motores. Resulta que querían que Anthropic usara su tecnología para analizar datos masivos recopilados de ciudadanos estadounidenses. Suena invasivo, lo es. Y Anthropic no estaba demasiado dispuesto a echarse encima esa etiqueta de «riesgo de seguridad».

El gobierno de EE.UU. y su estrecha obsesión con Anthropic

Las negociaciones se hicieron un baile político y empresarial: OpenAI terminó por entrarle fuerte a ese acuerdo que Anthropic dejó caer. Pero no sin que la prensa haya descuartizado el proceso pieza por pieza (el New York Times ofreció un play-by-play de la tormenta). Por lo que, entre acusaciones, demandas legales prometidas y desaires diplomáticos, la discusión sobre IA y privacidad en EEUU termina siendo menos secreta de lo que esperaban.

Todo este maremoto sirve para un punto crucial: esos «vehículos neutros» que nos venden de IA esconden un potencial impresionante para el espionaje masivo, para el análisis sin consentimiento y la manipulación. Que una agencia gubernamental apueste por esta merma en derechos civiles destapa las ganas de jugar a ser oráculos con datos que no les pertenecen. Aviso a navegantes: esto no acaba aquí. Desde 1957, cuando el Sputnik abrió camino, la Tierra se ha ido ahogando lentamente bajo una capa grasosa de metal y cables en órbita. Hoy en día, el número de satélites activos crece como si no hubiera mañana: de unos 3,000 a casi 14,000 en cinco años. Quiere decir que esta esfera tecnológica no para de expandirse, cada vez más densamente poblada de antenas, telescopios y tecnología orbital variada. Este anthroposfera espacial no solo es impresionante por la cantidad, sino por la velocidad con la que crece y, sobre todo, por el problema creciente de su basura. Los restos inertes, piezas pequeñas o satélites abandonados son proyectiles potenciales para un teatro de colisiones que nadie quiere, pero que probablemente se esté cocinando a fuego lento. La saturación orbitaría no es sólo un problema técnico, sino una bomba de humo para futuros desastres tecnológicos y geopolíticos.

¿Quién limpia? Nadie de momento. Empresas privadas mechadas con agencias espaciales luchan por ver quién pone su nombre en la próxima misión de limpieza, pero la burocracia y la competencia pueden dejar a la humanidad flotando en una sopa de chatarra. Esto es Ciencia-Ficción envejecida malamente y con consecuencias reales: si se saturan las órbitas más útiles para comunicaciones y observación, nos quedamos sin GPS, sin datos globales, sin satélites meteorológicos… Y el apagonazo puede ser global.

Satélites y basura espacial: la capa humana que envuelve al planeta

¿Sabías que detrás del boom del ChatGPT y sus hermanos hay una voracidad energética que haría palidecer a cualquier central térmica? Investigadores como James O’Donnell y Casey Crownhart han rastreado y desglosado el consumo energético real de entrenar estos titanes de texto. No te lo esperabas: cifras estratosféricas que ponen en jaque la idea de que la IA solo es intangible y “limpia”.

La factura no solo es eléctrica, sino climática. Más servidores, más refrigeración, más dispositivos. Y ojo, que la industria no es uniforme: ciertos modelos con más dados y capas consumen cantidades astronómicas de electricidad, mientras que otros menos «potentes» usan menos pero aún así se acumulan rápido. Necesitamos pensar en la huella digital de IA como algo real, medible, y sobre todo, gestionable —porque a este paso, la promesa verde del mundo digital es pura pose.

El debate no está en apagar la IA, sino en crear un balance sostenible, si la elegancia que aporta va a valer la pena cuando el planeta caliente como nunca. ¿Alguien se está tomando en serio los datos? Sí, unos pocos, y por eso cuentan con premios y reconocimientos en periodismo riguroso y profundo. Pero en la práctica, la mayoría solo quiere que esto se vaya a la luna sin mirar atrás.

AI y el monstruo energético: ¿quién aguanta tanta hambre?

La industria de la IA está atrapada en la monocultura de los grandes modelos de lenguaje (LLMs). Este enfoque ha dominado los últimos años, pero varios investigadores ya hablan de un próximo salto: algo que no sea solo zopas digitales que balbucean palabras con ritmo. El 3 de marzo de 2026, una discusión en LinkedIn Live promete abrir la caja de Pandora sobre qué viene después —y los rumores suenan a que el terreno podría cambiar completamente. ¿Viene nueva arquitectura, nuevos métodos, o un cambio paradigmático que deje en segundo plano la generación de texto para dar paso a algo más multimodal, más integrativo, más… digamos, inteligente? El músculo financiero y comercial sigue apostando a los chatbots y asistentes, pero los cerebros inquietos del sector no paran de murmurar en los pasillos: «la próxima era podría ser otra cosa».

Si te interesa el futuro (pero el real), no esperes que te lo cuenten fácil o sin rodeos: el hype está servilista al poder. Esto va para los que quieren entender las tripas y no quedarse sólo con la superficie brillante. Va a haber más de un giro, y probablemente alguno que nadie vea venir. O al menos, no los de siempre.

Recordemos que hace justo 16 años, Steve Jobs sacó el iPad pensando en revolucionar cómo accedemos a la tecnología. Para los usuarios no hablantes, especialmente, se prometía un cambio radical en la comunicación asistida. Y sí, el aparato abrió puertas —pero las aplicaciones que realmente podrían haber explotado ese potencial se quedaron por el camino.

El futuro de la IA: ¿adiós a los grandes modelos de lenguaje?

Hoy, solo hay media docena de apps accesibles que funcionan para comunicación alternativa, y te cuestan entre 200 y 300 dólares cada una (con menús lentos y símbolos toscos). Para un elemento tan básico como hablar con los demás, el ritmo de desarrollo es paupérrimo; un contraste brutal contra la velocidad con la que otras apps mutan y se vuelven ‘virales’. Esto no es un fallo menor. La tecnología como la IA y los dispositivos móviles deberían amplificar la inclusión, no ser una boutique costosa para unos pocos. Pero el hecho es que el negocio manda, y la accesibilidad sigue siendo un sector subatendido. ¿Quién pierde? Exacto. Los que más dependen de estas herramientas para no quedar mudos en un mundo que no da tregua. Al ver manifestaciones, batallas entre gigantes de IA y gobiernos, satélites saturando nuestro cielo y promesas que se quedan a medias, uno se pregunta: ¿esto realmente avanza o solo es un remake acelerado de viejos errores tecnológicos? Vale, la IA puede tener futuro y los avances espaciales son una locura, pero ¿a qué precio? ¿Y para quién?

Si un puñado de manifestantes protesta, un whistleblower de Amazon comenta la presión infernal por usar IA para exprimir productividad mientras reduce personal, y la accesibilidad tecnológica sigue arrastrando los pies… mal vamos. No todo es brillo y hype; detrás hay problemas reales que pocos se atreven a afrontar de frente.

Así que la próxima vez que veas un titular sobre IA o satélites, no te quedes solo en lo espectacular. Pregúntate lo que la historia no dice, lo que avergüenza y lo que podría significar para ti cuando la tecnología ya no sea solo una herramienta, sino un monstruo a domar. ¿Estamos listos?

¿Y la accesibilidad? El iPad fue el supuesto salvavidas

Recordemos que hace justo 16 años, Steve Jobs sacó el iPad pensando en revolucionar cómo accedemos a la tecnología. Para los usuarios no hablantes, especialmente, se prometía un cambio radical en la comunicación asistida. Y sí, el aparato abrió puertas —pero las aplicaciones que realmente podrían haber explotado ese potencial se quedaron por el camino.

Hoy, solo hay media docena de apps accesibles que funcionan para comunicación alternativa, y te cuestan entre 200 y 300 dólares cada una (con menús lentos y símbolos toscos). Para un elemento tan básico como hablar con los demás, el ritmo de desarrollo es paupérrimo; un contraste brutal contra la velocidad con la que otras apps mutan y se vuelven ‘virales’.

Esto no es un fallo menor. La tecnología como la IA y los dispositivos móviles deberían amplificar la inclusión, no ser una boutique costosa para unos pocos. Pero el hecho es que el negocio manda, y la accesibilidad sigue siendo un sector subatendido. ¿Quién pierde? Exacto. Los que más dependen de estas herramientas para no quedar mudos en un mundo que no da tregua.

¿Vale la pena el circo tech? Y tú, ¿qué opinas de todo esto?

Al ver manifestaciones, batallas entre gigantes de IA y gobiernos, satélites saturando nuestro cielo y promesas que se quedan a medias, uno se pregunta: ¿esto realmente avanza o solo es un remake acelerado de viejos errores tecnológicos? Vale, la IA puede tener futuro y los avances espaciales son una locura, pero ¿a qué precio? ¿Y para quién?

Si un puñado de manifestantes protesta, un whistleblower de Amazon comenta la presión infernal por usar IA para exprimir productividad mientras reduce personal, y la accesibilidad tecnológica sigue arrastrando los pies… mal vamos. No todo es brillo y hype; detrás hay problemas reales que pocos se atreven a afrontar de frente.

Así que la próxima vez que veas un titular sobre IA o satélites, no te quedes solo en lo espectacular. Pregúntate lo que la historia no dice, lo que avergüenza y lo que podría significar para ti cuando la tecnología ya no sea solo una herramienta, sino un monstruo a domar. ¿Estamos listos?

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Por Helguera

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