¿Breast Biomechanic? Sí, y tiene más sentido del que imaginas

Joanna Wakefield-Scurr, profesora de biomecánica en la Universidad de Portsmouth, lleva dos décadas luchando contra el desconocimiento más absurdo: el maldito sujetador. Empezó en 2006, cuando un dolor en sus mamas la llevó a una conclusión tan lógica como inexistente: ¿por qué no aplicar ciencia a lo que tantas mujeres sufren a diario? Y no hablamos sólo de comodidad, sino de dolor, rendimiento deportivo y hasta salud.

Ahora lidera una escuadra de 18 investigadores que no paran de descifrar cómo reaccionan las tetas al movimiento, especialmente bajo estrés físico — correr, por ejemplo. El resultado no es solo para que las mujeres no se sientan torturadas; es para revolucionar la industria entera que, spoiler, ha estado bastante dormida en los laureles. Sus conclusiones ya dicen que los mejores sujetadores deportivos incluyen bajo alambre, copas acolchadas, tirantes ajustables y cierres de gancho y ojo. Esto reduce el movimiento de las mamas hasta un 74% comparado con no llevar nada. Y aunque parezca un avance obvio, antes no existía ni este consenso.

El enigma anatómico: ¿por qué es tan complejo diseñar un sujetador perfecto?

Pocos tejidos humanos se quedan colgando en el vacío sin apoyo óseo, cartilaginoso o muscular. Esto no es un detalle menor; significa que o te metes en un charco desconocido o más te vale inventar la rueda. Wakefield-Scurr y su laboratorio fueron pioneros en mapear el movimiento tridimensional de las mamas durante el ejercicio. No sólo suben o bajan; se balancean de lado a lado y van y vienen. En pocas palabras, juntas hacen un baile intenso que puede llegar a unas 10,000 oscilaciones en hora y media de trote lento.

¿Alguien había pensado en esto con tanto detalle? Pues no. Antes de esto, las marcas se limitaban a diseños estéticos o de suposición. Para ellas es una cuestión médica porque un mal diseño puede empeorar la movilidad pulmonar y causar dolor de espalda, cuello o hombros por compensación muscular. El extraño fenómeno de la “palmada en el pecho” o “breast slap”— ese momento donde el pecho golpea violentamente el torso— es una fuente brutal de dolor y, literalmente, una barrera para que muchas mujeres hagan deporte.

¿Por qué el sujetador sigue siendo una trampa incómoda?

Vale, sabemos que el sujetador es necesario. Pero, ¿por qué hay que elegir entre un modelo que me soporte, me apriete al límite y me deje sin aire; y otro que me deje respirar aunque eso signifique ir botando pechuga por la pista de atletismo? Esa dicotomía no debería existir. La investigación reciente revela que la percepción del dolor y la vergüenza generalizada (sí, vergüenza por moverse demasiado) están frenando la participación deportiva femenina de forma tangible. Tener un sujetador que funcione no sólo evita la tortura física; libera una barrera social que muchas ni siquiera identifican como lo que es.

Pero la cosa se pone más complicada cuando entramos en dinámicas biomecánicas. ¿Es prioritario eliminar todo el movimiento del pecho? ¿O es mejor reducir la velocidad a la que se mueve? ¿Qué pasa con ese lag entre el torso y las mamas? La investigación aún no tiene claro cuál de todos los ángulos es más importante para diseñar la prenda definitiva. Mientras tanto, las mujeres tienen que apañárselas con lo que hay, que ni de lejos es perfecto.

Innovación en materiales: por fin algo que responde a cómo nos movemos

Wakefield-Scurr no se conforma con las reglas tradicionales. Está probando tejidos “inteligentes” que alteran su tensión según el movimiento del cuerpo, o sea que se adapten en tiempo real a si estás en descanso o zampando kilómetros. Esto va más allá del elástico clásico; son materiales que se aprietan, estiran o se relajan según la dinámica precisa del movimiento. Estas maravillas podrían romper el eterno dilema entre comodidad y soporte. La idea es tan simple como revolucionaria: un futuro donde los sujetadores no aprieten ni se suelten cuando no toca, que ayuden al cuerpo a funcionar sin impedimentos y sin dolor. Para esto, Wakefield-Scurr colabora con fabricantes de tejidos y marcas de ropa deportiva que ya están un poco hartas del básico “más por menos”. Sin embargo, el ritmo demanda una producción ágil para satisfacer a tantas mujeres que vienen fuerte al deporte de alto impacto (y, claro, no tienen ganas de sufrir por ello).

Podrías pensar que todo esto es un mareo para vender otro sujetador más caro (y probablemente lo es). Pero el equipo de Portsmouth no está en la trampa del marketing cualquiera. Sus cálculos rigurosos, el escáner de movimientos y la medición precisa demuestran que no sólo hay estudios serios detrás, sino que estas mejoras tienen un efecto palpable y medible en el cuerpo.

¿Pero esto funciona de verdad o es puro marketing disfrazado?

Más interesante es que todo lo que nos vende una marca deportiva de nivel (Nike, Adidas) no siempre se traduce en biomecánica aplicada y validada. Muchos hacen pruebas de estrés a los tejidos pero no integran datos tan complejos como la simultaneidad y el lag entre distintas partes del cuerpo en movimiento. Wakefield-Scurr y su grupo son los que ponen los números en el papel y aíslan qué es realmente relevante y qué es paja para parecer “techie”.

Mientras la investigación avanza, la mayoría de las mujeres siguen comprando sujetadores con más intuición que ciencia. Las marcas pequeñas o los modelos casuales no replican estos descubrimientos. Es más: demasiadas marcas grandes se aferran a la estética y el “marketing rosa” sin invertir en experiencia biomecánica real. Esto choca de frente con la necesidad creciente, porque cada vez más mujeres se animan a deportes de impacto, y el cuerpo no perdona mal diseño.

¿Y el resto del mundo? Aún no se entera, y eso es un problema

Las cifras son claras: un mal sujetador lleva a menos deporte, dolor y problemas de espalda a largo plazo. Problemas que se podrían reducir notablemente con algo tan sencillo como unir biomecánica + materiales inteligentes. ¿Por qué no está pasando a gran escala todavía? Porque, simple y llanamente, el ‘lobby’ de la moda femenina y la industria textil (que es un monstruo millonario) se mueve muy lento, y la mayoría de los consumidores tampoco exigen sofistificación técnica.

Un detalle que no se menciona mucho: ¿podría la tecnología wearable meterse en la ecuación? Sensorizar los movimientos del pecho para ajustar en tiempo real la tensión del tejido sería el nuevo santo grial. Responder y adaptarse automáticamente a cada movimiento, a cada zancada, a cada respiración. Suena a ciencia ficción, pero solo un poco.

¿Dónde queda la tecnología wearable en todo esto?

Wakefield-Scurr prueba con materiales que se tensan o ceden según el movimiento, pero añadir sensores y conectividad podría abrir un mundo donde el sujetador no solo soporte, sino que también informe al usuario — y quizá al atleta— cómo se comportan sus músculos, posturas y tensiones en tiempo real para optimizar rutina y evitar lesiones. Ni que decir tiene que esto implicaría otro nivel dentro del ecosistema sports tech que mueve miles de millones cada año…

Ahora que sabemos que el progreso en biomecánica mamaria no viene de maquillajes ni campañas de influencers, sino de análisis científicos, queda preguntarse: ¿cuánto tardaremos en ver esta revolución penetrar el mercado masivo? Y mientras tanto, ¿quién se anima a dejar de ignorar un problema que lleva siglos allí, colgando (sin apoyo) y pidiendo soluciones decentes?

Ahora que sabemos que el progreso en biomecánica mamaria no viene de maquillajes ni campañas de influencers, sino de análisis científicos, queda preguntarse: ¿cuánto tardaremos en ver esta revolución penetrar el mercado masivo? Y mientras tanto, ¿quién se anima a dejar de ignorar un problema que lleva siglos allí, colgando (sin apoyo) y pidiendo soluciones decentes?

Por Helguera

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