THORChain: ¿un sueño descentralizado o un espejismo de control?

Mark Zuckerberg preparándose para declarar en un juicio sobre adicción a las redes sociales, mientras a miles de kilómetros, Jean-Paul Thorbjornsen (más conocido en los criptomundos como “leena”) bautizaba en secretos una cripto-revolución que prometía ser la utopía: THORChain. Ese blockchain “permissionless” donde cualquiera puede cambiar criptoactivos sin pedirle permiso a nadie. ¿Ideal, no? “Descentralización total para fluidificar el intercambio de monedas digitales”, dicen.

Pero el pastel se empieza a desmoronar rápido cuando en enero del año pasado más de 200 millones de dólares en criptomonedas de usuarios quedaron bloqueados. ¿Cómo? Resultado de una intervención autoritaria inesperada: un admin override que congeló cuentas y operaciones, algo que para el público —y el discurso oficial— nunca debería ser posible en un sistema descentralizado. El hombre detrás de THORChain insiste que la plataforma es fiel al espíritu original de Bitcoin, esa idea brillante de un sistema financiero sin gobiernos corruptos metiendo las manos. Pero este gran patinazo recuerda que “libertad” y “descentralización” parecen conceptos más maleables y menos absolutos cuando las sumas de dinero se vuelven muy jugosas.

Y ni tú, ni yo, ni nadie tiene claro quién maneja realmente los hilos. El misterio del “quién manda” desvela una verdad incómoda: la descentralización absoluta es una falacia a medias, una especie de limbo operativo donde alguien, en algún sitio, tiene que poder ejecutar un override para evitar que todo se vaya a la mierda o, mejor dicho, para salvarse a sí mismo (u otros). ¿Pero a costa de quién? ¿De miles de usuarios confiados que creyeron que no había ningún “jefe”? Lo fascinante (y perturbador) aquí es cómo la narrativa de “poder al pueblo” choca con la realidad práctica de la tecnología blockchain y las decisiones humanas que la dictan.

THORChain nos recuerda que los ideales cripto a menudo habitan en el limbo entre lo técnico y lo político. Un espacio donde la seguridad, la confianza y la transparencia deberían ir de la mano, pero que en la práctica se enfrentan a rendimientos, vulnerabilidades y, sí, fallas de control que pueden congelar miles de millones sin previo aviso.

¿Pero quién controla realmente los “robots” del futuro?

El humano ha sido, desde su génesis, una máquina nata para prever. Lo que nos diferencia no es solo el cerebro, sino esa capacidad mediocre pero constante para anticiparnos al mundo que nos va a tocar vivir. Las predicciones, a pesar de ser erráticas, nos han ayudado a sobrevivir y a moldear nuestro entorno. Ahora, en pleno siglo XXI, vivimos en una era saturada de pronósticos que nos aturden (que si la IA revolucionará todo, que si las catástrofes climáticas, que si esto o aquello). La avalancha de predicciones es apabullante y omnipresente.

Pero aquí viene la pregunta incómoda: ¿realmente queremos que cada aspecto de nuestra vida se regule por “oráculos” algorítmicos? Si antes nos bastaba con confiar en la intuición, ahora pares y señales de una IA lo marcan todo. Tres nuevos libros coinciden en un punto que no nos gusta admitir: las predicciones no son solo ciencia, ciencia, ciencia; son fundamentalmente poder y control. Cada algoritmo que nos dirige o condiciona busca posicionarse como la voz del “futuro seguro” que nadie puede desafiar.

El problema no es solo tecnológico. El problema es político: ¿Quién diseña esas predicciones? ¿Cómo afectan sus sesgos, intereses y limitaciones? A veces parecen inocentes filtros de datos, pero el día que esas profecías se conviertan en autoprogramas autoritarios, seremos peones en un tablero invisible. Ahí reside la verdadera frontera que no cruzamos a menudo: la IA no es neutral y no funciona para todos por igual.

Que nadie se confíe: los “robots que predicen el futuro” solo son tan benignos como lo permitan sus creadores. Una mirada crítica y sin vendas a estas profecías digitales es más urgente que nunca. ¿Nadie quiere soltar unas preguntas incómodas? Aquí tienen unas cuantas.

El internet de las alturas: ¿la solución o un nuevo circo tecnológico?

¿Se imaginan navegar por internet desde el desierto más remoto o la cima de una montaña inaccesible? En serio, todavía hay 2.200 millones de personas sin acceso decente a internet y la solución podría estar en el firmamento. Este año podría ser el momento en que las plataformas de internet stratosférico despeguen (literalmente). Hablamos de globos aerostáticos, drones no tripulados y otras redes hiper-altas que extienden la conectividad mucho más allá de las antenas y cables tradicionales.

Prometen velocidad, alcance y menos dependencia de las infraestructuras terrenales (esas que muchas veces son carísimas y complejas en países en desarrollo). El proyecto es tan ambicioso que ya está siendo producto de podcasts exclusivos de MIT Technology Review narrados para entender en profundidad lo que se viene. Muchos medios lo presentan como “el futuro” (y puede serlo), pero la duda reside en si estos zorros voladores realmente lograrán superar los obstáculos técnicos y políticos sin convertirse en un fiasco más.

Los desafíos no son menores: costos astronómicos de mantenimiento, regulaciones aéreas, interferencias, y quién controlará la red una vez instalada. ¿Un monopolio estatal? ¿Gigantes de telecomunicación? ¿O el libre mercado caótico al estilo crypto pero en el aire? Desde ya, lo atractivo es imaginar un mundo donde la conexión no sea privilegio de las grandes ciudades, sino derecho de todos. Pero cuidado con regalar nuestras esperanzas sin cuestionar la infraestructura invisible que vendrá detrás.

Las caras menos visibles de la revolución tecnológica

Mientras la prensa se rinde ante las hazañas de Elon Musk o Jeff Bezos, ciertos detalles cruciales pasan desapercibidos. Por ejemplo, Microsoft tiene un plan para invertir $50 mil millones en llevar IA a la llamada “Global South” hacia 2030. Eso es mucho más que una promesa: India, con su crecimiento explosivo, ya está gestando modelos de IA localizados para 22 idiomas nativos, evitando depender solo de “Google-centrismo” o tecnologías importadas.

Sin embargo, la introducción a gran escala de IA en estas regiones no llega sin polémicas. Los modelos en educación privada ya causan desastres, generando planes de estudio erróneos que perjudican más de lo que ayudan. Y no hablemos de cómo la gentrificación digital está derribando parcelas dedicadas a viviendas para construir data centers (sí, esos monstruos de consumo energético que nadie quiere en su barrio).

Tesla también reciente un golpe: California le ha prohibido usar el término “Autopilot” y “Full Self-Driving”. Una forma sutil de decir “no te pases”, porque la tecnología ni es tan mágica ni tan segura como la vendían. Algo similar sucede en apps como Grindr, donde bots y la IA han arruinado la experiencia de usuario para muchos. Todo indica que la tecnología avanza rápido, pero no siempre hacia donde esperamos.

¿Dónde quedó el “componente humano” en esta mezcla tecnológica?

La carrera por implementar avances, desde trenes de hidrógeno hasta control de sueños inducidos por neurociencia, invita a reflexionar sobre el precio de perder ese humanismo que ni la inteligencia artificial puede replicar. El primer tren de pasajeros con células de combustible de hidrógeno en Estados Unidos acaba de hacer pruebas en Colorado antes de entrar en servicio en California.

La apuesta por decarbonizar el transporte ferroviario está en discusión: ¿hidrógeno? ¿baterías? ¿líneas eléctricas? Estas decisiones parecen técnicas, pero en el fondo esconden debates políticos sobre cómo queremos que sea (o no) la movilidad del futuro. Algunos ven estos trenes como símbolos de esperanza, otros como distracciones costosas y poco parciales.

Al mismo tiempo, la neurociencia intenta “hackear” los sueños para inducir lucidez o influir en su contenido. Suena a ciencia ficción, pero no lo es. ¿Nos controlaremos a nosotros mismos o terminaremos manipulados por tecnologías que entran sin permiso en nuestro mundo onírico?

En definitiva, la tecnología no solo hace nuestro entorno más complejo; también nos plantea preguntas éticas, sociales y personales que atender antes de dejar que la máquina tome el mando.

¿Y tú qué opinas? ¿Confías en las “promesas” tecnológicas o crees que nos están vendiendo humo?

No hay escapatoria: la tecnología sigue devorando cada rincón de nuestra vida. Desde blockchains que se presentan como libertarias pero esconden controles centralizados, hasta algoritmos con cara amable que predicen nuestro futuro mientras amplifican desigualdades.

El internet en las nubes puede ser maravilloso, pero ¿qué pasa con quién lo regula? La IA puede iluminar caminos, pero también cegar con profecías injustas. Las soluciones verdes son brillantes pero también enfrentan una puja feroz entre innovación real y distracción política.

Queramos o no, la tecnología hace une espejo que refleja no solo lo que podemos hacer, sino quiénes somos bajo esa máscara digital. Cada avance trae promesas que, si no vigilamos con atención y escepticismo, podrían convertirse en trampas disfrazadas de progreso.

Sigue siendo humano, no un autómata más esperando el siguiente “update”. Porque mientras no entendamos las piezas que mueven esta partida, solo estaremos espectadores ciegos en la función más peligrosa: la de la “vida digital”. ¿Y tú, tienes claro en qué lado quieres estar?

Por Helguera

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