Primero lo primero: el cobre y níquel están a punto de convertirse en el nuevo petróleo

Michigan, 2026. En un bosque de pinos de la Península Superior, el Eagle Mine, la única mina de níquel activa en EE.UU., ya no da para más. Y el detalle no es menor: justo cuando la fiebre por el litio y el níquel hace que los fabricantes de autos eléctricos tengan los ojos abiertos como platos, la concentración de níquel cae y está a punto de dejar de rendir. Un drama, porque ya no es cuestión de posponerlo, sino de averiguar cómo extraer más metal de lo que queda, sin desenterrar cada palmo de tierra como un desesperado.

El consumo de metales —no cualquier metal, sino aquellos de alto rendimiento que alimentan desde baterías EV hasta centros de datos gigantes— sube como espuma de cerveza barata. Plataformas como la nube de IA o megaparques solares necesitan cobre, níquel y tierras raras. ¿Y qué pasa? Fácil: las minas que ya hemos exprimido durante siglos no dan para más. Kraftwerk agotado de ofrecer la misma melodía, y ahora la minería entra en crisis. Picar más profundo o mejor biotecnología, esa parece la pregunta candente.

Y la biotecnología no es un capricho futurista. Científicos están experimentando con bacterias y microbios capaces de extraer metales directamente desde rocas marginales, esa basura que antes ni mirábamos dos veces. La idea: hacer que los microbios trabajen como mineros microscópicos y amigables con el medio ambiente, bajando costos y evitando desastres ecológicos (que ya empiezan a ser un cuento de horror demasiado real). Un giro que podría redibujar cómo se proveen estos recursos esenciales para la revolución limpia.

Lección rápida: el futuro del cobre y níquel no está cavando más con picos, sino en laboratorios de biología avanzada. Plantéate la ironía: *la solución para el agotamiento mineral podría venir de bichos que ni siquiera pueden verse sin microscopio*. ¿No es algo trágico y hermoso a la vez? Eso sí, ni en sueños esperes que este proceso se implemente a nivel masivo mañana. El ritmo de la minería es letárgico, y la burocracia y regulación lo empeoran. Pero la promesa está ahí, al menos.

¿Centros de datos hiperescalados para IA? Un tafuro de energía y dinero

Si pensabas que tu portátil era un monstruo de cálculo, espera a escuchar sobre los centros de datos dedicados a la inteligencia artificial en 2026: edificios gigantes, parecidos a supermercados industriales, apilados hasta el techo con racks y racks de GPUs especializadas, refrigeradas con sistemas que parecieran sacados de una película de ciencia ficción. Esos sitios no solo almacenan datos, los devoran, entrenan modelos de IA, y ejecutan procesos que, literalmente, le permiten a un bot como ChatGPT existir y aprender.

Pero aquí viene el «pero»: tanta potencia no es gratis ni ecológica. Los costos energéticos y de infraestructura son de pesadilla. Empresas levantan estas fábricas del futuro en terrenos baratos, a menudo en zonas rurales sin importar demasiado el impacto en el entorno o la comunidad local. Y no solo es el gasto eléctrico; todo este despliegue requiere chips exclusivos, energía de respaldo y sistemas de enfriamiento que consumen más electricidad que una ciudad mediana.

De hecho, este año se ha reconocido a los centros de datos hiperescalados para IA como una de las tecnologías más disruptivas pero también problemáticas. Tecnológicamente impresionantes, sí. Pero igual de preocupantes cuando pensamos en la huella ambiental (y la factura eléctrica). Da para pensar si la carrera desbocada por el poder computacional está cursando con imaginación pero poca coherencia energética y ambiental.

El sector no solo pelea para que el costo se ajuste, sino que además busca alternativas a gigachips fabricados por Nvidia, que se está poniendo de lo más lento con las entregas (¡imagínate, el rey de los chips corriendo con retraso!). Los grandes informáticos y desarrolladores de IA ya estan mirando a otros fabricantes, intentando aligerar la dependencia en un solo proveedor que, en plena guerra fría tecnológica, podría convertirse en el talón de Aquiles.

Y tú, que miras tu smartphone sin entender cómo el mundo GIANTE de los centros de datos puede afectar cada mensaje, cada búsqueda, cada foto filtrada con IA, éste es el lado oculto de la magia virtual que nunca te venden en las Apple Stores.

Los despelotes legales y de verdad que genera la unión SpaceX-xAI

Vamos con Elon Musk porque, digámoslo, si algo rompe la monotonía tecnológica, es el tipo actuando como el supervillano genial de la pantalla. A principio de 2026, SpaceX se hizo con xAI en una movida valorada en $1.25 billones de dólares. Sí, billones de ahí, con toda la tela y el hype que acompaña a Elon cuando se mete en algo.

Esta unión no solo tiene sentido desde una visión futurista (IA en el espacio, ¡más Elon imposible!), sino también es estratégica: abre la puerta para que SpaceX lance una IPO que promete sacudir la bolsa, y confirma que Musk quiere mezclar su veta aeroespacial con la inteligencia artificial para crear un combo explosivo.

Pero ojo, no todo es felicidad en el mundo Musk: OpenAI le ha acusado a xAI de destruir pruebas legales, lo que huele a guerra de gigantes. ¿El porrón de batallas entre los titanes de la IA podría empeorar? Sin duda. Más allá del ruido mediático, estas movidas indican que las reglas del juego de la inteligencia artificial se están escribiendo todavía a golpes, y no siempre claros ni limpios.

Un dato jugoso: Elon ha declarado recientemente que la única vía para escalar IA en el largo plazo es en el espacio. ¿Locura? Tal vez, pero no descartes que la NASA y SpaceX terminen montando supercomputadoras en órbita para evadir las limitaciones terrestres (energía, espacio, enfriamiento). Ya lo sabes, la próxima gran cosa en IA podría venir de más allá de este planeta. Literalmente.

¿Y la «crisis de la verdad» en IA? Spoiler: ni los expertos saben qué hacer

La desinformación servida por IA está haciendo estragos, y ni siquiera con las mejores herramientas logramos frenar el tsunami. Cuentan por ahí que ya estamos en plena “era del decaimiento de la verdad”, donde los contenidos generados por IA no solo engañan al público, sino que moldean creencias falsas aunque seamos capaces de detectarlas (si es que se detectan).

Un artículo reciente disparó las alarmas en el mundillo tech: los supuestos remedios para esta crisis están siendo un fracaso rotundo. Las plataformas que prometían combatir las fake news generadas por IA se están quedando cortas, y el problema se magnifica con cada avance de modelos como ChatGPT o la nueva generación de sistemas de deepfake.

Lo verdaderamente alarmante no es solo la falsedad, sino cómo la sociedad empieza a desconfiar incluso cuando están advertidos. La erosión de la confianza social puede dar al traste con todo: democracias, decisiones informadas, hasta pequeños intercambios cotidianos. ¿O creías que solo te preocupaba cuándo tus noticias son fake? Esto va más allá.

¿La solución? Nadie la tiene clara. Algunos expertos hablan de incorporar «IA de verdad» para verificar IA —una especie de ojo vigilante que evalúe al ojo vigilante— pero suena a un mal chiste burocrático apto para arrancar más problemas que soluciones. La pregunta es: ¿Estamos ante la inevitable cohabitación con esta distopía informativa o falta algún golpe maestro en la regulación y desarrollo tecnológico para darle la vuelta?

NASA, Rusia y el drama nerd — Más que astronautas y cosmonautas

Marzo 2026: NASA acaba de posponer el lanzamiento de Artemis II, su misión tripulada a la Luna, por un pequeño pero terrorífico fallo. Encontraron una fugade hidrógeno en el cohete. ¿Estamos hablando de un problema menor? No. La versión previa de este cohete también tuvo fugas. La NASA está jugando a la ruleta rusa con la exploración espacial sin una solución definitiva. Parece que la ingeniería aeroespacial no es tan glamorosa como la pintan, sino un campo lleno de parches interminables y nervios a tope.

Y mientras Estados Unidos se estruja el cerebro con hidrógeno, Rusia tiene su propia trama: ha estado reclutando una especie de “ejército guerrillero juvenil” digital, enviando un batallón de hackers y saboteadores para causar caos en Europa. Incendios, espionaje, ataques digitales. Un guion para una película de espías, pero en caliente y en vivo. Es la manera rusa de convertir lo online en un campo de batalla real sin tener que mover tanques.

Las noticias no pueden ser más contrastantes. La exploración espacial lidia con peligros técnicos y burocráticos, mientras que las guerras modernas se libran entre teclados y códigos maliciosos. Lo viejo y lo nuevo, en choque constante.

Starlink en la guerra de Ucrania: la conexión que nunca se debería cortar

En Ucrania, Starlink es más que un bollo tecnológico: es literal sobrevivencia. El sistema satelital de SpaceX proporciona el pegamento invisible que mantiene a las tropas conectadas con sus mandos, controla drones que hacen la diferencia y permite que soldados hablen con sus familias en medio del conflicto. Sin esta red, partes enteras del frente de batalla entrarían en caos absoluto.

Pero la estabilidad de Starlink está en vilo por razones políticas y de negocios. Los rumores apuntan a una posible retirada de acceso por parte de Elon Musk o interferencias provocadas por jugadas diplomáticas de Trump (sí, esa pareja tóxica sigue causando problemas). En medio de todo esto, un grupo de ingenieros improvisados, como el famoso «Dr. Starlink», se ha convertido en una suerte de ONG tecnológica no oficial que mantiene funcionando equipos que no recibieron soporte formal. Reparaciones de campo, ingenio máximo.

Esta historia, que mezcla tecnología, política y guerra en tiempo real, refleja lo frágil y valioso que es el ecosistema tecnológico cuando se pone al servicio de causas mayores. Si la infraestructura cae, no solo son datos lo que se pierde, sino vidas.

Lo que no te cuentan sobre la lucha global para escapar de la hegemonía tecnológica estadounidense

Los países están metidos en una carrera frenética para librarse del dominio tecnológico estadounidense. Movimientos cada vez más vehementes buscan alternativas a productos y servicios norteamericanos, porque la dependencia se vuelve inseguridad nacional. No es solo paranoia: el juego geopolítico se traduce en restricciones de exportaciones, espionaje industrial y hasta boicots.

Esta racionalidad explica por qué OpenAI, por ejemplo, está buscando chipmakers que no sean Nvidia, y por qué China, Europa y otros están invirtiendo miles de millones para montar su propia pila tecnológica desde cero. La globalización digital muestra fisuras profundas cuando la confianza se disuelve, y la tecnología deja de ser neutral para ser un arma o escudo.

¿Podrán estos esfuerzos crear un sistema verdaderamente independiente? Es una apuesta arriesgada que, de fallar, nos dejará atrapados en un monopolio de hardware y software con consecuencias imprevisibles a largo plazo. Esto no es un juego, y la próxima “gran batalla” no será en la guerra fría con tanques ni bombas, sino con algoritmos, chips y satélites.

¿Te queda claro que la tecnología que damos por sentada está atravesando tormentas de verdad gigantes? Ni la minería puede aguantar el paso, ni la IA salva su propio pellejo sin hundir la verdad, ni la exploración espacial es solo cohetes y sonrisas. ¿Y tú, dónde estás parado en esta danza loca, como consumidor, creador o simple espectador?

Por Helguera

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